3 may. 2015

EL PROBLEMA DE LOS MORISCOS (I)

La rendición de Granada incorporó súbitamente a la Corona de Castilla una población musulmana evaluada en unos 500.000 habitantes. Dentro del conjunto demográfico del país, esta minoría representaba un 5% del total, cantidad muy digna de ser tenida en cuenta por las peculiaridades que en ella concurrían.
La trayectoria política de los monarcas tendía no sólo a la unificación de los hombres y las tierras bajo la autoridad real, sino también a la uniformidad religiosa de la población. No era otra cosa lo que postulaba la concepción que tenían del Estado los hombres del Renacimiento. Ahora bien, mientras que estas ideas no habían tardado en traducirse a la práctica, las referentes al respeto debido al individuo, hijas también del Renacimiento, no habían seguido un desarrollo semenjante. Frecuentemente los gobernantes prescindían de ellas y no dudaban en atropellarlas cuando trataban de conseguir sus objetivos políticos.
Taal era el sentido mismo del lma elegido por Fernando el Católico como suprema norma política, divisa que, como es sabiro, podía parafrasearse del siguiente modo: "Con tal de conseguir mi objetivo, lo mismo da (tanto monta) elegir este o el otro medio". La apicación de este criterio a la población judía había permitido resolver el conflicto por el sencillo procedimiento de expulsar a los que se consideraba sus causantes. Desde el punto de vista de la legalidad, los reyes no habían quebrantado la letra del derecho; les había bastado con suspender el régimen provisional de tolerancia y aplicar rigurosamente los principios básicos de la sociedad cristiana medieval.
El caso de los musulmanes incorporados a la Corona de Castilla en 1492, por el contrario, no podía ser resuelto del mismo modo, pues su situación en el nuevo régimen había quedado claramente definida en el texto de las capitulaciones que precedieron a la rendición. Según éstas, los vencedores se comprometían a respetar las vidas y haciendas de los vencidos, sus instituciones religiosas y sus leyes, así como las instituciones encargadas de la educación religiosa y general de los niños y los jóvenes, que permanecía en manos de sus doctores y alfaquíes. Se les eximía también de pagar impuestos durante los tres años siguientes a la rendición.
La familia real, además, segun constaba en las cláusulas secretas de la capitulación, recibiría un amplio territorio en régimen de señorío y una prima de 30.000 castellanos de oro, a percibir el mismo día de la entrega de la capital del reino.
Así pues, se reconocía a los musulmanes una libertad religiosa que jamás se había reconocido a los judíos y de la que ni siquiera disfrutaban los bautizados, a quienes la Inquisición se encargaba de mantener celosamente dentro del redil de la Iglesia. El deseo de poner término a la prolongada lucha llevó a los reyes a aceptar unas condiciones de privilegio para la comunidad musulmana que, a la larga, constituirían un obstáculo para su completa asimilación en el cuerpo estatal al que ahora se integraban. Había que lograr la asimilación, respetando, al menos, la letra de los pactos firmados.
Por otra parte, la seguridad militar del reino no quedaba garantizada por la simple ocupación del territorio granadino. La presencia musulmana en el norte de África constituía una amenaza que se materializaba en los frecuentes ataques de los piratas berberiscos a la costa peninsular. En estas razzias, frecuentemente estaban complicados los musulmanes granadinos; cabía esperar, incuso, que les apoyasen en caso de una eventual invasión. Los contactos de la población morisca con las potencias islámicas constituían otro motivo de peligro, como, por ejemplo, las peticiones de ayuda de los moriscos al soldán de Egipto. Así pues, la conquista militar exigía la realización de un plan escalonado que comprendía como objetivo inmediato la erección de una red de fortificaciones y atalayas que vigilarían la costa, en combinación con una escuadra permanente. En segundo lugar, era necesaria la eliminación o absorción de la minoría musulmana que, concretamente en Granada, era inmensa mayoría. A largo plazo, en fin, sería necesario llevar la guerra a las tierras africanas por lo menos para limpiar sus costas de piratas.

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