24 jul. 2015

CARLOS V TIENE PROBLEMAS CON LOS FRANCESES

A los dos meses del desastre de Menorca, muere en Milán Francisco Sforza. Francisco I presenta un candidato a la sucesión. Carlos mismo había agravado la situación al aceptar negociaciones para un candidato francés en Milán, cuando de hecho no estaba dispuesto a ceder. El Consejo de Estado de Castilla aboga por una solución pacífica. Cobos, el "mago de las finanzas" de Carlos, se oponía rotundamente a la guerra, conociendo el estado real de las arcas imperiales. Granvela aconsejaba también la vía de las negociaciones como requisito necesario para poder atender a la cuestión protestante. Carlos no hizo concesiones. En abril de 1536 Carlos acude a Roma dispuesto a entrevistarse con el Papa, de quien sabe que se entiende con el rey de Francia, a pesar de su neutralidad oficial. Poco antes, Francisco había invadido las tierras del duque de Saboya, que era pariente y amigo de Carlos V. Sus intenciones eran claras, al parecer de Carlos: Francisco I le estaba provocando a la guerra. Entre Carlos V y Paulo III hubo largas entrevistas privadas en aquellos días. Carlos expuso ante el Papa cuantos agravios había recibido de Francisco. El Papa no manifestó la menor disposición a ceder ante las pretensiones imperiales. Cuando ya se rumoreaba en Roma la pronta partida de Carlos, éste convocó a todos los embajadores acreditados ante el Pontífice a una reunión a la que asistirían el Papa mismo y sus cardenales. Nadie fue capaz de imaginar el golpe teatral que Carlos había preparado. Ante aquel selecto auditorio y desde aquella tribuna universal, Carlos pronunció un largo discurso que duró más de una hora, el cual constituye uno de los más claros exponentes no sólo de la impulsiva personalidad del emperador, sino también de las preocupaciones políticas que le absorbían por aquellas calendas. El impacto que produjo en la opinión pública de la cristiandad fue sonado. Por lo pronto, Carlos habló en castellano; a un obispo francés que protestó porque no comprendía una palabra, Carlos replicó resueltamente:

"Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana".

Era claro que Carlos no sólo pretendía halagar a sus súbditos españoles, sino sobretodo dar a entender que España le secundaba con todas sus fuerzas. Bien claro lo diría en otro momento de su discurso:

"Si algunos piensan que yo lo hago por temor, están muy errados, porque yo tengo tales vasallos y que tan bien me han servido y ayudado que, si el rey de Francia los tuviese, a mí sería forzado venir con las manos atadas a lo que él quisiese. Y que esto sea verdad, nos dan testimonio las obras que de sus manos han salido".

¿Qué pretendía el emperador con su plática? Su objetivo principal era justificar ante toda la cristiandad su línea política. En consecuencia, hizo un análisis de la política francesa, que culminó con la presentación de las pruebas de la connivencia de Francisco I con Barbarroja:

"También creo que V.S. sabrá, y si no sépalo, que al tiempo que quisimos partir a hacer la empresa de Túnez, le enviamos a rogar para sólo este efecto nos prestase sus galeras. A lo cual respondió que no lo podía hacer por cuanto Barbarroja era su amigo, y no solamente esto, más, yo propio, con mis manos, tomé en la Goleta estas cartas que tengo en la mano, que las enviaba a Barbarroja en una fragata el rey de Francia, en las cuales hay palabras de tan familiar amistad cuanto en ellas podrá ver quien ver lo quisiere".
Declaró Carlos que no era su propósitio llevar a cabo guerras de conquista; sus guerras siempre habían sido defensivas (Napoleón diría lo mismo, por cierto, tres siglos más tarde). Francisco I había demostrado ser un enemigo público de la cristiandad. Así quedaba justificada la operación de castigo que pensaba llevar a cabo, y pretendía forzar al Papa a salir de su neutralidad. En suma, por evitar la guerra, Carlos estaba dispuesto a ofrecer un duelo personal entre él y Francisco I. Si Carlos ganaba, recibiría Borgoña. Si vencía Francisco, Milán sería el premio de su victoria.

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