20 abr. 2015

LOS OTROS VIAJES DE COLÓN (III)

Cuando los reyes tuvieron noticia de lo ocurrido escribieron inmediatamente a Colón, lamentando la forma en que se le había tratado, pidiéndole que se presentara en la corte y enviándole dinero para costear su viaje. Al mismo tiempo destituían a Bobadilla y enviaban, en su lugar, a don Nicolás de Ovando, caballero de la orden de Alcántara. Los derechos de Colón fueron confirmados íntegramente y se encargó al nuevo gobernador que los cobrase en su nombre. La flota en que iba Ovando constaba de 32 naves y llevaba unos 2.500 hombres. Salió de Sanlúcar de Barrameda rumbo a La Española el 13 de febrero de 1502.
Colón, después de todo lo que había sufrido, se dejó arrebatar por un ardiente misticismo. Veía en sí mismo al hombre providencial que había sido llamado, como su propio nombre indica, a llevar a Cristo a los hombres que no le conocían al otro lado del océano. Ahora, se exaltó pensando en llevarlo tambiénn a tierras mahometanas, mediante una cruzada militar que conquistaría Jerusalén y los Santos Lugares y que costearía con las rentas de nuevas expediciones. Obcecado en su idea y estimulado por la reciente noticia de que los portugueses acababan de llegar a la verdadera India, movió todos los resortes de su influencia hasta conseguir poner en marcha una cuarta expedición. Los reyes la autorizaron, pero, temiendo que su presencia en las tierras ya descubiertas provocara nuevos alborotos, le prohibieron entrar en los puertos que él mismo había fundado.
El 11 de mayo de 1502 partió de Cádiz con cuatro carabelas. Colón pensaba navegar hacia el oeste, hasta las costas del actual Panamá, esperando hallar un paso que le llevara a las Indias verdaderas. Al mismo tiempo pensaba localizaar la tierra del oro que, según los indígenas, debía estar por aquellos parajes.
Entre las muchas dificultades que se opusieron a su avance: indios hostiles, tormentas, etc..., que le hicieron perder dos de sus naves, la definitiva se presentó cuando, a causa de un viento huracanado, las dos naves restantes chocaron entre sí y se averiaron hasta tal punto que no hubo más remedio que encallarlas derca de la costa de Jamaica.
Uno de los compañeros de Colón, Diego Méndez Segura, se adentró en la isla con otros tres hombres, hizo amistad con los caciques y consiguió de ellos alimentos e incluso que le facilitaran dos canoas y algunos remeros. Con tan pobres medios, tuvo la ocurrencia de realizar una hazaña increíble: navegar hasta La Española en busca de ayuda.
Entretanto, los que quedaron con Colón se insubordinaron. Muchos de ellos se dispersaron por la isla, quedándose a vivir entre los indígenas. Al año siguiente regresó por fin Méndez con un par de barcos y recogió a Colón y a los que quedaban con él. Desde allí, el almirante, minado por la enfermedad, regresó a España, desembarcando en Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.
A las múltiples pesadumbres que le oprimían se añadió la que le produjo la noticia de la enfermedad y muerte de su protectora, la reina Isabel (26 de noviembre de 1504).
Colón, enfermo de gota, no pudo llegar a la corte hasta el mes de mayo de 1505. El rey Fernando lo recibió en Salamanca. Aunque recelaban el uno del otro, la actitud de Fernando no era desfavorable a Colón. No obstante, le fue imposible acceder a sus demandas, ya que, tras la muerte de Isabel, él no podía tomar decisiones que pudieran molestar a los herederos de la Corona de Castilla, de la que las Indias dependían, pues éstos eran su hija Juana y su yerno Felipe I el Hermoso. De éste dependía ahora el satisfacer o no sus reivindicaciones.
Mediante su hermano Bartolomé, Colón envió a Felipe una larga carta, en la que expresaba sus esperanzas de que le reconociesen los honores y rentas que se le habían prometido en las Capitulaciones de Santa Fe. Mientras llegaba la respuesta, Colón quedó en Valladolid, enfermo y amargado, sí, pero en ningún modo pobre, como lo ha pintado la leyenda. Poseía cuantiosas rentas que, si bien no siempre le llegaban con puntualidad, sin embargo le permitían gozar de los más amplios créditos.
El 19 de mayo de 1506 hizo testamento, y el 21 expiró. Sus restos, depositados primeramente en San Francisco de Valladolid, fueron trasladados de un sepulcro a otro. Estuvo en La Española. Luego en Cuba. Cuando se declaró la independencia de la isla, sus restos fueron repatriados a España y depositados en la catedral de Sevilla.

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En 1507, un cartógrafo leonés llamado Martín Waldseemüller, publicó una Introducción a la Cosmografía en la que, entre otros mapas, incluía uno con las tierras que Cristóbal Colón había descubierto. Un nombre, hasta entonces no utilizado para estas regiones, aparecía sobre el mapa: América. Hay quien cree que lo tomó de la palabra indígena "americ", con que se conocía la región de Nicaragua. Otros piensan que se refería a Américo Vespucio, navegante y cartógrafo italiano que había servido a las órdenes de la Corona de Castilla y había publicado un relato de sus viajes. El hecho es que éste de América fue el nombre que prevaleció para denominar aquel "Nuevo Mundo" que sólo era nuevo para los Europeos, que pretendían haberlo descubierto como si nunca antes hubiera estado allí para sus propios habitantes.

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