29 mar. 2015

1492, UN AÑO ADMIRABLE

No sólo en la Historia de las Españas, sino también en la de Europa entera, los años que se agrupan a una y otra vertiente de 1492 marcan el ámbito cronológico de una importantísima coyuntura histórica.
El descubrimiento de América, que tuvo lugar en este preciso año, ha sido considerado frecuentemente por los historiadores como el símbolo y el exponente máximo de los profundos y múltiples cambios que permiten considerar liquidado definitivamente el Medievo e iniciada una nueva edad en la historia de Occidente, a pesar de que su importancia no pudo apreciarse de inmediato.
La conquista de Granada no sólo significaba un paso decisivo en la unificación política de la Península Ibérica y la desparición del último baluarte islámico en su territorio. Para los hombres que vivieron aquel acontecimiento, toda la historia de los últimos siglos cobrara, a su luz, un nuevo sentido, el de haber sido un gigantesco esfuerzo por recuperar para la cristiandad unas tierras perdidas ocho siglos antes, esfuerzo al que ahora se ponía el esperado término.
Es evidente que el triunfo no podía considerarse completo mientras no se lograra, al mismo tiempo que la unidad política, la unidad religiosa del pueblo que había realizado tan ardua mision histórica. La unidad religiosa, no obstante, encontraba el más grave de los obstáculos en la existencia de una significativa y dinámica minoría de raza y religión judía, que no había sido asimilada aún -por los propios prejuicios cristianos, todo hay que decirlo. El año 1492 vendrá marcado también por las tajantes decisiones que se tomaron al respecto, destinadas todas ellas a eliminar o integrar por la fuerza el presunto foco de resistencia judío.
Paralelamente, la población musulmana planteaba un problema semejante. Si bien, por imperativos diplomáticos, se había incluido entre las capitulaciones para la rendición de Granada el respeto a la religión musulmana, y la conducta pastoral del primer arzobispo de GRanada había sido un modelo incomparable de tolerancia y respeto a la conciencia religiosa de los vencidos, los métodos de conversión violenta se impusieron poco tiempo después, provocando sangrientas rebeliones de la población morisca, que fueron reprimidas con no menor violencia. La cuestión judaica y la cuestión morisca, con sus complejas proyecciones, no sólo sobre el campo de la religión, sino también sobre el económico, sociológico y el político, suponen un importante tema de análisis.
Por otra parte, esta misma fecha marca otro importante hito en el alza del prestigio internacional de la monarquía hispánica. La base del mismo no fue, estrictamente, el descubrimiento de América, cuyos efectos sobre la evolución de la sociedad española y europea sólo se advertirán tiempo después. De moemnto, sólo se consideró un acontecimiento científico, sin grandes repercusiones inmediatas en la economía, ni en la política, ni siquiera en la vida del español medio. Fue, igualmente, la conquista de Granada la que elevó el prestigio español hasta tal grado que solamente así se explica el que, al año siguiente, se pudiera resolver por la vía diplomática el problema del irredentismo del Rosellón y la Cerdaña, que ya desde tiempo atrás enfrentaba a las coronas de Francia y Aragón.
El mundo islámico, sin embargo, no estaba, ni mucho menos, vencido. La toma de Granada había compensado, en cierto modo, la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453, y así lo habían entendido todos los príncipes cristianos, empezando por el Sumo Pontífice Inocencio VIII, cuyo vicecanciller, el español Rodrigo de Borja, hizo celebrar el hecho con misas de acción de gracias, procesiones solemnes, corridas de toros, y hasta con la conquista de un castillo de madera en cuya torre principal aparecía el nombre de Granada. Éstos y otros festejos abundaron en medio de una corriente de euforia social.

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