23 may. 2015

¡OH DESDICHADA CASTILLA... NO SABRÁS HACIA DÓNDE VOLVERTE! (I)

El esplendor que, a primera vista, se aprecia en el reinado de los Reyes Católicos no basta para ocultar la existencia de puntos débiles en la ordenación que dieron a los reinos de España. Al mismo tiempo que su gestión se había revelado brillante y decidida por lo que a sus objetivos externos se refiere, en los interiores habían mostrado una indecisión que puso en serios peligros cuanto de positivo habían conseguido. Destacaba, en primer lugar, la precariedad de la Unión de Aragón y Castilla. Mientras duró el matrimonio de Fernando e Isabel, ambas coronas estuvieron unidas, y en ellas los respectivos reinos. Pero en los demás niveles cada reino mantuvo sus propias instituciones, sus propias Cortes, sus aduanas. La moneda, común a Aragón y Castilla, fue el único símbolo de la unidad existente. Por lo demás, todos los intentos de integración y asimilación de ambos reinos sólo quedaron en tímidos proyectos.
Ahora bien, apenas cerró los ojos Isabel la Católica, el fantasma de la escisión reapareció en el horizonte. La reina, al hacer su testamento, se debió enfrentar a un tremendo dilema: el de reconocer a Fernando el derecho a la corona de Castilla o el de legarla a su hija Juana.
Si hubiese testado a favor de Fernando, ambas coronas habrían recaído en quien poseía suficiente experiencia y autoridad como para llevar a término la unidad hispánica, apenas iniciada en vida de Isabel. La locura de Juana, de la que había pruebas más que suficientes, constituía un motivo más para optar por esta solución, de incalculable alcance político. Isabel, no obstante, con una actitud en la que muchos autores han visto una prueba más de su terquedad, eligió la solución que exigían las disposiciones legales vigentes. En consecuencia, la corona de Castilla fue para su hija Juana la Loca. También según la ley, en caso de incapacidad de Juana, era su marido Felipe el llamado a administrar y gobernar el patrimonio de su esposa. Isabel, previendo las reacciones que provocaría el gobierno de un príncipe "mozo y extranjero", no tuvo en cuenta esta vez las normas establecidas, y determinó que Fernando gobernara el reino castellano si Juana no podía por ausencia o incapacidad, hasta que su nieto Carlos estuviese en condiciones de reinar. No era ésta, desde luego, la mejor solución, pero éstos fueron los presupuestos con los que se abrió el crítico período que siguió a su muerte, el denominado "de las regencias".
La postura de Fernando era, en realidad, bastante incómoda, sobre todo sabiendo que Felipe no estaba dispuesto a renunciar a lo que le correspondía en derecho. Todo lo construído en vida de Isabel amenazaba con derrumbarse como un castillo de naipes. Es un hecho que en la Historia de España los pleitos sucesorios siempre se han resuelto mediante sangrientas guerras civiles. Y así ocurrió en el caso que ahora analizamos, que desembocaría en las guerras de las Comunidades y en la de las Germanías. Dos siglos después, la crisis planteada a la muerte de Carlos II terminaría en la Guerra de Sucesión, y todavía en el siglo XIX la confusión sucesoria que deja como legado Fernando VII se refleja, por un mecanismo desintegrador semejante, en las interminables y sangrientas Guerras Carlistas.

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