16 jul. 2015

EL SAQUEO DE ROMA (y IV)

La noticia de lo ocurrido llegó a España precedida y escoltada de mil falsos rumores, creando una atmósfera tempestuosa y revolucionaria (Bataillon). Al año siguiente la Inquisición abrió un proceso contra el doctor Eugenio Torralba, acusado de hechicería. Según decía Torralba, él había sido el primero en conocer lo ocurrido y en difundirlo por España Casi un siglo después, Cervantes recogería los ecos de este incidenteen la segunda parte de El Quijote, capítulo XLI:

"No hagas tal -respondió Don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrando los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto de muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto".

Estas singulares "revelaciones", dentro de su evidente inverosimilitud, no dejan de tener valor como testimonio de un fenómeno de sugestión colectiva que acompaó al conocimiento de lo ocurrido en Roma. Carlos se encontraba por aquellos días ocupado en la preparación de las Cortes que habían de reunirse en Valladolid, de las que esperaba conseguir los créditos que necesitaba para acudir en ayuda de su hermano, amenazado por los turcos, y para proseguir su política imperial. Al conocer la noticia, Carlos se vistió de luto. Ordenó que se suspendieran las fiestas con que se celebraba el nacimiento de su hijo Felipe. Dispuso unos solemnes funerales por el alma del condestable de Borbón. Escribió cartas explicativas a los demás soberanos de Europa. Aunque se alegró de la victoria obtenida "le pesó en el alma y mostró gran sentimiento de que hubiese sido con tanto daño de aquella ciudad y prisión del Papa".
La opinión pública europea quedó perpleja. Entre los amigos de Carlos no faltaron quienes, como Luis Vives, manifestaron su opinión favorable a lo ocurrido, y así lo escribió en griego para hacer más confidenciales sus palabras:

"Cristo ha conocido a nuestro tiempo la más hermosa oportunidad para esta salvación, por las victorias tan brillantes del emperador y gracias al cautiverio del Papa".
Otros, sin embargo, aun perteneciendo al círculo de colaboradores del emperador, no dejaron de mostrar su preocupación por lo ocurrido. El mismo Alfonso de Valdés, en una carta que escribió a su amigo ERasmo en aquellso días, se expresaba de la siguiente manera:

"De la toma de Roma no te escribiré nada. Sin embargo, me gustaría saber qué crees que debemos hacer nosotros en presencia de este gran acontecimiento, tan inesperado, y las consecuencias que esperas de él"
La Liga Clementina reaccionó violentamente. Francia e Inglaterra enciaron embajadores exigiendo la liberación del Papa, la restitución del Milanesado y el castigo de los responsables del saqueo de Roma. Al mismo tiempo un ejército francés, mandado por Lautrec, penetraba en Italia. Lo componían cerca de 65.000 hombres. Génova cayó en sus manos. Nápoles ya parecía al alcance de sus propósitos: los barones napolitanos, esperando la llegada de los franceses de un momento a otro, se levantaron contra el poder imperial. En Roma se encontraba todaví el ejército de Orange, diezmado por las deserciones, la peste y el hambre. Poco más de 15.000 hombres seguían en él. La indisciplina de los soldados y la dispersión del mando en muchas cabezas hizo sumamente difícil levantar el campamento y marchar sobre Nápoles, donde debían esperar a los franceses. El Papa, poco antes, se había rendido por fin al virrey de Nápoles, después de entregar varias fortalezas y 400.000 ducados para el ejército.
En la primavera de 1528, las tropas imperiales se encontraban sitiada en Nápoles. La flota genovesa de los Doria impedía la llegada de abastecimientos y auxilios por mar. El ejército de Lautrec dominaba en tierra firme. Hugo de Moncada, virrey de Nápoles desde la muerte de Lannoy, intentó romper el bloqueo marítimo, con tan mala fortuna que halló la muerte en el intento. Mas de la noche a la mañana, la buena estrella de Carlos brilló d nuevo. Andrea Doria, convencido por el marqués de Vasto, abandonó a Francisco I y se unió al campo imperial. Dejando la bahía de Nápoles, se dirigió con su escuadra a Génova, la arrebató a los franceses y la puso al servicio de Carlos. Entretanto, la peste se declaró en el ejército de Lautrec. Cada día morían centenares de soldados. El propio Lautrec se sintió contagiado, si bien él afirmabna "que no moría por estar herido de pestilencia, sino de puro enojo por ver cuán parcial se mostraba la fortuna con los del emperador y cuan contraria al ejército del rey de Francia".
La victoria de los imperiales sobre los franceses fue rotunda. Cuando, afligidos por tantos contratiempos, se retiraban hacia el norte, el ejército de Orange cayó sobre ellos y los derrotó.
En julio de 1529 termina la guerra. el Papa y el emperador se reconcilian por el Tratado de Barcelona. Clemente VII aceptaba recibir a Carlos en Italia y coronarle emperador. Francisco I, derrotado y abandonado, tuvo que aceptar las condiciones que su adversario le impuso. El 3 de agosto de 1529 se firmaba el Tratado de Cambrai conocido también como "la paz de las Damas", por haberla negociado la gobernadora de Flandes, Margarita de Borgoña, tía paterna de Carlos, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I. Carlos, aun sin renunciar a sus derechos sobre Borgoña, se comprometía a no urgir su devolución. Francisco Sforza volvía nuevamente a Milán como feudatario imperial. El rey de Francia retiraba sus pretensiones sobre Milán, Génova y Nápoles y reconocía la completa soberanía de Caros sobre Flandes y Artois. Francisco I había perdido todas las esperanzas de encontrar aliados en cualquier otro reino de la cristiandad. No le quedaba más que un recurso: negociar una alianza con los turcos contra el emperador. Al fin y al cabo , pensaba, no menos reprobable había sido el comportamiento de Carlos atacando al Papa y saqueando su ciudad. Esta nueva orientación de la política francesa obligaría también a Carlos a un replanteamiento de la suya propia.

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