7 feb. 2015

DON ÁLVARO, ALFONSO V Y LOS INFANTES DE ARAGÓN (IV)

A principios de julio de 1429, en Espinosa de Henares se dieron a la vista las vanguardias de los dos ejércitos, la del castellano mandada por el propio condestable. La situción de las fuerzas aragonesas se hizo pronto apurada, no sólo por su inferioridad numérica, sino porque la "quinta columna" de los infantes de Aragón en Castilla se hundía estrepitosamente: Peñafiel era tomada por las fuerzas de Juan II, y la orden de Santiago daba la espalda a su maestre. En última instancia, la propia reina de Aragón hizo de mediadora para sacar a su marido del callejón sin salida en que se había metido. Alfonso V consiguió del de Luna que le dejase marchar con sus fuerzas a sus estados.
El infante don Enrique quedaba aún resistiendo en Uclés y animando los rescoldos de la rebelión. La guerra, por tanto, no se podía dar aún por terminada. En la frontera castellano-aragonesa las incursiones mutuas se sucedieron. En Extremadura, otro de los más importantes baluartes "aragoneses", Juan II y el de Luna se veían obligados a mantener otro frente de batalla.
Las operaciones militares estaban resultando demasiado costosas para los dos grandes estados peninsulares. En Castilla, el monarca se vio obligado a lanzar una emisión de moneda de baja ley, con la consiguiente incidencia iflacionaria en la economía del reino. En Aragón, las cosas no marchaban mejor. Alfonso V hubo de limitarse a sostener operaciones a pequeña escala.
Los principales encuentros militares tuvieron lugar en las posiciones extremeñas del maestrazgo de Santiago: Trujillo, Montánchez y Alburquerque, principal bastión este útimode los infantes don Enrique y don Pedro.
Los resultados de la campaña no podían ser más beneficiosos para don Álvaro de Luna, ya que, declarados traidores los infantes, recibía la administración de los bienes del maestrazgo de Santiago. Junto con sus señoríos y el cargo de condestable, constituiría en el futuro la base sobre la quese construyese un inmenso poder.
Quedaba todavía por entrar en razones Alfonso V de Aragón. Su posición en relación con los asuntos castellanos se había debilitado enormemente en los últimos tiempos, no sólo por la neutralidad reciente de Navarra y sus poco brillantes acciones en el campo de batalla, sino también porque dentro de sus propios estados el malestar era creciente. La presencia de las flotas castellanas en el Mediterráneo suponía una constante amenaza para el comercio del principado. La animosidad de los catalanes ante las dificultades pareció rememorar por unos momentos el deslucido papel que años atrás se habían visto obligados a hacer en Caspe; por último, ciertos sentimientos de separatismo en Sicilia presentaban para la confederación aragonesa un panorama bastante oscuro.
Estas circunstancias llevaron a ver la mediación portuguesa como la mejor solución para que la parte aragonesa (en el más amplio sentido de la expresión) saliese airosa de la prueba de fuerza sostenida contra el condestable castellano. Éste, sin embargo, fue más allá de lo que Alfonso V pensaba que se podía tolerar. El despojo sistemático de los bienes de los infantes resultaba una circunstancia que en nada podía contribuir al buen entendimiento entre las dos partes en pugna.
Los infantes de Aragón hicieron un esfuerzo supremo para recuperar las posiciones perdidas. Sin embargo, las simpatías familiares del monarca aragonés no podían compensar en absoluto su total situación de inferioridad. Con Granada ardiendo en una guerra civil y con Portugal e Inglaterra carentes de todo interés por intervenir en los asuntos castellanos, el de Luna tenía la partida ganada. Cuando Alfonso V y el rey de Navarra se acercaron de nuevo a la frontera, lo hicieron esta vez con el ánimo de negociar.

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