28 ago. 2015

LA LIGA DE ESMALCALDA (I)

Como se recordará, el año 1532 significó para Europa el recrudecimiento de la ofensiva turca sobre sus fronteras orientales. El sitio de Viena por Solimán obligó a Carlos a movilizar todas las fuerzas del Imperio para salir al paso de los turcos. También eran necesarias las tropas alemanas, pero en estas circunstancias, la Liga de Esmalcalda aprovecha para conseguir de Carlos las mayores ventajas. En efecto, la liga accedió a otorgar el auxilio que Carlos pedía, mas a condición de que se revocase lo ordenado en la despedida de Augsburgo.
Carlos comprende desde este momento que no le será fácil en el futuro someter por la fuerza a los protestantes. De ahí que busque por todos los medios una solución pacífica. De momento se puede inventar una: la convocatoria de un concilio general. En las Memorias de Carlos V encontraremos la siguiente declaración:

"El emperador, desde que por primera vez estuvo en Italia y se encontró con el papa Clemente, no cesó nunca de urgir, por sí mismo o por sus ministros, la celebración de un concilio general, lo mismo en todas sus entrevistas con los papas... que en todas las dietas del imperio que celebró y en todo tiempo y circunstancia".

En los días de la coronación, en 1530, Carlos arrancó a Clemente VII su consentimiento para resolver mediante un concilio el problema protestante. Pero el triste Papa hizo naufragar las negociaciones. Al mismo tiempo, Francisco I de Francia apoyó al Papa en su empeño por evitar un concilio. ¿Por qué? Pues sencillamente porque un concilio podría resolver la división de Alemania y, en consecuencia, aumentaría el poder de su adversario Carlos.
En 1536, Carlos se encuentra nuevamente en Roma. Fueron los tiempos en que el emperador pronunció aquel sonado discurso de que se habló en su lugar. Antes de partir, Carlos consigue del nuevo Papa, Paulo III, la convocatoria del deseado concilio. El Papa tanteó el terreno entre los protestantes. Un legado suyo llegó a entrevistarse con el mismo Lutero, y éste dio su autorización para que sus teólogos acudiesen al concilio que él mismo había reclamado. Todo parecía marchar bien. El concilio fue convocado en 1537; se debía celebrar en Mantua. Sus fines eran extirpar la herejía, reformar al pueblo y promover una paz que permitiese realizar la cruzada contra los turcos. Hermosas promesas que terminaron en un completo fracaso.
Los príncipes protestantes no quisieron oír hablar de concilio, a no ser de un concilio UNIVERSAL (es decir, con la participación de clérigos y laicos), LIBRE (esto es, no convocado por el Papa, que era parte en la causa de Lutero, sino por el emperador y los príncipes) y CRISTIANO (es decir, inspirado únicamente en el criterio de la Sagrada Escritura). Tampoco el Papa tenía gran interés en el concilio. Con su convocatoria sólo trataba de entretener al emperador, enzarzado por entonces en su tercera guerra contra Francia. El duque de Mantua, cudad donde se iba a celebrar el concilio, no permitió que se celebrase en sus dominios. Hubo que trasladarlo a Vicenza; pero nadie acudió allá, sino los tres legados del Papa. Finalmente, en mayo de 1539, se aplazó su celebración sine die. Como diría el luterano Corvino: "dejar con un palmo de naices a los reyes y al mundo entero". En realidad, el Papa estaba interesado en la reforma de la Iglesia, aunque no por vía de concilio; así lo demuestra e que por entonces hubiese creado en Roma una comisión de reforma que no se mordió la lengua en sus planes sobre "la purificación de la Iglesia", empezando, desde luego, por su cabeza.
En 1538 vuelven los turcos a la carga. Carlos tiene que negociar nuevamente con los príncipes protestantes para que le otorguen su ayuda. La solución conciliar parece descartada. La guerra tampoco es posible por el momento. Se busca un nuevo camino, el de los coloquios religiosos.
El primero de ellos fue el de Hagenau (1540). Continuó el de Worms, y finalmente el de la dieta de Ratisbona (1541). Para dar más autoridad a este último, Carlso mismo participó en él. Las discusiones fueron miy laboriosas; todo parecía desarrollarse en un auténtico espíritu de paz, como años atrás había propugnado Desiderio Erasmo. La cordura de los dialogantes les levó a imporantes acuerdos sobre cuestiones tan fundamentales como el pecado original, la libertad humana y, en parte, sobre la justificación. Los católicos estaban dispuestos a ceder en algunas cuestiones, como la comunión bajo las dos especies y el matrimonio de los clérigos. SÍ: LOS CATÓLICOS DEL PAPA ESTABAN DE ACUERDO EN ACEPTAR EL MATRIMONIO DE LOS SACERDOTES. ¡CUÁNTO HABRÍA CAMBIDO LA HISTORIA SI ESO HUBIESE OCURRIDO!
Pero ni Lutero ni el Papa aceptaron lo que salía de aquellos coloquios. Carlos, urgido por el peligro turco, tuvo que suspenderlos, haciendo a los protestantes concesiones cada vez mayores, para poder contar con su ayuda económica y militar (ay, la política).

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