14 feb. 2015

CENIT DE LA POLÍTICA MONÁRQUICA (1437-1445) (III)

La campaña se inició de forma favorable para los infantes de Aragón. Don Álvaro, ocupados algunos de sus señoríos, se vio en la necesidad de replegarse a Escalona, su mejor fortaleza. Don Enrique, el heredero de la Corona, trató de hacer de mediaor, pero Juan II se opuso a pactar con los nobles. La ocasión fue aprovechada por el condestable para agrupar en torno a sí a todas aquellas fuerzas que abogaban sinceramente porque le fuesen devueltas al monarca sus prerrogativas. Los resultados positivos para éste no se hicieron esperar. Algunas victorias del condestable en el Tajo Medio y Extremadura equilibraron la balanza militar.
La unión de las fuerzas reales y del condestable permitieron reafimar estos éxitos en el Duero Medio, el principal foco de los rebeldes. Olmedo y Medina del Campo fueron ocupadas por Juan II. Tales éxitos sembraron la alarma entre los nobles y entre aquellos que ante don Álvaro adoptaban una postura de neutralidad. El rey de Navarra, el conde de Benavente y el almirnte procedieron a un reagrupamiento de sus fuerzas, a las que se unieron la reina María y el príncipe de Asturias. Olmedo fue recuperado por los coaligados, y en torno a la plaza se produjeron una serie de escaramuzas. Don Álvaro estaba dispuesto a presentar batalla a campo abierto tomando Medina del Campo como base de operaciones; pero su posición era totalmente equivocada. el lugar era el señorío de Juan de Navarra. Éste entró en él por sorpresa la noche del 28 de junio de 1441. A la desunión latente entre las fuerzas realistas, se unió la natural confusión provocada por el monarca navarro. Don Álvaro se vio precisado a huir, y Juan II a colocarse a disposición de la facción vencedora.
La victoria de la nobleza se había constituído sobre una base demasiado endeble. El programa que salió de la sentencia de Medina era demasiado vago y elemental. El primero de los objetivos a llevar a la práctica había de ser el destierro del enemigo común, el condestable, que había de retirarse a Riaza y de jar en prenda de su fidelidad una serie de castillos. Se intentó, en segundo término, una regulación del Consejo, que a la postre no pudo llevarse a efecto. Por último, los infantes de Aragón decidieron la expulsión de la Corte de todos aquellos personajes que considerasen no adictos a sus personas. La oligarquía nobiliaria castellana cada vez se daba más cuenta de que lo único que hacía era cambiar de amo, al compás de los vaivenes políticos. Una vez más la aristocracia castellana se veía impotente para establecer un sistema político sobre bases jurídicas firmes.
Habiendo accedido por fin al poder, la oligarquía se vio en la necesidad de acudir a las Cortes, mas aún cuando las dificultades financieras eran grandes. La inestabilidad producida en Castilla con motivo de la guerra civil permitió un cierto resurgir de la institución. Si se otorgaban fuertes subsidios, se exigía, como contrapartida, que se tomasen medidas contra la inflacción. Se discutieron otros problemas, como los derivados de una eventual intervención en Portugal y de la reorganización del Consejo. A este último respecto, sin embargo, nada se aclaró, ya que se continuó considerando esta institución como dependiente de la voluntad del rey.
Juan de Navarra era de hecho quien gobernaba en Castilla. Ello dio lugar a que los recelos aumentasen en el seno de la oligarquía castellana, movida por los mismos impulsos que le habían conducido a combatir al condestable.
El primer contratiempo hubieron de sufrirlo los infantes en relación con los acontecimientos de Portugal. Su política intervecionista encontró seria oposición en Catilla. En las Cortes de Valladolid de mayo a julio de 1442, los procuradores opusieron fuerte resistencia a la votación de subsidios. Incluso dentro del propio Consejo Real, algunos miembros de la oligarquía nobiliaria hicieron triunfar un criterio de no intervención en los asuntos lusitanos, a cambio de que el regente portugués se comprometiese a ofrecer en compensación a la reina Leonor una sustanciosa renta.
La coyuntura, al igual que en situaciones anteriores, era favorable al de Luna, que la aprovechó para sembrar la discordia y negociar en secreto, desde su destierro.

Hacia comienzos de 1443, el panorama político castellano se intrinca más aún. Nuevos personajes hacen su aparición. Uno de ellos, Juan Pacheco, futuro marqués de Villena, amigo del príncipe heredero, aspira a ocupar junto a éste un papel semejante al que don Álvaro desempeñaba junto al rey. La liga nobiliaria parece escindirse entonces de forma irremediable: Pacheco y el príncipe don Enrique de un lado; los infantes, del otro. Éstos, y en especial don Juan, jugaron con la amenaza de una reconciliación con del condestable. Se trataba, empero, de una simple maniobra para imponer sus criterios en dos cuestiones fundamentales: el arzobispado de Toledo y el maestrazgo de Calatrava, cuyos titulares habían fallecido en fecha reciente.
Los acontecimientos, a partir de ese momento, se van a desarrollar de una forma sumamente confusa. Juan de Navarra parece que aspiraba a buscar un reforzamiento de la liga, salvando las distancias que separaban a algunos de sus miembros. De ahí el proyecto de matrimonio con Juana Enríquez, hija del almirante de Castilla.
En julio de 1443 el monarca navarro se consideró lo bastante fuerte como para dar un auténtico golpe de Estado. Éste tuvo lugar en Rámaga, en donde consiguió arrancar del Consejo la orden de expulsión de todos los amigos del de Luna. Juan II se convertía, virtualmente, en prisionero de los infantes.

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