15 jul. 2015

EL SAQUEO DE ROMA (III)

Sobrecogen, en efecto, las noticias que nos han quedado sobre el comportamiento de los soldados imperiales en la Ciudad Eterna. Aun a riesgo de parecer sensacionalista, mencionaré algunos de los excesos cometidos, para que el lector pueda hacerse una idea de los extremos aque había llegado la animosidad contra el Pontífice, animosidad que se manifestaba no tanto en las crueldades cometidas contra gentes inocentes, sino en los juicios emitidos por la historiografía y la propaganda imperial, que vieron en tales excesos la acción providencial de Dios, como hemos visto hacer, antes, a Pedro Mexía.
Durante el 6 de mayo, el esfuerzo por conquistar la ciudad no permitió la orgnización metódica del saqueo. Los mayores destrozos los causaron los incendios provocados para quebrantar la resistencia de los defensores. Pero aun así se cometieron actos de extremada crueldad que no se explican sino por el deseo de infundir el terro al resto de la población. La soldadesca penetró en el hospital del Espíritu Santo y asesinó a los enfermos que en él se alojaban. Aquella noche, los caballeros imperiales lograron reagrupar a sus hombres. Los españoles, en el Campo dei Fiori. El cuerpo del condestable había sido trasladado, entretanto, a la Capilla Sixtina y colocado en un catafalco. A media noche se dio la seal de romper filas. Entonces comenzó la orgía de sangre. De los 55.000 habitantes de Roma, sólo quedó poco más de la mitad. El resto logró escapar o fue asesinado. El total de las pérdidas materiales sufridas alcanzó la cifra, astronómica en aquellos tiempos, de 10 millones de ducados. Los palacios de los grandes fueron saqueados, tanto los de la nobleza como los de los eclesiásticos. Los que ofrecieron resistencia fueron volados con minas o franqueados a cañonazos. Algunos se salvaron del saqueo pagando fortísimos rescates. Pero los palacios respetados por los alemanes fueron saqueados por los españoles, y viceversa. No se respetaron los de los próceres partidarios del emperador, que habían permanecido en Roma pensando que nadie les molestaría. La iglesia nacional de los españoles (Santiago, en la piazza Navona) y la de los alemanes (Santa María del Ánima) fueron saqueadas. Se profanaron las tumbas en busca de joyas. La de Julio II fue una de ellas. Las cabezas de los apóstoles San Andrés y San Juan, la Lanza Santa, el sudario de la Verónica, la cruz de Cristo, la multitud de reliquias que custodiaban las iglesias de Roma..., todo desapareció. Los eclesiásticos fueron sometidos a las más ultrajantes mascaradas. El cardenal Gaetano, vestido de mozo de cuerda, fue empujado por la ciudad a puntapiés y bofetadas. El cardenal Ponzetta, partidario del emperador, también fue robado y escarnecido. Otro, Numalto, tuvo que hacer el papel de cadáveren el macabro etierro que organizaron los lansquenetes. Las religiosas corrieron la misma suerte de muchísimas otras mujeres, e incluso niñas de diez años, en manos de la soldadesca lasciva. Muchos sacerdotes, vestidos con ropas de mujer, fueron paseados y golpeados por toda la ciudad, mientras los soldados, vestidos con los ornamentos litírgico, jugban a los dados sobre los altares o se emborrachaban en unión con las prostitutas de la ciudad. Cuenta Gregorovius:

"Algunos soldados borrachos pusieron a un asno unos ornamentos sagrados y obligaron a un sacerdote a dar la comunión al animal, al que previamente habían hecho arrodillares. El desventurado sacerdote engulló todas las sagradas formas antes de qeu sus verdugos le dieran muerte mediante tormento".
Muchas iglesias y palacios (así la Basílica de San Pedro y los Palacios del Vaticano) fueron convertidos en establos. Las bulas y los manuscritos de las ricas bibliotecas romanas fueron a parar a los pesebres. Los soldados destrozaron multitud de obras de arte. El famoso fresco de Rafael conocido como "La Escuela de Atenas" quedó deteriorado por los lanzazos de los lansquenetes. Uno de ellos grabó sobre él una frase que expresaba perfectamente los ánimos de su autor: "Vencedor, el emperador Carlos y Lutero". Lutero, en efecto, fue proclamado papa por los soldados alemanes en aquellos días.

La situación de los que se encerraron en Sant'Angelo era bastante desesperada. La carne de burro se reservó como bocado exquisito para los obispos y los cardenales. Los soldados sitiados descolgaban niños, atados con cuerdas, por los muros para que recoiesen de los fosos las hierbas que allí crecían. Los Imperiales, desde las trincheras que abrieron alrededor del castillo, mataron a arcabuzazos a muchos de ellos. Un capitán estranguló con sus manos a una vieja que llevaba al Papa un poco de lechuga. El príncipe de Orange, a los tres días del asalto, había dado orden de interrumpir el saqueo, pero nadie le obedeció. Únicamente pudo evitar que fuese saqueada la Biblioteca Vaticana, gracias a que estableció en ella su residencia.

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