20 jun. 2015

LA REVUELTA DE LOS COMUNEROS (VI)

Al pasar por Madrid, las tropas de Padilla se vieron engrosadas con las de Juan de Zapata. Aumentando conforme avanzaban, llegaron a Valladolid, donde se hizo a Padilla un recibimiento apoteósico. Sin embargo, la junta no consintió que se le nombrase capitan general, cargo que se entregó a don Pedro Laso de la Vega.
Con los 10.000 infantes y los 1.000 caballos que Padilla tenía a su disposición, comenzó a actuar. Su objetivo era la plaza de Torrelobatón, que tenía una importancia estratégica primordial. En primer lugar, su posesión cortaba las comunicaciones entre Medina de Rioseco y Tordesillas, de modo que hacía fácil la reconquista de esta última y la recuperación del prestigio perdido desde el momento en que la reina Juana pasó a poder de los imperiales. Por otra parte, desde Torrelobatón se podía impedir que los dos ejércitos imperiales entraran en contacto. A finales de febrero de 1521, Padilla era dueño de la importante fortaleza. Si en ese momento se hubiesen unido todas las fuerzas comuneras, los imperiales habrían sido pulverizados. Pero no ocurrió así. El obispo Acuña, recuperado del berrinche que le produjo la pérdida de Tordesillas, había vuelto a la pelea; pero ahora se dedicaba a luchar por su cuenta contra la nobleza, tomando represalias contra los grandes y sus aliados.
Las divisiones internas de cada partido se agravaron. Los nobles parecían interesados en que la guerra contra el rey se perpetuase para que Carlos tuviese necesidad de sus servicios. Los comuneros, por su parte, también se dividen. Laso de la Vega y un grupo de comuneros entablan negociaciones con el enemigo. Padilla, por el contrario, es partidario de la guerra. La junta opta por probar suerte en los dos campos. Al final, perdería en ambos.
Mientras duran las conversaciones, la tregua se respeta entre ambos bandos. Intervienen el embajador de Portuga, el nuncio fray Francisco de los Ángeles, un franciscano especialmente enviado por Carlos desde Alemania. Los intentos de buscar una solución pacífica se suceden durante los primeros meses de 1521. En estas circunstancias se produce la deserción de don Pedro Laso, que abandona la causa comunera y se adhiere a los imperiales. Las negociaciones no tardan en romperse, ni tampoco la tregua. Padilla parece decidido a tomar Tordesillas. Juan Bravo viene con tropas desde Segovia. Francisco Maldonado capitanea las que envía Salamanca. Las Comunidades pagan impuestos especiales para financiar la guerra. El mismo Adriano muestra su admiración por aquellos comuneros que aceptaban los más duros sacrificios para sacar adelante su causa, en contraste con la cicatería, indecisión y egoísmo de los nobles que militaban en sus propias filas. En efecto, Carlos había dado al condestable la orden terminante de acudir con las tropas acantonadas en Burgos en socorro de Tordesillas. Pero los grandes remoloneaban. Así le escribía Adriano al emperador:

"Tienen por certísimo que V.M es obligado a satisfacerles todo el daño que han recibido y reciben en sus vasallos"

Cuando por fin se deciden, el condestable sale de Burgos el 8 de abril. Padilla debió aprovechar la superioridad numérica de sus tropas para atacar por separado a cada uno de los ejércitos enemigos. Pero él también estaba paralizado. Se le veía triste, profundamente abatido; al parecer, sus propias convicciones habían entrado en crisis; es posible que hubiera perdido la fe en su propia causa y la confianza en unas tropas que, como las suyas, andaban indisciplinadas, robando acá y allá, desertando continuamente apenas se veían con el zurrón atestado de botín. Pasaban los días y Padilla perdía un tiempo precioso, mientras que las tropas del condestable se acercaban amenazadoras. Al fin tomó una decisión: replegarse hacia Toro, donde podría encontrar cuanto necesitaba para enfrentarse a los imperiales, ya que en Torrelobatón carecía de los bastimentos necesarios para soportar victoriosamente un asedio.
El 23 de abril, el ejército comunero se puso en movimiento. La artillería abría la marcha. Seguía la infantería, perfectamente ordenados en batallones los 7.000 hombres que la componían. La caballería, compuesta por unas 400 lanzas, cubría la retaguardia. Los imperiales, que habían reunido sus fuerzas el día 21, descubrieron sus movimientos. Las lluvias primaverales habían convertido los caminos en lodazales impracticables. La artillería comunera se atascaba en el fango. La infanteria avanzaba con el barro hasta las rodillas.


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