15 feb. 2015

LA BATALLA DE OLMEDO

El golpe de Rámaga iba a traer consecuencias decisiva. La monarquía castellana quedaba en estado de tutela. Sin embargo, lo que el infante don Juan no podía imaginar es que pudiera ser el punto de partida para una nueva guerra civil y una definitiva eliminación de su influencia en el panorama político castellano.
Los infantes con su golpe de fuerza habían destruído toda afición que les pudiera presentar como defensores de un orden jurídico determinado. La reacción no habia de dejarse esperar, y sería fulminante. Los focos de resistencia empezaron a surgir en distintos puntos: los Estúñiga, en Burgos; el príncipe Enrique, en Segovia; don Álvaro de Luna, en su reducto de Escalona... El equipo de consejeros del príncipe, con el de Pacheco a la cabeza, habría de ser el encargado de coordinar esfuerzos aunque llevando, en principio, un doble juego: aquél simuló entrar en contacto con la liga nobiliaria, a fin de ganar tiempo y adeptos. A comienzos de 1444, el grupo antiaragonés contaba ya con valiosos apoyos: el conde de Alba, Íñigo López de Mendoza, la promesa de ayuda del regente de Portugal y la de Carlos VII de Francia.
El infante don Enrique trató de tomar la iniciativa atacando Sevilla, en donde cosechó el primer fracaso. El conflicto acabó generalizándose a todo el reino. El príncipe heredero proclamó su alianza con el condestable y ordenó hostilizar a Navarra. Dado que Juan II era considerado como un prisionero de los infantes y sus parciales, su primogénito se encargaba de ejercer las funciones de gobierno.
Cuando el rey consiguió evadirse, el partido realista recibió un refuerzo psicológico de primer orden. De hecho, los infantes, al haberle tenido retenido, habían trabajado hacia su perdición, ya que la monarquía seguía conservando en Castilla una fuerza moral extraordinaria.
Juan de Navarra prefirió replegaarse amparándose en la retaguardia de su reino. Todas las fortalezas de los infantes en la cuenca del Duero cayeron en poco tiempo. Al infante don Juan no le quedaba más esperanza de rehacer sus fuerzas que una nueva intervención de Alonso V de Aragón. Éste, prudente, consideró que la vía del intervencionismo era sumamente peligrosa. Optó, por tanto, por la diplomacia. el infante don Juan hubo de aceptar la tregua que se le ofrecía.
Para volver a la legalidad era necesaria una nueva convocatoria de Cortes. Éstas se reunieron en Burgos. Un espíritu de restauración monárquia pareció rodearlas. Se pidió la suspensión del pago de mercedes a quienes no prestasen su juramento de fidelidad a la Corona, garantías para la percepción de impuestos y que los bienes que fueran confiscados a los infantes no lo fuesen a título de botín por la facción vencedora.
En febrero de 1445 terminron las treguas. El inante don Juan avanzó desde Navarra, dispuesto a unirse a su hermano don Enrique, que llegaba desde el sur. Los partidos empezaron a apretar sus filas y a definir sus programas. Los infantes solicitaron de su hermano Alfonso que interviniese para suplantar a Juan II. Del lado de éste, don Álvaro solicitó del regente de Portugal (una vez muerta la reina Leonor) refuerzos, argumentando que ambos luchaban por la misma causa: la defensa de la autoridad monárquica frente a la anarquía nobiliaria.
El ejército de los infantes se atrincheró en Olmedo. En él figuraban destacados miembros de la oligarquía castellana, entre ellos el conde de Castro, el de Benavente, el almirante de Castilla y Pedro Quiñones. Las fuerzas de Juan Ii se establecieron en las afueras de la plaza. Los momentos que precedieron al choque decisivo fueron rodeados de todo el aparato necesario para que la figura del monarca se consolidase como "expresión de la común unidad del reino". En el mismo campamento fueron convocados los procuradores de las ciudades que aprovecharon la coyuntura para conseguir de Juan II promesa formal de guardar en el futuro un mayor respeto hacia la autonomía municipal. A la larga esto no constituyó más que un arma de propaganda, de la que el rey y su valido echaron mano en un momento muy concreto.
Aun antes de liquidar los dos bandos el asunto por la vía de las armas, hubo algunos intentos de mediación en ambos campos. Sin embargo, para Juan II y su valido la ocasión -unánime fervor popular tras de la monarquía- no podía desperdiciarse. el 19 de mayo de 1445 tuvo lugar la batalla de Olmedo.
De hecho no pasó de constituir una simple escaramuza entre las fuerzas reales y las de los nobles, encabezados por los infantes don Enrique y don Juan de Navarra. Éstos sufrieron una derrota más aparatosa que sangrienta a manos de los parciales del rey y las milicias comunales. La mayor parte de los jefes del bando rebelde cayeron prisioneros o tuvieron que buscar la salvación en la huída. Entre éstos se encontraban los propios infantes. Don Enrique, herido en una mano y mal curado en la propia Olmedo, huyó hacia Aragón, muriendo al poco tiempo en Calatayud.
La Crónica de Juan II hace discretas referencias a este encuentro militar. Sin rodearle de aparato heroico, el autor reconoce que en algunos momentos ambos bandos pelearon tan valerosamente que la victoria estuvo muy dudosa. Testimonios de la época menos oficiales nos hablan, por el contrario, de la cobardía de los nobles que combatieron en ambos bandos. Nos referimos exactamente a las conocidas Coplas de ¡Ay panadera! Tras mofarse de forma cruel de los magnates castellanos en tal encuentro, concluye el autor expresando sus deseos de que la paz retorne definitivamente a Castilla.
Olmedo supone el hundimiento definitivo del partido de los "aragoneses" en Castilla. Para el condestable parecía llegada la hora de implantar un régimen monárquico radical, basado en su propio prestigio. La contradicción resultaba ya insuperable, y ella será la que contribuya de forma decisiva a su caída.

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