11 jul. 2015

LAS GUERRAS DE CARLOS I CON FRANCIA (V)

Los consejeros del emperador se apreseuraron a ofrecerle planes para redondear su victoria. Era el momento de invadir Francia, como aconsejaban el almirante de Castilla y el archiduque Fernando de Austria; Lannoy también le animaba a actuar:

"Dios envía a todo hombre -escribía-, en el curso de su vida, un buen otoño; si entonces no cosecha, pierde la oportunidad"

Francisco I, entretanto, venía camino de España, conducido por Lannoy. Desde Valencia, donde desembarcó, fue conducido a Madrid, adonde llegó el 12 de agosto. Fue alojado en la torre de los Lujanes, que hoy todavía se conserva en la plaza de la Villa. En ningún momento se le trató como a un prisionero, sino que se le permitió salir a cazar, a pasear por los campos o a visitar otros lugares -como, por ejemplo, Alcalá de Henares- siempre que le placía.
Carlos no trató de aprovecharse de la ocasión. Estaba persuadido de que podría conseguir la pacificación de la cristiandad por medios diplomáticos, mucho mejor que cabalgando el tigre de la guerra. Por otra parte, tampoco se podía esperar gran cosa de los ejércitos de Carlos, faltos de dinero, sin una cabea marcadamente directora y sin unidad de acción. Al mismo tiempo, era de esperar la reacción francesaaa, cuya potencia defensiva se multiplicaría, estimulada precisamente por la afrenta de ver prisionero a su rey y vencido a su ejército. Siguiendo, pues las sugerencias de Gattinara, Carlos eligió el camino de la moderación y la clemencia. Las negociaciones comenzaron; entretanto se ajustó una tregua de ocho meses; hasta el 14 de enero de 1526 no se dieron por terminadas. En esta fecha se firmó el Tratado de Madrid. Francisco I se comprometía a devolver a Carlos el ducado de Borgoña; devolvería también al duque de Borbón los estados que se le habían confiscado al pasarse al bando del emperador. Renunciaba, igualmente, a sus derechos sobre Nápoles y el Milanesado y a su supremacía feudal sobre los estados de Flandes y Artois. Carlos, por su parte, le concedía la libertad, le daba por esposa a su hermana Leonor, que poco antes había quedado viuda del rey Manuel de Portugal, y renunciaba finalmente a cualquier derecho que pudiera tener sobre el territorio de Francia. El tratado debería ser ratificado por los Estados Generales de Francia, el Parlamento de París, los demás Parlamentos de Francia. Francisco se comprometía a conseguir la ratificación en el plazo de cuatro meses. En espera de la ratificación, los dos hijos mayores de Francisco vendrían a España en calidad de rehenes. Cumplido dicho requisito, ambos hijos regresarían a Francia y sería enviado a España el tercero de ellos, el duque de Angulema, que se educaría en la corte de Carlos y sería prenda de la amistad entre su padre y el emperador. En caso de no lograr la ratificación del tratado, Francisco prometía solemnemente regresar a España y constituirse nuevamente en prisionero del emperador.

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