21 may. 2015

POLÍTICA MATRIMONIAL DE LOS REYES CATÓLICOS (II)

Dentro de esta primera fasee de la política de los Reyes Católicos hay que anotar los planes matrimoniales destinados a unir el reino de Navarra bajo una misma corona, planes que, a pesar del cuidado con que fueron urdidos, se frustraron uno tras otro.
En la segunda fase que hemos distinguido se llevaron a cabo los matrimonios de Juan, el príncipe heredero, con Margarita, y el de Juana, la tercera hija de los reyes, con Felipe el Hermoso. Margarita y Felipe eran hijos del emperador Maximiliano I y de María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario. Con este doble lazo pretendían los reyes Católicos crear una poderosa amenaza contra Francia, que, apresada entre España y Alemania, no podría intentar impunemente nuevas incursiones sobre Italia. El primero de estos matrimonios se malogró prematuramente. Juan y Margarita contrajeron matrimonio en abril de 1497. El príncipe, que nunca había gozado de buena salud, llegó al matrimonio cuando apenas había cumplido los dieciocho años. En el mes de octubre de aquel mismo año murió en Salamanca, cuando todavía se podía decir que los recién casados gozaban de su luna de miel. Tan rápido desenlace hizo creer que su muerte había sido debida al excesivo entusiasmo con que el príncipe se entregó a sus deberes conyugales. El mismo Carlos V aludiría a ese hecho en las instrucciones y consejos que dio a su hijo Felipe II. Sea lo que fuere de ello, el hecho es que la muerte del príncipe heredero agostó en flor las ilusiones de los reyes y de los pueblos de España. Fue sepultado en la iglesia de Santo Tomás, en Ávila. Margarita, la viuda, había quedado embarazada no obstante; pero esta última esperanza también se frustró, pues tuvo un aborto. Los médicos reconocieron en los pobres despojos los restos de una niña que no llegó a ver la luz.
El casamiento de Juana con Felipe tampoco vio realizarse los buenos augurios que sobre él se hicieron. Juana, a quien la historia aplicaría el poco gentil apelativo de "la Loca", se parecía tanto a su abuela, la madre de Fernando el Católico, que Isabel solía llamarla cariñosamente "mi suegra". Como todos los hijos de los Reyes Católicos, Juana recibió una educación esmeradísima en todas las disciplinas que se consideraban necesarias en la época. Se dice que hablaba perfectamente latín, por ejemplo. Al cumplir los quince años, los reyes enviaron a su hija a Flandes, acompañada de una numerosa flota y una brillante escolta (1496). Felipe el Hermoso contaba por aquel entonces dieciocho años. Los problemas no tardaron en preentarse. Algunos de ellos los produjo el mismo miedo que Felipe y sus consejeros sentían a ver influida su política por las presiones que los Reyes Católicos pudieran ejercer a través de su hija y del séquito que la acompañaba. Por otra parte, el choque que produjo en Juana el contraste entre la austera educación religiosa que había recibido y la libertad de costumbres que observó en Flandes le produjo una honda crisis. Se temió que su religiosidad se hubiese desviado y la misma Juana llegó a temer que la Inquisición metiera sus manos en el asunto. A ello se unía el desmedido y enfermizo amor que Juana sentía por Felipe, el cual, por su parte, no le correspondía satisfactoriamente. Al morir sus dos hermanos mayores, Juan e Isabel, el derecho a la herencia recayó sobre Juana. Ya veremos cóm Felipe se propasó en las funciones que su calidad de príncipe consorte le concedían. Por todo ello, los padres de Juana la retuvieron en España en 1503, mientras Felipe regresaba a Flandes. Juana no fue capaz de soportar la ausencia de su esposo. Nada ni nadie pudo sacarla de la melancolía en que se sumió, sobre todo desde que se enteró que su viaje a Flandes se debería retrasar hasta que lo hiciese posible la llegada del buen tiempo. Pero no se resignó. Estaba dispuesta incluso a escapar como fuese de España con tal de ver a Felipe.
Isabel la confinó en Medina del Campo. Juana, desesperada, pasó una tarde y una noche agarrada a la reja del castillo, y luego, varios días más, en una cocina cercana a la misma, esperando que la dejaran salir. Isabel acudió a traquilizar a su hija, pero no consiguió sino que la insultara con las peores palabras. También Fernando vino a Medina y ambos esposos debieron soportar abatidos las recriminaciones e injurias que Juana les echó en cara.
En la primavera de 1504 salió por fin de Laredo. Una vez en Flandes fue bien recibida por Felipe, pero pronto volvió a aflorar el desequilibrio interior. Recomida de celos, llegó a pegar e incluso a ordenar que pelasen al rape a una hermosa e influyente dama flamenca, de la que Juana sospechaba que se entendía con Felipe. Todos estos hechos amargaron los últimos días de la reina Isabel, que murió aquel mismo año.
En 1506 también murió Felipe. Juana sintió tan profundamente su muerte que ya en adelante apenas gozó de lucidez durante breves períodos.
De su matrimonio nacieron seis hijos: Leonor, que sería reina de Portugal y, más tarde, de Francia; el futuro emperador Carlos; Isabel, que sería reina de Dinamarca; Fernando, que llegaría a ser rey de Bohemia y Hungría y emperador de Alemania por abdicación de su hermano Carlos; María, reina también por algún tiempo de Bohemia y Hungría y, finalmente, Catalina, que fue reina de Portugal.

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