27 jul. 2015

LA MUERTE DE ISABEL Y ALARMA EN LOS PAISES BAJOS

Una vez más los consejeros españoles de Carlos mostraron su disconformidad. Y una vez más el emperador pensaba embarcarse en una aventura cuyas ventajas no prometían favorecer en absoluto a los españoles. Esto no obstante, la liga logró reunir una flota y enviarla contra los turcos. El 27 de septiembre de aquel mismo año, turcos y cristianos se encuentran en Prevesa. El mal tiempo, la pluralidad de mandos en la flota cristiana y los recelos mutuos contribuyeron al desastre, que se completó a los pocos días con nuevas pérdidas en aguas de Santa Maura.
Entretanto, Carlos había sufrido una profunda crisis. La mano de Dios, que Carlos había visto junto a él en los días de triunfo, ahora parecía apartarse de su lado. Las jornadas de Provenza y los recientes fracasos navales le hicieron pensar si no habría dado motivos para merecer la enemistad divina. En la primavera de 1539, un nuevo golpe quebrantó decisivamente su moral: la emperatriz Isabel se puso de parto. Fue un alumbramiento difícil, el niño nació muerto. Debilitada en extremo, la emperatriz sufrió la acometida de unas fiebres que pusieron al límite su salud. Los pueblos elevaron sus oraciones a Dios para que le devolviera la salud a aquella extraordinaria mujer. En Toledo se organizaron procesiones de disciplinantes, que recorrieron las calles. Pero el día primero de mayo, Isabel murió. El emperador, destrozado, se retiró al monasterio de Sisla, donde estuvo encerrado varios días sin querer ver a nadie. Allí permaneció hasta finales de junio.
Pero no acabaron ahí sus desgracias. De los Países Bajos llegaron noticias alarmantes. Gante, su ciudad natal, se había amotinado contra él, arrastrando en su revuelta a otras ciudades cercanas. El motivo lo habían dado las exigencias de Carlos, que les había pedido un subsidio extraordinario para atender su última campaña contra Francia. Carlos se veía obligado a emprender un nuevo viaje camino a los Países Bajos. Una vez más, el emperador se alejaba de España. Esta vez no podía disponer de un sustituto tan valioso como la esposa que acababa de morir. Su hijo Felipe, que quedó como regente, no tenía más que doce años. Su título no podía pasar de ser puramente nominal. El descontento que suscitaban sus largas y continuas ausencias podía determinar el estallido de revueltas parecidas a las de las antiguas Comunidades. Del peligro en que quedaba España nos dan una idea las recomendaciones de María a su hermano. Convendría que le acompañasen en su viaje a Flandes aqeullso señores que más dispuestos parecieran a alterar el orden interno. Buen consejo.
El viaje en sí ofrecía también serias dificultades. Por mar era peligroso, dado lo avanzado de la estación. Dar un rodeo por Italia retrasaría demasiado la solución de un problema al que se debía atender con urgencia. En estas circunstancias, Francisco I invita a Carlos a hacer su viaje a través de Francia. Y Carlos, tras superar las inevitables suspicacias, acepta. Tres meses duró aquel viaje. Carlos fue agasajado por el rey y por la nación francesa. París le tributó un triunfal recibimiento. Pero Francisco I, que había puesto sus esperanzas en esta creciente amistad, no recibió por parte del emperador la prueba de correspondencia que él precisaba: la ruptura del cerco imperial a Francia mediante la obtención del Milanesado. Por eso, apenas desmontados los arcos triunfales que se habían erigido al paso de Carlos, Francisco reanudó sus contactos con los enemigos del emperador.

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