2 mar. 2015

LA PRINCESA ISABEL DE CASTILLA

La única salida para la oligarquía nobiliaria consistió en ofrecer la corona a la infanta Isabel, hermana de Enrique IV. Sin embargo, la propuesta fue rechazada, por cuanto no quería verse convertida en juguete de las ambiciones de los magnates castellanos. Sin salirse de la más estricta legalidad -reconocimiento de Enrique como soberano legítimo-, Isabel reconocía la ilegitimidad de Juana, con lo que implícitamente ella habría de convertirse en heredera al trono.
La concordia había de imponerse entre los dos bandos. Fue el acuerdo de los Toros de Guisando de septiembre de 1468. Isabel era reconocida como heredera. Aunque la bastardía de Juana no era reconocida oficialmente, Enrique IV aceptaba la ilegitimidad de su segundo matrimonio. Quedaba aún por dilucidar quién habría de ser el marido de la nueva princesa de Asturias. Carrillo se inclinaba por el heredero aragonés (Fernando), mientras que el de Villena era partidario de Alfonso V de Portugal.
Juan Pacheco confió demasiado en sus posibilidades y, por el contrario, descuidó la amistad con los Mendoza, que se encontraban de momento a la expectativa. Al final optarán por el reconocimiento de Isabel, de la que se constituirán en aliados incondicionales. La princesa de Asturias empezó a mostrar una energía insospechada al desligar sus intereses (los de la realeza) de los de la oligarquía nobiliaria. Un nuevo proyecto de matrimonio con el duque de Guyena, hermano de Luis XI, forzó a los aragonesistas a acelerar el matrimonio de Isabel con Fernando.
Pocos linajes en Castilla eran incondicionales de esta unión (salvo Manriques y Enríquez, parientes cercanos del futuro rey), por cuanto con el heredero de Juan II parecía revivir el recuerdo de las turbulencias provocadas en Castilla por los infantes de Aragón. El 18 de octubre de 1469 se celebraba el matrimonio casi en secreto y sin el permiso pontificio necesario, dada la cercanía de parentesco de los contrayentes. Era el fin de la Concordia de los Toros de Guisando, en la que se había estipulado la necesidad del permiso de Enrique IV para el casamiento de su hermana.
El monarca castellano se consideró desligado de todo compromiso. Juan Pacheco vio en la ruptura con los aragonesistas la ocasión de favorecer a Juana la Beltraneja. En julio de 1470, una embajada francesa llegó a Segovia ofreciendo para la princesa la unión con el duque de Guyena. Supondría la vuelta a la alianza con Francia y el aislamiento de Aragón. La concordia de los nobles, vueltos ahora hacia Juana, era, por otra parte, una clara toma de conciencia de que con Isabel en el trono triunfaría el principio de autoridad monárquica. De ahí los múltiples virajes que los distintos linajes den en los años finales del reinado de Enrique IV. De ahí también que en 1470 la postura de Fernando e Isabel tocara uno de sus puntos más bajos y no contasen más que con el apoyo de los señoríos del almirante.
El problema sucesorio absorbe las energías políticas de una manera casi total. El reconocimiento de la legitimidad de Juana supuso para Enrique IV una pesada hipoteca. La anarquía en estos momentos es casi total en su reino. Se traduce en hechos harto sintomáticos: división del reino en banderías, desvalorización de la moneda, virulencia creciente en los sentimientos antisemitas, extensión de sus dominios por parte de los principales clanes nobiliarios, al calor del vacío de poder.
Juan Pacheco experimentó una baja en su prestigio cuando la alianza francesa (realizada por la vía matrimonial) pareció esfumarse. En su defecto se optó por un acercamiento a Alfonso V de Portugal, viudo a la sazón. Pero de la entrevista del monarca lusitano con Enrique IV no se obtuvo de momento provecho alguno. A falta de alianzas con potencias exteriores, al marqués de Villena no le quedaba otra alternativa que la reconstrucción de la liga, partiendo de las sólidas bases de los Estúñigas, Pimenteles y el marqués de Cádiz. Sin embargo, el paso definitivo de los Mendoza al campo isabelino equilibró rápidamente la balanza. El reconocimiento de la legitimidad del matrimonio de los infantes (bula pontificia de 1471) reforzó aún más su prestigio.
Juan Pacheco parecía ser así el mayor obstáculo para una política de concordia, por cuanto sólo era su medro personal lo que había guiado sus pasos. En diciembre de 1473, Enrique IV e Isabel tuvieron una entrevista que, por más que fuese cordial, no supuso la resolución del espinoso problema de la sucesión. Esta confusión explica los diversos reajustes que de forma galopante se van produciendo entre los dos bandos en pugna. En líneas generales, los Mendoza polarizan una posición ecléctica: fidelidad a Enrique IV, pero reconocimiento a ultranza de Isabel como heredera. Del otro lado, Pacheco hacía enormes esfuerzos por reconstruir su partido: los Estúñiga constituían una de las bases más firmes, y a ella vino a sumarse el arzobispo Carrillo, hasta entonces uno de los principales valedores de la unión con Aragón.
El 4 de octubre de 1474 moría Juan Pacheco, marqués de Villena, dejando una pesada herencia. Sólo sería superada por la que dejaba el 12 de diciembre del mismo año Enrique IV al bajar al sepulcro sin decidirse a afrontar de forma tajante el problema de su sucesión. Una guerra civil en puertas era lo que parecía constituir la más triste realidad de su herencia.

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