22 may. 2015

POLÍTICA MATRIMONIAL DE LOS REYES CATÓLICOS (y III)

La última hija de los Reyes Católicos, Catalina, fue prometida en matrimonio en 1496 a Arturo, príncipe de Gales, hijo del rey de Inglaterra, Enrique VII, con el que los Reyes Católicos mantenían muy buenas relaciones y al que, finalmente, indujeron a entrar en la Liga Santa contra Francia. La pareja, sin embargo, no convivió hasta 1501, pues hasta entonces no cumplieron los príncipes la edad necesaria para el casamiento. Pero ni siquiera entonces llegaron a consumar el matrimonio. Arturo murió pronto y Catalina casó en segundas nupcias con el hermano de aquél, Enrique VIII. De su unión nació María, que más tarde casaría con Felipe II sin darle descendencia. Catalina fue repudiada por Enrique VIII, empeñado en casarse con Ana Bolena; la negativa del Papa a conceder el divorcio provocó el cisma de la Iglesia de Inglaterra.
A la vista de todo cuanto hemos expuesto, la política internacional de los Reyes Católicos, a la altura de 1504, había cubierto ampliamente aquella parte de sus objetivos, que consistía en asegurar el flanco izquierdo de la barrera que en el Mediterráneo central pensaban oponer al avance turco. El equilibrio interno entre las potencias italianas no había sido posible. En adelante, el equilibrio vendría definido por la presencia de potencias extranjeras en el suelo de Italia: Francia, en el norte, y España, en el sur. Al mismo tiempo habían dado los pasos necesarios para poner coto a las veleidades expansionistas francesas. Pero de esta situación todavía derivarían en el futuro grandes conflictos. Las guerras de Italia, al mismo tiempo, habían impedido el envío de expediciones militares que asegurasen paralelamente el flanco derecho del sistema defensivo mediterráneo, mediante la conquista de plazas estratégicas en el litoral norteafricano. Isabel la Católica, sin embargo, no vivió para ver redondeados sus proyectos.
La reina, al menos desde que entró en la edad adulta, había visto amenazada su salud con cierta frecuencia por diversos males. Sin embargo, éstos no fueron obstáculo para la desbordante actividad que realizó durante su reinado. Pero las desgracias que implacablemente se abatieron sobre la familia le produjeron tan grandes sufrimientos que su salud se malogró definitivamente. De nada sirvieron los aires de las más sanas ciudades del reino, en especial los de Granada, donde pasó largas temporadas. Sus días estaban contados y esta certidumbre llevó a Isabel a refugiarse en una intensa vida religiosa. Su espiritualidad, en efecto, se fue depurando continuamente, se hizo cada vez más profunda y sincera.
Su último viaje la llevó desde Andalucía a Medina del Campo. Su salud se quebraba al mismo ritmo que su cortejo avanzaba por los campos de España. Sus médicos la veían apagarse por momentos. Fernando recurrió a los mejores galenos del reino así como a los mejores juristas para que le aconsejasen en caso de producirse la muerte de la reina.
El 12 de octubre de 1504 Isabel hizo testamento y el 23 de noviembre añadió un codicilo. Uno y otro constituyen un documento excepcional, no sólo por su valor histórico y jurídico, sino también por cuanto que reflejan la grandeza de ánimo de aquella mujer que en la hora suprema volvía su mirada atrás pasando revista a su vida, con serenidad y sin miedo a reconocer sus propios errores. Lo que más pesaba sobre su conciencia en aquellos críticos momentos era el haber ocupado vasallos y fortalezas de la Iglesia, el haber coartado a veces su libertad, el haber traspasado, en ocasiones, los poderes pontificios en lo referente a la reforma, y el no haber implantado un régimen rectilíneo en el trato con los indios. Es más que posible que la Historia debiera juzgarla por otras cosas además de las antedichas, como la expulsión de las minorías religiosas y el modo en que se realizó, pero no parece justo exigir de Isabel más de lo que ella misma estuvo en condiciones de exigirle a su conciencia a la hora de la verdad.
Pocos meses antes de morir Isabel había sido trasladada al palacio que los reyes poseían en la Plaza Mayor de Medina del Campo, para evitarle a la enferma los sufrimientos que le producía la presencia de su desequilibrada hija Juana en el castillo de la Mota. El 26 de noviembre, a mediodía, cuando contaba cincuenta y tres años de edad y estaba a punto de cumplir treinta de reinado, Isabel la Católica murió.
El duque de Alba levantó pendones por la nueva reina de Castilla, Juana a quien Isabel, en su testamento, había nombrado heredera de todos sus reinos, tierras y señoríos y de todos sus bienes raíces. En cumplimiento de sus deseos, el cuerpo de Isabel fue trasladado hasta Granada y depositado, provisionalmente, en el convento de San Francisco, hasta que años más tarde fue trasladado a la Capilla Real donde actualmente reposa al lado de los restos de su esposo Fernando.
La dolorosa noticia de la muerte fue comunicada por Fernando a todos los súbditos en una carta circular que transcribimos a continuación:

"Hoy, día de la fecha de ésta, ha placido a Nuestro Señor llevar para sí a la serenísima reina doña Isabel, mi muy cara y amada mujer, y aunque su suerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me pudiera venir y por una parte el dolor de ella y por lo que en perderla perdí yo y perdieron todos estos reinos me atraviesa las entrañas, pero por otra, viendo que ella murió tan santa y católicamente como vivió, de que es de esperar que Nuestro Señor la tiene en su gloria que para ella es mejor y más perpetuo reino que los que acá tenía, pues que a Nuestro Señor le plugo, es razón de conformarnos con su voluntad y darle gracias por todo lo que hace".

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