17 jul. 2015

LA CORONACIÓN DE BOLONIA

Carlos se encuentra en este momento en el cenit de su gloria militar. España le parece suficientemente pacificada. Bien es verdad que la amenaza de los piratas berberiscos se hacía cada vez más temible; cierto era que la mayor parte de la nación, empezando por el Consejo de Estado y por la emperatriz, eran abiertamente contrarios a los proyectos de Carlos. Incluso hay indicios de que se tramó una conjura palaciega para obligar a Carlos a permanecer en España, pero el rey no cedió. Le llamaba la gloria suprema, desde tanto tiempo soñada, de recibir la corona de hierro de los longobardos, que le convertía prácticamente en rey de Italia, y la corona imperial, que le impondría el mismo Pontífice. Se sentía reclamado por la necesidad de concluir con su presencia la pacificación de Italia, con lo que veía culminar el antiguo proyecto de Fernando el Católico de consolidar el equilibrio italiano dentro del lan general defensivo contra el peligro turco. Veía culminar su ideal político de pacificar la cristiandad entera, una vez puestas en orden las cosas en Italia. Se sentía atraído por la idea de pasar inmediatamente a Alemania cubierto de gloria y de prestigio, para poner en orden la explosiva situación creada en aquellas regiones por el luteranismo. Finalmente, deseaba acercarse al campo de batalla del Danubio para enfrentarse definitivamente con el secular enemigo del mundo cristiano: los turcos.
Así pues, dejando en España como regente a su esposa Isabel, asistida por el Consejo de Estado, una vez que fue jurado como heredero el príncipe Felipe y que Carlos hizo su propio testamento, partió hacia Italia con una lúcida escuadra y un multitudinario cortejo, en el que figuraba toda la grandeza de España. El 12 de agosto de 1529 desembarcó en Génova. Apenas pisó la tierra italiana, le llegaron noticias de la desesperada situación de la frontera danubiana. Su hermano Fernando, elegido rey de Bohemia y Hungría, se enfrentaba directamente con los turcos. Los venecianos, en un intento de obstaculizar la presencia de Carlos en Italia, habían animado a los turcos a iniciar la ofensiva contra Fernando. Carlos, deseando marchar inmediatamente hacia el norte, decidió no llegar hasta Roma para su coronación, y designó Bolonia como el lugar en que debería celebrarse. El 5 de noviembre Carlos entra en Bolonia, en medio de un cortejo extraordinariamente descrito por el cronista Pedro Mexía:

"La orden de la entrada del Emperador fue ésta: En la delantera entraron doscientos hombres de armaas borgoñeses, muy bien armados, e todos con ropas de sedas de colores sobre las armas, con mucho sonido de trompetas; luego, tras éstos, metieron diez y seis piezas de artillería, trayéndolas caballos alemanes. Y luego entraron por su orden cuatro mil alemanes, con mucho estruendo de pífanos y atambores; y en medio dellos entró Antonio de Leyva, llevándolo hombres en una silla, cercado de muchos capitanes señalados; al cual todos acordáronse de las victorias que así impedido de sus miembros había alcanzado, miraban con admiración, como leemos de David cuando había muerto al gigante Goliat; e todas estas gentes iban a pasar por delante del tablado donde el Papa estaba. Después de la infantería alemana entró un grande escuadrón de hombres de armas, en que había más de seiscientos, de flamencos o borgoñeses, que entonces habían venido en Italia, muy bien armados de sus lanzas en caja, todos los sayos de armas de terciopelo amarillo e paño azul. E luego venían los pajes e caballeros del Emperador, que era un gran número, en muy hermosos caballos, con su librea; y tras ellos el caballerizo mayor, en caballo encubertado, ropa de armas cubiertas de brocado y tela de plata, con el guión, y dos reyes de armas e dos maderos. E luego el Emperador, en muy grande caballo encubertado, y él armado de hombre de armas, con muy rico brocado.
Y entorno dél venían los principales señores españoles y extranjeros de su corte, poco menos bien armados y vestidos; a los cuales seguía un grande escuadrón de gente de armas de los caballeros cortesanos e de los gentiles hombres e casa del Emperador, elmás lucido de galán e bien armado que jamás se ha visto. E después dellos venía otro escuadrón de caballos ligeros de los gentiles hombres e criados del conde de Nasao, e del marqués de Astorga, e de los otros grandes e cavalleros que con el Emperador venían, todos muy bien armados, e con sus libreas y divisas. Y tras éstos la guarda de caballo del Emperador; después de todo lo cual venía otro escuadrón de infantería de casi tres mil españoles, muy prácticos y muy bien armados e adereszados, los cuales fueron aposentados en la ciudad, e hicieron la guardia al Emperador en tanto que en ella estuvo".


El Papa le esperaba ante la catedral de San Petronio. Después de la ceremonia de recepción, Clemente VII y Carlos se entrevistaron largamente. El 22 de febrero le fue impuesta la corona de hierro de los longobardos. Ésta era la llamada "segunda corona imperial". La primera la había recibido, como emperador electo, en Aquisgrán. La tercera la recibiría el 24 de aquel mismo mes, cumpleaños del emperador y aniversario de la batalla de Pavía.

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