24 may. 2015

¡OH DESDICHADA CASTILLA... NO SABRÁS HACIA DÓNDE VOLVERTE! (II)

Aparte de los disgustos que proporcionó a los Reyes Católicos el estado de Juana, ya hacía tiempo que Felipe el Hermoso venía creando serios problemas con su conducta. Apenas murió el príncipe Juan, Felipe y Juana se arrogaron el título de herederos de las coronas de España, aunque todavía vivía la primogénita Isabel. Cuando la muerte de esta princesa hizo recaer sobre Juana todos los derechos, la conducta de Felipe hizo presagiar las más funestas consecuencias. Felipe poseía el condado de Flandes, estado feudatario de Francia. Era dueño también del ducado de Borgoña, al que su padre Maximiliano había tenido que renunciar en favor de Felipe. Flamencos y borgoñones se inclinaban preferentemente a la alianza con Francia, de modo que Felipe se vio enfrentado a su propio padre Maximiliano y a su suegro Fernando, por cuanto su política cuarteaba uno de los flancos del cerco montado por estos en torno a Francia.
En 1502, Juana y Felipe vienen a España para ser jurados herederos por las Cortes. Tanto el viaje de venida como el de regreso lo hizo Felipe a través de Francia, y en ambas ocasiones estrechó más y más sus relaciones con Luis XII de Francia. Así, en septiembre de 1504 concluyeron ambos el Tratado de Blois (al que también se adhirió Maximiliano). Por él, Luis XII compró al inconstante Maximiliano la investidura del ducado de Milán y puso a Fernando el Católico en la alternativa de verse solo frente a todos o perder el reino de Nápoles.
Fernando, sin embargo, no era hombre fácil de acorralar. De momento trató de mantener las mejores relaciones con Felipe, para desconcertar al rey de Francia. Inmediatamente reunió en Toro a las Cortes de Castilla. Juana fue jurada reina por los diputados del reino, pero además Fernando pretendía que las Cortes le reconociesen gobernador de Castilla. Para ello hizo que se leyese a los diputados el testamento de Isabel y un informe detallado sobre la salud mental de Juana. Las Cortes, animadas simultáneamente por la promulgación de unas ventajosas leyes sobre derechos sucesorios, aceptaron gustosamente la propuesta de Fernando. Una vez respaldado por las Cortes, Fernando comunicó a Felipe su propósito: dado que Juana no estaba en condiciones de reinar, él (Fernando) gobernaría Castilla. Su nieto Carlos debería venir a España para ser educado por su abuelo y cuando cumpliese los veinte años, Fernando podría entregar unos reinos unidos y fuertes a un rey que ya no podría considerarse extranjero en el país.
Sin embargo, no todos los castellanos eran de la misma opinión que su gobernador. Los nobles de Castilla, a pesar de las apariencias, no habían perdido bajo los Reyes Católicos su enorme poder económico. Ahora trataban también de recuperar su influencia política, librándose del autoritarismo de Fernando. Es por ello que acudieron a Felipe, esperando que el nuevo rey les devolviese sus privilegios. Las ciudades, por su parte, temiendo que Felipe favoreciese a la nobleza con perjuicio para ellas, preferían apoyar la política de Fernando, quien les garantizaba la continuación de un régimen que se había revelado claramente favorable a sus intereses. Los respectivos campos no tardaron en clarificarse. Estaban tomando cuerpo los dos partidos que terminarían enfrentándose aos después en la Guerra de las Comunidades.
El partido de la nobleza tenía por líder a don Juan Manuel, señor de Belmonte, antiguo embajador de los Reyes Católicos en Alemania, que ahora se encontraba en la corte de Flandes, perfectamente identificado con la camarilla de consejeros que rodeaban a Felipe: Filiberto de Veyre, a quien apodaban "La Mosca", Filiberto Naturelli (presboste de Utrech), Carlos de Poupet (Señor de Lachaulx) y don Diego Ramírez de Guzmán (obispo de Catania). El primero de ellos, De Veyre, fue enviado a Castilla en busca de adhesiones. Traía consigo cartas de Felipe, dirigidas a la nobleza, al clero, las ciudades y los principales burócratas del reino. Reduciendo la larga lista de los personajes que tomaron partido por Felipe, mencionaremos entre ellos a los más destacados. Don Pedro Manrique de Lara, duque de Nájera, era uno de los más comprometidos. Ya en las Cortes de Toro se había atrevido a levantar la voz contra Fernando. El duque de Medina-Sidonia, resentido desde que Isabel le había quitado la villa de Gibraltar para agregarla a la Corona; el marqués de Villena, don Diego López Pacheco, a quien los reyes habían quitado el señorío de Almansa y Villena; el duque de Béjar, que aspiraba a recuperar el de Plasencia; don Álvaro de Pimentel, conde de Benavente, que ambicionaba el señorío de La Coruña. La defección de algunos de estos nobles era mucho más inquietante por cuanto que sus posesiones eran fronterizas de Portugal o de Francia.
Pero la adhesión de los nobles a Felipe no carecía de contrapartida. La lectura de las peticiones que los nobles le hicieron no puede hacerse sin advertir el mismo tono de las que antaño se habían hecho a Juan II o a Enrique IV. En algunas se encuntran, incluso, bochornosas pruebas de la cicatería de la que hicieron gala los más encopetados señores. Nada menos que el almirante de Castilla llegaba a pedir a Felipe que le concediese los bienes confiscados por la Inquisición a un vecino suyo. Y no es muy diferente la sensación que se experimenta leyendo las condescendientes respuestas de Felipe a aquellos pedigüeños chantajistas: "... nos hallaréis dispuestos con buena voluntad...", "...espero en Dios remunerarlo muy bien...", "... no vos hallaréis engañado conmigo...".

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