4 feb. 2015

DON ÁLVARO, ALFONSO V Y LOS INFANTES DE ARAGÓN (I)

Los informes que iban llegando a Alfonso V de Aragón sobre el acrecentamiento de poder de don Álvaro de Luna, le hicieron ver que la prisión del infante don Enrique y el desmantelamiento de su partido podían desembocar en una auténtica catástrofe para la influencia de la rama menos de los Trastámara en territorio castellano. Él, a fin de cuentas, como primogénito del de Antequera, era la teórica cabeza de la dinastía.
Sin embargo, Juan II y el de Luna eran de momento los más fuertes en caso de tener necesidad de adoptar una actitud enérgica frente a una abierta intervención aragonesa. Así lo dieron a entender cuando exigieron de Alfonso V la entrega de los nobles castellanos refugiados en su territorio.
Para don Álvaro de Luna, la potencial intervención aragonesa podía convertirse en un arma a su favor. Estimulando ésta solapadamente, podía presentar un conflicto hasta entonces de unos alcances bastante limitados, como un problema de orden internacional. Éste será uno de sus instrumentos propagandísticos favoritos: presentarse como defensor del reino y de la autoridad monárquica en Castilla, frente a la intervención extranjera (la aragonesa). No reparará en medios para crear en Castilla un cierto clima de xenofobia, que contribuirá a canalizar cualquier posible descontento en una empresa contra un reino vecino.
Los incidentes y provocaciones no faltarán. Cuando Alfonso V, en una de sus operaciones en el área del Mediterráneo occidental, saquee Marsella, los vecinos de la ciudad contratarán los servicios de los marinos vascos, que desde esete momento se convertirán en serios competidores de lso catalanes.
Tanto Alfonso V como el de Luna fueron preparando sus propios planes en relación con Castilla. El primero confiaba en convencer a su hermano Juan de que la política monárquica del de Luna al único que beneficiaba era a éste. El condestable, por su parte, confiaba en poder alinear contra los infantes de Aragón a la propia oligarquía castellana, ganada por sus últimas mercedes.
El monarca aragonés preparó su juego siguiendo unas reglas parejas a las del valido: creación de una liga de obles, a fin de poder presionar en Castilla y dividir al Consejo. Sus maquinaciones apenas dieron resultado positivo alguno. En las últimas semanas de 1424 se podían dar por fracasadas. Tanto en Castilla como en la Corona de Aragón se hicieron febriles preparativos con vistas a una inminente ruptura de hostilidades. El ambiente bélico había crecido extraordinariamente en Castilla, al calor de la propaganda del condestable, quien presentaba todo aquel problema como una intolerable injerencia aragonesa. En los primeros meses de 1425 nació el que años más tarde habría de ser Enrique IV. La ocasión fue aprovechada por Juan II y el de Luna para reunir un simulacro de Cortes en Valladolid, con vistas a jurar al heredero de la Corona. Las circunstancias de tensión política entre Castilla y Aragón hubieran podido ser propicias para el resurgir de una fuerza, el tercer estado, capaz de dar una solución viable a un problema ya harto enmarañado. Sin embargo, aunque el monarca castellano aparentó hacer una consulta a los procuradores sobre la situación por la que se atravesaba en aquellos momentos, la afirmación de éstos de que estaban dispuestos a hacer todo lo que fuera necesario en pro de la defensa del reino (entiéndase fundamentalmente la votación de subsidios) era una muestra patente de que los representantes de las ciudades seguían siendo lo que se pretendió que fueran desde las Cortes de Ocaña de 1422: un instrumento fácilmente manejable por parte de la autoridad o de su álter ego, el condestable de Castilla.
Para éste, el enfrentamiento con Aragón no era más que el instrumento imprescindible para la expulsión definitiva de los infantes de territorio castellano. Pero la situación del de Luna no tenía aún una base lo suficientemente sólida. Por una parte, no podía declarar abiertaente sus intenciones; por otra, los intentos de mediación hacían cada vez más difícil la ruptura de hostilidades. Carlos III de Navarra, por medio de Pierres de Peralta, trató de evitar el estallido. El propio Alfonso V, a través de su secretario, García de Falces, consiguió poner a su hermano el infante don Juan entre la espada y la pared: elegir entre el respeto de la línea de conducta del de Luna o la fidelidad a su familia, más aún cuando él era el más indicado para recoger en un futuro la herencia aragonesa, por no tener descendencia legítima Alfonso V.

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