Sad, deseoso de librarse de la tutela abencerraje, ordenó la muerte de los principales cabecillas del partido. La reacción no se hizo esperar. Sad fue derribado y elevado al trono Yusuf V, quien al poco desapareció, ascendiendo al trono Abul-Hasan, hijo de Sad. Un hermano del nuevo emir, "el Zagal", tras un conato de rebelión, acabó por prestar acatamiento. Los abencerrajes fueron sistemáticamente perseguidos. En esta situación se encontraba el reino de Granada cuando los Reyes Católicos iban a proceder a su conquista.
Cabe hacer una apostilla sobre el tema de la frontera castellano-granadina y sus peculiaridades, pues ésta constituyó un factor de estímulo para el proceso de señorialización castellano-leonés. Pero hay también otros aspectos dignos de mención.
El primero de ellos concierne a la naturaleza de las treguas que periódicamente se suscriben entre los dos estados. Desde 1246 Granada se constituía en reino vasallo de la monarquía castellana, y había de entregar un tributo anual. No obstante, la percepción de éste dependía, las más de las veces, de la fuerza bélica de los reyes castellanos.
A fin de mantenerse las treguas, se crearon los instrumentos pertinentes. La institución más importante al repecto era el alcalde entre moros y cristianos, que desde Enrique II adquiere un valor creciente. Sus auxiliares eran los fieles del rastroi de cada concejo, encargados de seguir la pista a los infractores de las treguas. A su lado se encontraban los alfaquenques (llamados "exeas" en Aragón) encargados del trueque de cautivos.
La situación de relativa paz en la frontera permitió un tráfico relativamente intenso de mercancías. La represión del contrabando constituye una preocupación de primer orden tanto en el uno como en el otro lado. Desde el punto de vista de la organización defensiva, el Estado nazarí presenta una mayor cohesión que el castellano. La frontera en este lado sufría la intereferencia de múltiples instrumentos: los adelantamientos de Andalucía, Cazorla y Murcia, las plazas fuertes de las órdenes mililtares, los caudillos mayores de los distintos obispados, las milicias de los grandes concejos, cabezas de auténticas circunscripciones defensivas, e incluso los propios lugares de señorío. Algunos monarcas, como Enrique III y Juan II, patrocinaron la creación de otra fórmula: la de los fronteros a sueldo del monarca, a cuyo lado actuaban otras fuerzas más irregulares, como adalides, almogávares, enaciados, auténticos especialistas en la algarada y el pillaje en territorio enemigo más que en la batalla campal.
Sobre este amasijo de fuerzas habrán de actuar los Reyes Católicos, a fin de darles la necesaria cohesión en el momento decisivo de finalizar la Reconquista.
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