30 jun. 2015

LA REVUELTA DE LOS COMUNEROS (y IX)

En julio de 1522, Carlos regresó a España. unos meses después (28 de octubre), proclamaba en la Plaza Mayor de Valladolid una amnistía general a favor de los implicados en el movimiento comunero; pero, en realidad, no fue aque un perdón general. Cerca de 300 personas fueron exceptuadas, entre ellas algunos de los procuradores que las ciudades comuneras habían enviado a las Cortes, quienes fueron ejecutados. Carlos llegó incluso a pedirle al rey de Portugal la extradición de los refugiados políticos; pero éste, con buen criterio, se negó a ello. La aversión de Carlos a los comuneros, sin embargo, duró hasta su muerte. Todavía en 1552, en unas instrucciones dirigidas a su hijo Felipe II, le recomendaría no vender hidalguías "a hijo ni nietoo de persona ecebtada en lo de las alteraciones pasadas de la Comunidad". Los ideales que habían movido la revolución no habían muerto con la represión. Así lo hacía saber el almirante al emperador en una carta, de la que recogemos el siguiente testimonio:

"Su Magestad ha de saber que esta maldita secta de libertad estaba muy imprimida en los corazones de esta gente, que han de pasar largos tiempos, con compañía de buenas obras, para que se olvide. Ha de saber Su Alteza que tan vivo tienen hoy en el pensamiento a Juan de Padilla como si le viesen delante como solían".

¿Qué fue, en realidad, el movimiento de las Comunidades? ¿Fue una simple revuelta, destinada a corregir los abusos de una corte formada en su mayor parte por extranjeros rapaces y desconsiderados? ¿Se trató, más bien, de una revolución en que la protesta contra los abusos se convirtió pronto en un intento de reorganizar la sociedad según unos presupuestos distintos? De esta opinión son algunos historiadores.
El proyecto revolucionario de las Comunidades , una vez distinguido debidamente de los desórdenes que, al abrigo de la situación, se produjeron, tendía a sustituir el gobierno local, de carácter aristocrático, por instituciones representativas de todos los sectores de la población. En el plano nacional, promovía la adhesión a un gobiero revolucionario, la Junta, que se afirmaba coo la expresión de la representación y de la voluntad nacional frente al poder real y a la alta nobleza. Éste fue el carácter del movimiento comunitario por lo que se refiere a las regiones en que másarraigo tuvo: las dos Castillas.
Este movimiento no fue consecuencia exclusiva del nacionalismo xenófobo de los castellanos. Sus raíces hay que buscarlas en la crisis que se produjo a la muerte de Isabel. A lo largo de ella, el poder real se debilitó, al par que crecía el interés de la alta nobleza por apoderarse del poder político. Las clases medias se alzaron en bloque contra la nobleza y contra una corona que, por su debilidad, estaba dispuesta a devolver a los nobles los privilegios que habían perdido bajo los Reyes Católicos. Pero la burguesía estaba dividida. Por una parte, la alta burguesía de mercaderes y negociantes trataba de defender su casi monopolio sobre el comercio. Contra ellos chocaban las clases medias, es decir, la pequeña burguesía industrial, los artesanos, tenderos, obreros, mercachifles y también los letrados capaces de captar el malestar social y de canalizarlo. Surge así la oposición entre ciudades de la periferia, dominadas por los grandes negociantes, y el centro. Aquí, en esta pugna de intereses entre los dos mencionados sectores de la burguesía, deben buscarse las contradicciones internas del movimiento comunero.
Esta revolución, que podríamos definir incluso como la primera revolución moderna, fue también una revolución prematura, que trató de dar el poder político a una burguesía todavía débil. El fracaso de la revolución debilitó más todavía a esta burguesía. La economía castellana de los fabricantes del interior no pudo resistir la competencia extranjera ni las presiones del monopolio de Burgos sobre la lana.
La aristocracia, que esperaba ver premiadas su participación en la represión de las Comunidades con la participación en el poder político, se sintió frustrada cuando Carlos hizo triunfar, cada vez más claramente, el absolutismo monárquico. Decepcionada, la aristocracia se dedicó a hacer crecer su poderío económico, con lo que puso las bases para su futura intervención en la política. Las clases medias, vencidas, retiraron sus capitales de la industria y los invirtieron en la adquisición de tierras. Sus hijos perdieron el interés por los negocios y volvieron sus ojos hacia la Iglesia, el mar o la casa real, es decir, hacia las universidades, donde podían adquirir una formación que les capacitase para ingresar en el funcionariado real; hacia las órdenes religiosas o el clero y, finalmente, hacia la aventura colonial o militar.
Al negocio se prefirió la renta, al trabajo, la ociosidad garantizada por la posesión de un título de hidalguía. Lo que pereció con las Comunidades no fueron las antiguas franquicias medievales; no se ventiló allá el destino de las ciudades medievales autónomas, llamadas a ser englobadas en los crecientes estados. Lo que desapareció fue, indudablemente, la libertad política y la posibilidad de imaginar un destino diverso al de la España imperial, con sus grandezas y sus miserias,sus hidalgos y sus pícaros. Carlos V dio muerte, sin duda alguna, a lo que se preparba bajo los Reyes Católicos y bajo Cisneros: una nación independiente y moderna.

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