1 jul. 2015

LAS GERMANÍAS DE VALENCIA

La inquietud que se apoderó de los otros reinos hispánicos a raíz de la elevación de Carlos al Imperio no fue menor que en Castilla. Pedro Mártir, recogiendo el sentimiento de los valencianos, cuenta cómo para ellos

"el Imperio no sólo no era conveniente para estos reinos, sino tan siquiera para el propio rey, y acaso, por el contrario, resultara un perjuicio. Afirmaban que era libre y gozaba de sus prerrogativas; bajo el imperio se convertiría en una provincia miserable. Calificaban el nombre de imperio e hinchada ambición y viento vano. ¿Por qué hemos de felicitar a nuestro rey, si las rentas del imperioson tan cortas, según dicen? ¿Si no ha de ganarse a ningún soldado alemán para hacer la guerra sino a costa de grandes dispendios?... Pluguiera a Dios que tal fantasma hubiera caído sobre el francés. Nosotros hubiéramos disfrutado de nuestra paz y de nuestro rey... Se agotarán nuestras fuentes, se secarán nuestros campos y nosotros pereceremos de hambre, mientras tierras ajenas se saturan de nuestro pan".

No faltaba razón a la opinión pública valenciana. Pronto tendremos ocasión de ver cumplidos aquellos temores de los valencianos cuando veamos a los pueblos de España desangrarse y empobrecerse en los campos de Europa, defendiendo unos intereses que no eran los suyos, sino los de la dinastía que los gobernaba. Mas no parece que con sus críticas pretendieran los valencianos hacer profecías sobre el futuro. Más bien hemos de creer que temían que las tensiones sociales existentes en el reino de Valencia se agudizaran al ausentarse el rey y que los intereses económicos del país se vieran amenazados en consecuencia.
Valencia venía registrando un auge económico sin precedentes desde los tiempos en que Barcelona se había arruinado a causa de las agitaciones y luchas políticas que la ensangrentaron a finales del siglo anterior. Muchos hombres de negocios se habían trasladado de Barcelona a Valencia y habían hecho de aquella ciudad un verdadero emporio de la industria y del comercio. Dicho de otro modo, Valencia se había convertido en la capital de los negocios del levante español. El comercio con Italia tenía en ella su principal base. Al mismo tiempo, la riqueza de su retrotierra permitía un activo intercambio en el que los artículos preferidos eran sus tejidos, su cerámica y los productos de su rica y bien cultivada huerta. La cultura italiana tuvo en Valencia una de sus más importantes áreas de difusión y alcanzaba incluso a los más humildes sectores de su población. Florecía, pues, en Valencia una industriosa burguesía de artesanos y comerciantes que, a pesar de su fuerza económica, no lograban intervenir en el gobierno del reino, pues éste seguía monopolizado por una nobleza cada vez más inepta y decadente.
Lo que sabemos de las costumbres de la nobleza valenciana en aquella época no les hace, desde luego, el menor honor. Como consecuencia de sus relaciones con Italia, se había difundido entre muchos caballeros aquel "mal" que unos años antes describiera en un poema médico el licenciado Villalobos:

"...padescen dolencia
de ser putos, y es muy absurda y muy ciega,
y desta en Italia diz que hay pestilencia..."

No sólo la homosexualidad; todas las ciolencias contra el pudor femenino, todas las injusticias y bellaquerías parecían enriquecer el palmarés de aquellos caballeros:

"Si un oficial hacía una ropa, dábanle de palos si pedía la hechura, y si de esto se iba a quejar a la justicia, más era lo que le coechaban de costas que lo que ellos pedían de principal"

La nobleza había dejado de ser un ejemplo de nobles costumbres. Tampoco era ya el brazo militar encargado de velar por la seguridad de la población valenciana. Mientras se recrudecían los ataques de los piratas berberiscos a las poblaciones costeras, los nobles vivían enfrascados en sus aficiones, gracias a las rentas que les proporcionaban unas tierras laboriosamente trabajadas por los moriscos. La gente mediana tenía razones para creer que los moriscos estaban en connivencia con los piratas, pero los nobles preferían no actuar contra los berberiscos por temor a desagradar a sus obreros moriscos y ver mermadas sus rentas de alguna forma. En estas circunstancias, la gente común pidió autorización a la Corona para organizar por sí misma la defensa, ya que la nobleza se inhibía.

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