26 jul. 2015

CARLOS V TIENE PROBLEMAS CON LOS FRANCESES (III)

Carlos no logró pasar más allá de Aix-en-Provence. El 4 de septiembre se dio la orden de regresar a Italia. Si en aquellos momentos los franceses hubiesen contraatacado, la expedición a Provenza habría terminado en un desastre total. Por fortuna, la retirada se pudo llevar a cabo sin mayores contratiempos. La propaganda imperial proclamó a los cuatro vientos su propia versión de lo ocurrido: Carlos había logrado plenamente sus objetivos; había salvado su honor, mientras que su adversario había demostrado ser un cobarde, incapaz de aceptar el desafío que del emperador presentando batalla. Al mismo tiempo, el llevar la guerra a tierras de Francia había constituído una ejemplar operación de castigo.
En realidad, la campaña había resultado catastrófica para las finanzas de Carlos. Pero tampoco las de Francisco I habían podido resistir. Así pues, ambos rivales optaron por negociar un armisticio, que se encargaron de preparar las dos hermanas de Carlos: María, la gobernadora de los Países Bajos, representó al emperador; Leonor, casada con el rey de Francia, representó a su marido. El resultado fue una tregua de diez meses (1537), que al año siguiente se convirtió en una tregua de diez años. En efecto, Paulo III medió entre los contendientes, y así se pudo llegar a la Tregua de Niza (18 de junio de 1538), por la que Francisco I quedó en posesión del ducado de Saboya. Carlos, presionado por protestantes y turcos, no tuvo inconveniente en aceptar el satatu quo; quedaba reconocido el equilibrio de fuerzas a que se había llegado.
A partir de este momento, las relaciones entre Carlos y Francisco mejoran sensiblemente. Leonor y María trabajaron entusiásticamente por hacerlas, incluso, cordiales. Aquellas gestiones culminaron en la entrevista de Francisco I y Carlos V en Aigüestortes. De camino hacia España, la flota imperial se acercó a las costas de Francia. Los grandes que acompañaban al emperador temían que el francés pusiera su mano sobre el rey. Pero Francisco I despejó todas las sospechas con un amistoso gesto de confianza, acudiendo personalmente al barco donde se encontraba el emperador. Éste, en justa correspondencia, descendió a tierra, donde fue agasajado por su antiguo rival. Los pueblos sintieron llegada la hora de una paz perpetua. CArlos podía regresar tranquilamente a España. Aquella nueva era de amistad no tardaría en pasar al mundo del recuerdo, pero entretanto Carlos veía abrirse ante sus ojos la posibilidad de atender a otros graves problemas.
El inmediato era el de atender al peligro turco. La retirada de Provenzza había sido interpretada por Solimán II como un signo de debilidad de Carlos. En consecuencia, las hostilidades de la flota turca contra las posesions cristianas se incrementaron en aquellos días. Lass primeras en sufrir la ofensiva fueron las posesiones orientales de Venecia, la cual perdió varias de las islas que poseía en el Egeo. Casi al mismo tiempo, los turcos afianzaron sus posiciones en las costas de Dalmacia y lanzaron diversos asaltos contra la costa napolitana. En el Mediterráneo occidental se recrudeció paralelamente la actividad de los piratas argelinos. Se hacía necesaria una contraofensiva, a este efecto se creó una Santa Liga, firmada el 8 de febrero de 1538, que unió al emperador, al Papa y a Venecia contra los turcos. El proyecto era digno de los mejores tiempos medievales: lanzar una cruzada contra Constantinopla.

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