30 mar. 2015

1492, UN AÑO ADMIRABLE (II)

La toma de la capital del Imperio romano de Oriente había convertido a las "hordas turcas" en el gran Imperio turco, que amenazaba directamente al Occidente cristiano. La presencia turca en el Mediterráneo oriental constituía una seria amenaza para todoslospaíses ribereños, en especial para España. Un eventual avance turco hacia Occidente, a través de las costas africanas,podía poner en peligro la seguridad del sudeste español y as recién conquistadas tierras de Granada. Pero, aun en el caso de que tal movimiento no se llevase a cabo, no por eso se conjuraba la amenaza que pesaba sobre los intereses que Aragón mantenía en el Mediterráneo desde hacía varios siglos y, concretamente, los que le ligaban a Cerdeña, Nápoles y Sicilia.
España necesitaba asegurar contra los turcos el Mediterráneo occidental. Para ello había que controlar los pasos marítimos entre Túnez, Sicilia e Itallia. Para reforzar los flancos de este sistema, España llevará a cabo una política de cara al Áfria y otra, complementaria, de cara a Itallia en competencia con Francia, una competencia que le provocaría la reorientación de la política castellana a aimitación de la mantenida tradicionalmente por Aragón, que se traducirá en la creación, en torno a Francia, de un fuerte cinturón de alianzas capaces de frenar el expansionismo de la nación vecina. A cada uno de estos aspectos iremos dedicando nuestra atención sucesivamente.
Pero insistimos en la importancia del año 1492. El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Frías; el adelantado de Andalucía, don Pedro Enríquezz,; los recién reconciliados enemigos doon Enrique de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, y don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz.... todos ellos murieron en 1492, así como don Beltrán de la Cueva, único de entre todos ellos que, a juicio de un anónimo cronista, mereció ser calificado de "buen caballero"
También en aquel mismo año desaparecieron otras grandes figuras del mundo cristiano. El papa Inocencio VIII, después de ocho años de enfermedad, moría el 25 de julio, tras aconsejar a los cardenales que eligieran un sucesor más digno que él. El sacro colegio, atendiendo a "razones respetabilísimas de oportunidad política" y a sus cualidades de estadista y méritos personales, designó paraocupar la cátedra de Pedro a Rodrigo de Borja, que reinaría con el nombre de Alejandro VI. El espíritu mundano, presente en la corte pontificia desde los tiempos de Sixto VI, triunfaba plenamente en la Ciudad Eterna con el Papa que acababa de ser elegido.
Casi al mismo tiempo, en Florecia moría Lorenzo de Medici, el Magnífico, mecenas de tantos artistas y literatos y mantenedor de una política de equilibrio entre los estados italianos que hizo posible la defensa de la barrera centro-mediterránea frente al peligro turco. Mientras agonizaba en su lecho de muerte, fray Jerónimo Savonarola, desde los púlpitos de la ciudad, tronaba amenazas celestiales y profecías catastróficas. La muerte e Lorenzo significaba para él el principio del fin; sus vaticinios comenzzaban a hacerse realidad.
La muerte rondó también a Fernando de Aragón. El 7 de diciembre de 1492, cuando Fernando, que se hallaba por aquellos días en Barcelona, acudía a celebrar la audiencia pública a que las antiguas tradiciones le obligaban mientras estuviese en la ciudad, y un hombre se abalanzó sobre él y le asestó un formidable tajo entre el cuello y el hombro. De milagro no le cercenó la cabeza, gracias a la gruesa cadena de oro que el rey siempre llevaba puesta y que hizo marrar el golpe. Pero la herida que le produjo lo tuvo varios días entre la vida y la muerte, desahuciado de los médicos, hasta que su vigorosa naturaleza le permitió recuperarse. El criminal fue sometido a tortura para saber si tenía cómplices, pero, a la postre, se pudo averiguar que solamente se trataba de un pobre loco, alucinado cn la idea de ser coronado él mismo si lograba dar muerte al rey. Se le condenó a morir descuartizado, pero a reina Isabel, pensando que el dolor podía inducirle a la desesperación y a la condenación eterna de su alma, consiguió que se le diera una muerte menos cruel antes de hacerlo pedazos. La ejecución tuvo lugar el día 12 de aquel mismo mes. A Fernando nada se le dijo, para evitar que le perdonase la vida.
Es claro que, para los hombres que vivieron en él, el año 1492 estuvo cuajado de signos y presagios de que se acercaba una nueva época trascendental en la historia del mundo. Y hemos de reconocer que así fue, aun dejando a un lado los tintes apocalípticos y espectacuares con que entonces la imaginaron.

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