19 jun. 2015

LA REVUELTA DE LOS COMUNEROS (V)

El préstamo portugués sirvió también para devolver a la regencia el crédito financiero. Nobles y banqueros, desde este momento, se animaron a prestar dineros a los virreyes (el regente, el almirante y el condestable). Los mercaderes burgaleses se volcaron del lado de los imperiales. A finales de otoño de 1520 ya se habían organizado dos núcleos de resistencia. Uno en Medina de Rioseco, capital de los señoríos del almirante; otro en Burgos, donde el condestable concentró sus tropas. La división de las fuerzas restaba peligrosidad al ejército imperial, circunstancia que daba a los comuneros la oportunidad de combatirlos por separado. Pero la división del ejército imperial obedecía a razones que evidenciaban la correspondiente división de intereses de quienes lo dirigían. El almirante no quería moverse de Medina de Rioseco para no dejar desguarnecidas sus posesiones. El condestable tampoco salía a su encuentro para no desguarnecer las suyas de la región burgalesa. Adriano clamaba y se desgañitaba en el nombre de la paz, de la nación, del emperador y de todos los santos. Pero los nobles, con una miopía desesperante, no veían más allá de sus propios intereses particulares. La revolución comunera, que había comenzado como un movimiento netamente nacionalista, comenzaba a transformarse, tras la defección de la nobleza, en una lucha de clases que enfrentaba a la gente común contra la nobleza, a los vasallos contra los señores. En aquella extraña guerra civil, los dos bandos parecían paralizados, indecisos, con una irresolución que pronto se tradujo en intentos de llegar a una solución pacífica, en un ir y venir de mensajeros, espías, parlamentarios y predicadores. Dentro de cada partido se dibujaban dos tendencias contrapuestas: la de los pacifistas, dispuestos a un entendimiento, y la de los militaristas, dispuestos a un choque decisivo.
En estas circunstancias, los comuneros se pusieron en movimiento. Don Pedro Girón y el obispo Acuña llevaron sus tropas ante Medina de Rioseco y desafiaron al enemigo a dar batalla en campo abierto. Los imperialistas decidieron esperar el ataque, pero entretanto enviaron a un pretigioso predicador, fray Antonio de Guevara, para que parlamentase con los jefes del ejército comunero. Poco después, el almirante mismo y su mujer acudieron al campamento enemigo y se entrevistaron con Acuña. No se sabe cómo lo consiguieron. El hecho es que a los pocos días el ejército comunero levantó el sitio y se puso en marcha hacia Villalpando, camino de Valladolid. Al parecer se les había hecho creer que el almirante estaba dispuesto a ponerse del lado de los comuneros si atacaban primeramente al ejército de Burgos. Aprovechando que habían dejado el campo libre, el ejército del almirante salió de Medina de Rioseco y se dirigió hacia Tordesillas.
Tordesillas había quedado guarnecida por un pequeño, pero aguerrido, destacamento, cuyo núcleo lo formaban 300 clérigos escopeteros que Acuña había reclutado en su diócesis, gentes sin vocación que manejaban el sable mejor que el hisopo, a quienes el obispo Acuña estaba dispuesto a castigar si descuidaban la vigilancia por rezar el breviario. Los imperiales combatieron bravamente, pero sus enemigos no anduvieron a la zaga. Fue necesario batir a cañonazos las defensas de la ciudad y tomarla casa por casa. Sólo se salvron las iglesias y la residencia de la reina.
Aquel golpe de mano desmoralizó a los comuneros. Pedro Girón presentó su dimisión como capitán general; se sospechaba, incluso, si no habría traicionado a la causa comunera. Acuña, de momento, se retiró a sus tierras de Zamora. Pero la guerra todavía no estaba perdida. Aún vivía un hombre que podía salvar a los comuneros: Juan de Padilla. Las gentes de Valladolid, ciudad que se había convertido en cabeza de la rebelión desde la retirada de Toledo, enviaron a Padilla un mensaje pidiéndole ponerse al frente del ejército.
Padilla aceptó. Lo que nos cuentan los cronistas de su paseo triunfal por Castilla, desde Toledo hasta Valladolid, nos da una ligera idea del enorme prestigio de aquel hombre y del arraigo del movimiento comunero entre las clases populares. He aquí lo que nos dice Alonso de Santa Cruz:

"Era tan en extremo el amor y reputación en que generalmente era tenido Juan de Padilla de todos los pueblos, que es muy poco lo que puedo aquí escribir en respecto de lo que en aquel tiempo yo vi, porque clérigos dejaban sus iglesias por seguirle; las mujeres y doncellas iban de unos lugares a otros sólo por verle; los labradores, con carretas y mulas, le iban a servir sin precio alguno, los soldados y escuderos peleaban debajo de su bandera sin pagarlos; los lugares por donde pasaba daban de comer a él y a todos los suyos liberalmente, cuando pasaba por las calles todos se ponían en las puertas y ventanas echándole mil bendiciones, en las iglesias hacían pública plegaria por él para que Dios le quisiese guardar; finalmente, aquel se tenía por bienaventurado que le había visto y más el que le había servido".

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