25 jul. 2015

CARLOS V TIENE PROBLEMAS CON LOS FRANCESES (II)

Al terminar de hablar Carlos, el Papa considero conveniente que debía manifestar su deseo de permanecer neutral en aquel conflicto; al mismo tiempo trató de calmar al emperador, reconociendo que siempre había demostrado ser un hombre amante de la paz. Carlos no le dejó seguir. Contra las más elementales normas de protocolo, interrumpió al Pontífice y le exigió que declarase públicamente quién de los dos, Carlos o Francisco, tenía razón. Si era Francisco, que el Papa se dejase de neutralidades y le apoyara públicamente, pero si era él "invocaba contra Francia a Dios, al Papa y a todo el Mundo". Paulo III afirmó que él, como papa, no debía tomar partido, sino que se mantendría neutral, ofreciendo su mediación pacificadora entre ambos contendientes. La reunión se dio por terminada. La bomba lanzada por Carlos no quedaría sin efecto.
Inmediatamente comienza Carlos los preparativos de la guerra. Una vez más lo vemos enfrentarse a sus consejeros, al clamor de los pueblos de España y de los Países Bajos. La guerra, sí, era impopular; pero Carlos no cejó. El 25 de julio de 1536 atravesó los Alpes marítimos al frente de un fuerte ejército, al que apoyaba desde la costa la escuadra imperial, comandada por Andrea Doria. Su objetivo era la ocupación de Provenza, prácticamente toda la costa mediterránea del país galo. Las tropas salidas de Lombardía deberían unirse a mitad de camin con las que deberían salir de España camino de Provenza. Al mismo tiempo se abriría otro frente en los Países Bajos para descongestionar el frente provenzal. El apoyo de la flota colaboraría en la conquista de las principales plazas de la región, en especial la codiciada ciudad de Marsella. Indirectamente, Carlos pretendía romper el eje Marsella-Argel, máximo obstáculo existente en la seguridad del Mediterráneo occidental.
La táctica francesa consistió en obstaculizar el avance de Carlos para dar tiempo al condestable de Montmorency a devastar la región. Las cosechas fueron quemadas; los molinos, destruídos; los caminos, cortados; los puentes, hundidos; la población, evacuada. El ejército de Carlos V iba atravesando por un verdadero desierto, donde no se encontraban provisiones para tan numerosa tropa. Los destacamentos enviados en busca de alimentos caían en manos de guerrilleros emboscados y el hambre comenzó a hacer estragos entre la soldadesca. La disentería hizo pronto acto de presencia. Para más desgracia, Antonio de Leyva, que acompañaba al emperador en la expedición, murió en aquellos días. Carlos, dejándose llevar de sus manías caballerescas, decidió dejar los caminos de la costa para penetrar hasta Marsella por el interior del país. Fue un grave error. Al apartarse de la costa, dificultó aún más la llegada de las provisiones que iban dejando los barcos en la orilla. Entretanto, los franceses habían logrado establecer una línea de fortificaciones infranqueable. El Ródano constituía el eje del sistema. En el sur se apoyaba en Marsella, y por el norte en Aviñón, donde Montmorency construyó un campamento fortificado siguiendo los últimos adelantos de la ingeniería militar. Para evitar que las epidemias se cebaran en los 60.000 hombres que allí concentró, llegó a construir una admirable red de desagües, aprovechando las condiciones hidrográficas de la región. Un poco más al norte, Francisco I esperaba atento con otro ejército el desenlace de las operaciones.

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