7 jul. 2015

LAS GUERRAS DE CARLOS I CON FRANCIA (I)

No será necesario insistir en las contradicciones internas que hacían extremadamente vulnerables los ideales políticos de Carlos V. Aun limitándonos a sus más reducidas aspiraciones: conservar los reinos heredados y dirigir el Imperio espiritual cristiano, chocaban éstas no sólo conn las líneas generales políticas de los demás reinos de Europa, sino concretamente con las legítimas aspiraciones de Francia a conservar su soberanía y su independencia. La historia de los esfuerzos realizados por Francia a lo largo de todo el siglo XVI por romper el cerco es la de una interminable serie de guerras, en cuyo origen no debemos ver únicamente la rivalidad personal entre Francisco I y Carlos V. Ni tampoco es justo atribuir el esfuerzo bélico de los franceses al arrojo, inconstancia e inconsciencia de Francisco I. Cuatro guerras sostuvo Carlos contra Francisco y una más contra su hijo, Enrique II. Bajo los reinados de los sucesores de Carlos, la guerra aparecerá intermitentemente, haciéndose hoguera apenas apagados los rescoldos del anterior incendio. Un combate que se prolonga durante dos siglos, que mantienen tozudamente varias generaciones humanas a ambos lados de los Pirineos, no puede atribuirse a las veleidades de unos cuantos exaltados, si bien las actitudes de este género tampoco faltaron en ninguno de los dos bandos.
La francofilia de los consejeros borgoñones de Carlos I, pronto abandonada por la oposición que encontró en España y por la nueva orientación de la política del monarca, venía dictada por los intereses particulares de los estados de Flandes, amenazados por Francia, y por el prestigio que había alcanzado Francisco I después de su afortunada expedición a Lombardía y la victoria de Marignano. Del abandono de semejante política nada bueno podía esperar al rey de Francia. Ante él, sin embargo, se abrín perspectivas alentadoras: la de ser elegido emperador. Cuando Carlos fue designado para tan alto puesto, Francia buscó otra salida, la alianza con Enrique VIII de Inglaterra. De haberse realizado, las relaciones entre la Península Ibérica y las posesiones nórdicas de Carlos habrían quedado seriamente amenazadas. Pero el monarca español también se adelantó al francés. De camino hacia el Imperio, Carlos se entrevistó con Enrique. A Inglaterra le interesaba renovar los antiguos tratados con Flandes, tan ventajosos para la venta de lana inglesa a la industria textil flamenca. Además, Carlos, todavía soltero, ofrecía a Inglaterra la oportunidad de afianzar su alianza con un matrimonio que uniría a Carlos con María, hija de Enrique VIII y de Catalina, la hija de los Reyes Católicos. La influencia de Catalina en la amistad anglo-española era obvia. Pero también pesó el interés personal del cardenal inglés Wolsey, que veía en la amistad con Carlos su mejor oportunidad paraser elegido Papa en cuanto quedase vacante la Santa Sede. En una segunda entrevista, Carlos y Enrique llegaron al deseado acuerdo: Carlos y María contraerían matrimonio una vez que la futura esposa hubiese alcanzado la edad necesaria. En vista de que la guerra con Francia era por completo inevitable, Carlos aseguró de esta forma el flanco inglés, y con ello las comunicaciones entre Flandes y la Península Ibérica.
El otro frente que convenía asegurar ante la previsible ofensiva francesa era el italiano. Pero afortunadamente los príncipes cristianos, a raíz del Concilio de Letrán, habían firmado en Londres por inspiración del papa Laón X, una Liga Santa. Carlos creía que al menos podía contar con la neutralidad papal. La Liga Santa impedía, por otra parte, a Francisco I, que también la había firmado, tomar personalmente la iniciativa de las hostilidades contra Carlos. De hacerlo, todos los demás firmantes estarían obligados a impedirlo. De ahí que las operaciones que den comienzo a esta primera etapa bélica sean obra de personajes que, en último término, se ven respaldados por Francisco I, sin que éste dé abiertamente la cara.
La ocasión propicia se le presentó al francés cuando, a poco de salir Carlos de España, estalló la revolución de las Comunidades. Está comprobado que los comuneros de Castilla la Nueva, en concreto doña María de Pacheco, intentaron establecer contactos con el rey de Francia. Pero éste había planeado actuar independientemente de cualquier colaboración que eventualmente pudiesen ofrecerle las Comunidades. La situación en Alemania, agitada por el naciente luteranismo, favorecía igualmente a Francisco I. Un señor francés, Roberto de la Marck, penetró con sus tropas en Luxemburgo, territorio de Carlos. Poco después otro ejército, cuyo capitán general elra el señor de Lesparre, penetró en Navarra y tomó Pamplona sin dificultad. Puente de la Reina, Estella también fueron tomadas. Incluso llegó hasta las puertas de Logroño. Al parecer, trataban de restaurar en el trono de Navarra a Enrique de Albret; pero su vance hasta el Ebro hacía pensar en planes más ambiciosos. Ya se ha indicado cómo ante la invasión franesa cerraron filas los recién vencidos comuneros con las tropas reales y se aprestaron inmediatamente a la expulsión de los franceses. Carlos no se dejó engañar. Detrás de todo ello andaba el mismo rey de Francia. Pero antes de reaccionar optó por agotar los últimos recursos de la diplomacia. Así pues, escribió a Francisco I:

"... jurádole que en lo que había escrito no había sido su intención de lastimarle ni desafiarle, sino que viendo al príncipe de Bearne y a Roberto de la Marck hacer sus ejércitos en Francia, pensaba que él era factor y favorecedor de aqeullas guerras; pero no obstante, que desde en adelante fuesen amigos y hermanos, y que todo lo que entre ellos estaba capitulado fuese firme y valedero"

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