18 jun. 2015

LA REVUELTA DE LOS COMUNEROS (IV)

El movimiento revolucionario, mientras que, por una parte, incluye entre sus propósitos e de una restauración del autoritarismo regio, propone una reforma constitucional que conceda a las Cortes una defensa contra ese mismo autoritarismo. La contradicción de ambos términos no podía menos que contribuir a las dicisiones que corroían a las fuerzas revolucionarias, las cuales se agravaron más aún cuando fue nombrado capitán general de las fuerzas comuneras un miembro de la alta nobleza, don Pedro Girón. Con semejante medida, la junta pretendía ganar una baza propagandística de cara a sus enemigos: la de hacer creer que las Comunidades no eran contrarias a la nobleza. Pero de cara a sus propios partidarios, fue un error el nombramiento de don Pedro Girón. Juan Padilla y sus gentes, despechadas, se retiraron a Toledo precisamente en los momentos en que la unión era más necesaria que nunca, porque, entretanto, habían comenzado a reorganizarse las fuerzas imperiales.
La replica de Carlos se hacía esperar. A sus manos había llegado el memorial que le había remitido la junta. También le llegaban continuos informes sobre la situación del reino, enviados por Adriano de Utrech. El regente no le ocultaba la gravedad de los hechos, el peligro que se corría de que el reino terminara por ofrecer la corona a otro soberano; con total sinceridad, reconocía el influjo pernicioso que los errores cometidos habían tenido en el estallido de la rebelión. Carlos convocó a su consejo y tomó decisiones. En primer lugar, había que suprimir las causas del descontento casellano. En consecuencia, se anuló el subsidio concedido a las Cortes de LaCoruña, pero sólo a las ciudades que se sometiesen. Se prometía el pronto regreso del emperador. Se hacía un llamamiento general a la nobleza para que acudiese en ayuda del regente. Al mismo tiempo, se utilizaría la fuerza contra los que resistieran a su autoridad. Por último, se hispanizó decisivamente el gobierno, nombrando como gobernadores adjuntos del regente a dos de los nobles más prestigiosos del reino, el almirante don Fadrique Enríquez y el condestable donÍñigo de Velasco. Un hijo de este último, don Pedro de Velasco, fue nombrado capitán general del ejército imperial.
Todas estas decisiones dieron nueva fuerza al gobiernode Adriano. Sin embargo, para movilizar las tropas necesarias no bastaban los decretos ni las promesas. Hacía falta dinero para pagar a los soldados y para convencer a los nobles. Y el hecho es que, estando en manos de los comuneros el tesoro del reino, Adriano no contaba con medios suficientes para llevar a cabo la tarea que se le había encomendado.
Los comuneros, por su parte, trataban de asegurarse por aquellos días el apoyo de Portugal. Sus embajadores habían propuesto al rey don Manuel un plan matrimonial, en el que le ofrecían a la princesa Catalina a cambio de la ayuda portuguesa. Don Manuel, con la mayor sensate, se negó a negociar coon los insurgentess, condenó las acciones de la junta y no se comprometió a mantener su neutralidad, como los comuneros deseaban.
Casi al mismo tiempo, los imperiales mandaron otra embajada al portugués, pero éstos con distintos resultados, pues consiguieron un préstamos de 500.000 duados, que don Manuel no tardó en hacer efectivos. Aquel gesto salvó, en definitiva, el trono de Carlos. Gracias a él, se pudo reclutar un ejército que vencería a los comuneros y presionar posteriormente a Carlos para que siguiera una política de amistad con el reino luso, que culminó en su boda con Isabel, hija del rey de Portugal.
Mas aún quedaban mchos obstáculos por salvar. En primer lugar, no era fácil encontrar gentes dispuestas al alistamiento en las ciudades de Castilla. Se recurrió a las mesnadas que proporcionaron las tierras de señorío, dominadas por la nobleza. Se mandó orden al país vasco y a Navarra para que enviasen tropas, y así se hizo, con el peligro de dejar desguarnecida la frontera francesa, ocasión que Francisco I no tardaría en aprovechar. También se pidieron tropas al regente de Aragón, pero no llegaron a pasar a Castilla porque, estando concentradas en Zaragoza, el pueblo se levantó en armas, quitó las suyas a los soldados y forzó su licenciamiento, diciendo que no debían ir a Castilla a impedir a los castellanos que luchasen por sus libertades. También se echó mano de los veteranos que poco antes habían regresado de África, después de la fracasada operación de los Gerves. Pero eran tropas cansadas de esperar la paga, por lo que muchos de ellos se pasaron al partido de los comuneros, esperando recibir de ellos lo que se les debía.
El punto débil de aquel ejército que estaban formando los imperiales era la artillería. El arsenal de Medina había caído en manos de los comuneros. Emplear los cañones del parque de Fuenterrabía era especialmente arriesgado, teniedo en cuenta la amenaza francesa. Hubo que echar mano del arsenal de Málaga, pero el transporte de las pieas ofrecía serios obstáculos. Hacerlo por tierra tropeaba no sólo con las dificultades naturales, pues había que atravesar varias cordilleras para llegar hasta Castilla la Vieja, donde eran necesarias. Caía el peligro de que por el camino cayesen en manos de los comuneros toledanos, quienes vigilaban los pasos del Tajo. Se decidió entonces transportarlas por mar. Así pues el tren de artillería, embarcado en Málaga, se desembarcó en los puertos del país vasco. Pero cuando se lo transportaba a la región del Duero, el conde de Salvatierra que, con el pretexto de apoyar a las Comunidades, hacía la guerra por su cuenta, atacó el convoy, llevándose la artillería ligera y destruyendo la pesada, de modo que no llegó a Burgos ni una sola pieza. No hubo más solución que traer los cañones de Fuenterrabía.

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