3 mar. 2015

JUAN II DE ARAGÓN Y LA REVOLUCIÓN CATALANA

El estallido revolucionario que desde 1460 va a sacudir al principado es un fenómeno de primer orden. Puede ser tomado como episodio clave que cierra toda una época de la evolución histórica de la Corona aragonesa. Supone el enfrentamiento de los dos grupos privilegiados del principado: grandes barones y oligarquía burguesa de la ciudades, defensores de la libertad política (pactismo) y del conservadurismo social contra el autoritarismo de Juan II, que se verá apoyado en sus esfuerzos por los sectores menos favorecidos de la población: el campesinado remensa y los grupos gremiales más desheredados de las ciudades, patrocinadores de una auténtica revolución social.
Dos formas distintas de entenderse la "revolución" van a chocar así. La autoridad monárquica, en última instancia, y tras ímprobos esfuerzos, va a conseguir imponerse.
Las raíces del fenomeno hay que identificarlas forzosamente con la crisis que Cataluña va experimentando desde mediados del siglo XIV. Juan II encontró al ascender al trono aragonés (1458) una situación realmente insostenible, que queda marcada por toda una serie de síntomas.
Por un lado tenemos una crisis demográfica provocada por las epidemias cíclicas que, desde mediados del siglo anterior, azotan el país y a los que se suman los derivados de las repoblaciones de Valencia y Baleares, las campañas en el Mediterráneo (particularmente la inacabable guerra de Cerdeña) y demás...
Tenemos además el declive económico derivado no sólo de la crisis demográfica y de las acciones bélicas, sino de su repercusión directa y negativa sobre la actividad mercantil catalana. En este sentido cabe mencionar la cada vez más agobiante presión de los turcos en la Europa suroriental, la presencia de marinos vascos en el Mediterráneo y la omnipresente competencia genovesa.
Las fluctuaciones de la moneda y la quiebra de las finanzas constituyen otro buen instrumento para valorar la crisis. El florín experimenta una progresiva devaluación que arrastra a la banca catalana a una estrepitosa quiebra. En 1406 se hunde la banca de los Gualbes, que había constituído uno de los puntales de la economía barcelonesa. Ello dio lugar a que las finanzas reales abriesen decisivamente sus puertas a los banqueros italianos, proceso éste que ya se había iniciado bajo los últimos monarcas del "Casal de Barcelona", Juan I y Martín el Humano. El establecimiento de la "Taula de Canvis" no supuso remedio aguno.
El movimiento de remensa merece una mención aparte entre las causas de la crisis. Los años finales del siglo XIV y los iniciales del XV conocen una reacción por parte del elemento señorial, reflejada a través de la agudización en sus reivindicaciones sobre sus tradicionales derechos feudales. En los años previos a la partida definitiva de Alfonso V de territorio catalán, los señores arreciaron en su ofensiva. El monarca, por la constitución de Conmemorants, les permitió disponer de aquellas tierras que hubiesen sido abandonadas por payeses de remensa y masaderos. Desde este momento se puede hablar de un auténtico "problema agrario" en tierras catalanas. Desde 1445, el movimiento sindical de los remensas adquiere grandes magnitudes, aunque de momento dentro de una línea de moderación. Esta actitud contrastó vivamente con la de los campesinos mallorquines (los forenses), que, a merced de los propietarios de la ciudad, se vieron arrastrados a una revuelta de considerables proporciones en la que llegaron a asediar Palma de Mallorca. Entre 1451 y 1453, las fuerzas reale procedieron a una sistemática represión del levantamiento.
Alfonso V, que no había tenido ningún escrúpulo en ordenar el aplastamiento de los campesinos baleares, vio, por el contrario, con cierta simpatía el movimiento remensa, que poía constituir un contrapeso frente a la oligarquía del principado. Algunas disposiciones dadas en los últimos meses de 1455 declararon al remensa en posesión de la libertad que reclamaba y asestaban un duro golpe a las viejas prestaciones y malos usos. Frente a estas medidas, las Cortes de 1456 mostraron a nobles y eclesiásticos en un frente unido por las reticencias frente a las votaciones de subsidios. La oposición oligárquico-pactista irá arrojando a los payeses al campo de la franca subversión social. Las cuadrillas paramilitares de sacramentales, organizadas por los agentes reales para la represión del bandolerismo, serán aprovechadas por los remensas para preparar su revuelta armada contra los señores.
Por último cabría mencionar la crisis institucional de las oligarquías urbanas. Desde finales del siglo XIV, y más aún a lo largo de la siguiente centuria, el sistema constitucional catalán va quebrando irremediablemente. El primer síntoma de ello se debió a la incapacidad de Cataluña para imponer un criterio propio en el Compromiso de Caspe. Este fallo se pudo salvar por la aceptación de la teoría pactista por parte de los Trastámara aragoneses, que admitían la coexistencia entre el gobierno del monarca y el de la Diputación General. Pero el pactismo tenía sus fallos, el más importante de los cuales se basaba en las distintas interpretaciones que sobre él había. En efecto, si para los jurisconsultos el pacto había de ser en beneficio de toda la comunidad, para la oligarquía constituía sólo un instrumento encaminado a la defensa de unas instituciones que garantizaban su prepotencia social y política. De ahí que lo Trastámara pudieran presentarse en su momento como los árbitros de las apasionadas disputas que desgarraban el territorio del principado.
La edad de oro del patriciado catalán entra en crisis en el siglo XIV. La peste negra y la coyuntura alcista de 1380 habían producido el enquistamiento de esta clase y su enriquecimiento, lo que, si bien le ponía al abrigo de futuras crisis económicas, provocaría también la animadversión del pueblo.
Desde mediados del siglo XIV, los monarcas aragoneses hicieron algunos intentos por organizar la vida de los municipios en un sentido más abierto (el regiment universal), con la participación de todos los grupos sociales. La mejor expresión de ello habrá de estar constituída por el establecimiento en algunas ciudades del sistema de insaculación, mediante el cual los nombres de los ciudadanos de distintas categorías eran sacados a suerte de un saquillo, para incorporarse a los cargos públicos. Era una forma de romper el monopolio que el patriciado urbano había mantenido hasta entonces. Játiva será (e 1427) la primera ciudad que se rija por este procedimiento, que, poco a poco, será imitado por otros municipios.
En Barcelona, la oligarquía pactista integró un grupo (la biga) en el que se encuadraban capitalistas, rentistas, banqueros y propietarios, detentadores de los más importantes cargos. Frente a ellos se formó otro partido (la busca), que, en su origen, no fue un partido popular en el sentido estricto dela palabra, sino que estaba integrado por un grupo de ciudadanos vinculados a los mercados de exportación y a la industria textil. Sin embargo, desde 1455 se fue convirtiendo en un partido de masa, adoptando una política de sindicalismo gremial que agrupó al mundo del trabajo urbano en el "Sindicato de los Tres Estamentos". El movimiento sindical de la busca, a partir del declive económico de mediados del cuatrocientos, se va radicalizando. Su lucha llegará a adquirir en algunos momentos incluso tintes religiosos y casi místicos (de ahí su éxito popular). Los ataques contra la biga se basarán en acusaciones de corrupción administrativa, ruina de las finanzas municipales y prevaricaciones varias de los altos cargos.
En 1452 los buscarios obtienen un importante éxito al ver reconocido su sindicato. Al año siguiente el gobernador Galcerán de Requesens suspendió las elecciones de consellers y dio el poder a los buscarios moderados. Inmediatamente el partido se escindirá y surgirá de él una rama muy radicalizada. En 1456 la tensión llegó a un alto grado, ya que si la busca dominaba el municipio, la biga controlaba la Diputación. Ante el miedo a un colapso económico e institucional de grandes magnitudes, los elementos moderados de ambos partidos llegaron al acuerdo de nombrar síndicos que representasen a la ciudad en las Cortes convocadas por Juan II en Lérida en 1460. En ese momento, Carlos de Viana había sido hecho prisionero por su padre y, a partir de ahí, el Consell del Principat de Catalunya se dispondrá a la lucha, tanto para combatir el autoritarismo del monarca aragonés como para defender los intereses tradicionales de la oligarquía urbana.

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