8 jul. 2015

LAS GUERRAS DE CARLOS I CON FRANCIA (II)

Fracasadas las gestiones diplomáticas, se apeló a la fuerza. Las tierras de Flandes fueron invadidas por el ejército francés con su rey al frente. Carlos acudió con sus tropas, dirigidas por el conde de Nassau. El mismo emperador participó en las operaciones, recibiendo en esta ocasión su bautismo de fuego y exponiéndose a caer prisionero de los franceses, como ocurrió en Valenciennes. Sin embargo, la campaña fue favorable a las armas imperiales. En el frente navarro, dos meses bastaron a los castellanos para despejar el terreno de franceses. La batalla de Quirós (30 de junio de 1521) comenzó con un ataque del ejército francés al castellano, fatigado por una larga marcha en un caluroso día. La ventaja inicial, así como la superioridad francesa en artillería y caballería, se truncó por la réplica de los españoles. Navarra volvía a ser española. Poco después, el ejército francés, reorganizado, buscó un nuevo punto de penetración en la Península, llegando a ocupar la plaza de Fuenterrabía. La llegda del invierno impuso una tregua a los contendientes. Los tres corregentes de Castilla se trasladaron a Vitoria para preparar la contraofensiva. Estando allá, llegó la noticia de que uno de ellos, Adriano de Utrech, había sido elegido Papa. La Casa del Portalón, en la que Adriano vivía, se convirtió por algún tiempo en la residencia del jefe supremo de la cristiandad. En esta misma casa, que todavía hoy se conserva, recibió Adriano, antes de su partida hacia Roma, los parabienes de las gentes de España.
Adriano era un hombre sumamente recto y sincero. De él no cabía esperar una política tan llena de ambigüedades como la mantenida por su predecesor León X. Hombre decidido a llevar a cabo una verdadera reforma de la Iglesia, no aceptó plegarse a los intereses políticos de Francia y, lo que nadie hubiera imaginado, tampoco a los del emperador Carlos. Pronto se echaría a ver el acierto de los cardenales que lo habían elegido, que lo hicieron, según cuenta Pedro Mexía, "movidos a ello por la relación y noticia de su bondad y santas costumbres".
Mientras los frentes norte y del Pirineo se mantenían estacionarios, nuevos conflictos estallaban en un tercer frente: el norte de Italia. Las tropas imperiales, a las que se habían unido las pontificias de León X, habían logrado algunas victorias, ocupando Milán y estableciendo en su señorío al duque Maximiliano Sforza. Al ser elevado al trono pontificio Adriano, que reinaría con el nombre de Adriano VI, el rey de Francia lanzó una poderosa ofensiva, la cual repetiría año tras año entre 1521 y 1525, y en la que se puso en juego la posesión del Milanesado. Carlos vio en él un objetivo de primordial importancia, ya que, en caso de peligrar las comunicaciones marítimas entre la Península Ibérica y los Países Bajos, el único camino posible entre el Imperio y España sería el que pasaba por la región del Milanesado, llegando hasta Génova y, a través del Mediterráneo occidental, enlazando con los puertos del levante español.
Milán había sido en otros tiempos feudo del Sacro Imperio. Carlos apelaba al antiguo estatuto para justificar su protección sobre aquellas regiones. En último término, estaba dispuesto a defender sus derechos, y sobre todo sus intereses, por la fuerza. Francisco I no podía resignarse a aquel asedio. Por eso intentó romperlo en varias ocasiones, campaña tras campaña. En 1522 sus tropas son vencidas en Bicoca. Lobardía cayó en poder de los imperiales, y Génova, aliada de Francia, fue tomada al asalto y saqueada. En 1523, Francisco I prepara una guerra relámpago, el estilo de la que, años atrás, había culminado en la victoria de Marignano. Carlos se entera y trata de forzar a Adriano VI para que le apoye en su política imperialista. Pero el Papa decide mantenerse neutral. Carlos interpreta su decisión como una traición, sospechando que detrás de la neutralidad está la alianza del Papa con Francia; pero Adriano no cede. Carlos busca aliados por todas partes, incluso en la misma Francia, donde consigue que el duque de Borbón, descontento con su rey, se ponga al servicio del emperador. Francia fue atacada por los ingleses, por los alemanes, por el mismo Carlos, que condujo sus ejércitos a través del Pirineo con dirección a Bayona. Pero todo acabó en un fracaso. Poco después Francisco I enviaba su ejército nuevamente contra el frente italiano. Milán fue asediada, pero el invierno llegó sin que las tropas francesas alcanzaran su objetivo. Por aquellos días muere el papa Adriano VI. Su sucesor, el cardenal de Médicis, que reinaría con el nombre de Clemente VII, no tardaría en mostrarse favorable a los franceses. El balance de la campaña de aquel año arrojó el fracaso de la alianza antifrancesa de Carlos. Sólo tuvo éxito en el norte de Italia. Por otra parte, evidenció la debilidad militar y económica de los aliados del emperador, al mismo tiempo que puso de manifiesto la capacidad defensiva y ofensiva de Francia.

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