24 abr. 2015

LA CUESTIÓN JUDÍA (IV)

Los judíos, por su parte, estaban obligados a pagar un impuesto llamado repartimiento; los judíos ricos de cada aljama entregaban el total del tributo a los recaudadores y luego cobraban a cada uno de sus correligionarios el tanto correspondiente, cargando un interés a cada uno por el adelanto. También pagaban los impuestos generales de alcabalas, portazgos, etc...; los que gozaban de más de 30.000 maravedís de renta debían contribuir en tiempo de guerra menteniendo un caballo y un hombre de armas; durante la guerra de Granada se les obligó a pagar un pecho o impuesto especial a la Corona, semejante al que pesó sobre la población cristiana.
A lo largo de todo el siglo XV se va apretando el cerco en torno a los judíos y conversos en Castilla y Aragón, si bien no todas las medidas tomadas se aplicaron con rigor, debido no a la benevolencia, sino a la ineficacia del poder ejecutivo. En 1465 se dan órdenes para que los judíos lleven en lugar bien visible "señales de paño colorado en los pechos, cerca de los ombros, e no las puedan cubrir". Esta señal "consistía en una rodela bermeja de seis piernas del tamaño de un sello dorado", es decir, la conocida como Estrella de David. Al mismo tiempo les estaba prohibido "traer jubones de seda e sayos ribeteados de terciopelo, e capuces ribeteados y cairelados, e calzas grana, e cintos de filo de oro e de plata labrados... e sortijas de plata e de oro".
Se les prohibe el acceso a todo cargo público, honorífico, administrativo o judicial; se les impide cobrar bienes raíces (dado que los capitales judíos se orientaban en este tiempo, dada la inestabilidad civil, hacia bienes inmuebles).
En 1476 las Cortes de Castilla, reunidas en Madrigal por iniciativa de Isabel y Fernando, confirman algunos de estos extremos y reglamentan los préstamos para impedir la usura, que se extendía al socaire de la guerra civil. La creación del Santo Oficio de la Inquisición en 1478 supone un paso decisivo en la represión de los conversos que judaizaban, es decir, que volvían a las prácticas judías después de haberse bautizado. A los judíos no les quedaba otra alternativa que la de resignarse al cerco, cada vez más estrecho, a que se les sometía, o convertirse, en cuyo caso les era difícil escapar al suspicaz olfato de la Inquisición. De hecho muchos judíos se resistieron a convertirse precisamente por el miedo que la Inquisición les inspiraba.

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