6 ene. 2015

LA GUERRA CIVIL CASTELLANA (III)

El choque tuvo lugar el 3 de abril y constituyó uno de los combates más espectaculares de la historia militar de Castilla en la Baja Edad Media. En la batalla tomaron parte contingentes militares en elevado número y parece que el encuentro debió ser de extremada violencia cuando las vanguardias de ambos ejércitos entraron en contacto. Veamos lo que nos cuenta el cronista López de Ayala:

"...e tan recio se juntaron los unos con los otros, que a los de una parte e a los de la otra cayeron las lanzas en tierra; e juntaronse cuerpos con cuerpos, e luego comenzaron a ferir de las espadas e hachas e dagas, llamando los unos de la parte del Rey Don Pedro e del Príncipe de Gales por su apellido, Guiana, Sant Jorge; e a los de la parte del Rey Don Enrique, Castilla, Santiago. E los de la avanguardia del Príncipe retraxeronse n poco..."

Pareció por un momento que la suerte del encuentro se ponía de parte del Trastámara. Pero pronto la situación se tornó caótica. Parece que los arqueros ingleses, cuya eficacia había sido ya comprobada en los campos de batalla de Francia, nivelaron la contienda cuando estaba adquiriendo ésta un mal cariz para sus compañeros. En el ejército de don Enrique el ala mandad por el infante don Tello comenzó a flaquear. El hecho es que al final los desesperados esfuerzos por el batardo por poner orden en sus filas resultaron del todo inútiles. El combate acabó en una desbandada total de sus fuerzas, que fueron perseguidas y acuchilladas por petristas e ingleses.
La consecuencia más rotunda de la batalla de Nájeraa fue la quiebra del poder del Trastámara. Más de 400 hombres resultaron muertos de los que conformaban la vanguardia (entre ellos algunos nobles). El número de prisioneros cobrados por los vencedores no fue menor. Entre ellos muchos franceses e incluso don Pedro Tenorio, que luego sería arzobispo de Toledo. El propio don Enrique corrió el riesgo de seguir la misma suerte que sus camaradas. Huyendo a uña de caballo, consiguió refugiarse en Aragón, desde donde una vez más pasó a Francia.
La fulminante victoria de Pedro I y sus aliados, que había permitido al castellano recuperar el trono, no cambió sin embargo el panorama político, ni en lo interior ni en lo internacional. Pedro IV, que por unos momentos había temido se le viese como persona demasiado comprometida en el conflicto, consiguió evitar con su habitual habilidad diplomática que los vencedores descargasen su venganza sobre sus estados.
De otro lado, entre el Príncipe Negro y Pedro I empezaron a surgir serias desavenencias. Una visión excesivamente romántica ha cifrado el motivo fundamental de éstas en el espíritu caballeresco del inglés, que chocó violentamente con las ansias de venganza del rey Cruel contra los prisioneros de Nájera, algunos de los cuales fueron ejecutados casi en el mismo campo de batalla. Se trata de una explicación en exceso simplista y novelesca. El distanciamiento entre ambos personajes se debió a una razón de más peso: la imposibilidad por parte de Pedro I de pagar a las fuerzas inglesas las cantidades estipuladas en los compromisos adquiridos en Libourne. A ello se unió el que Vizcaya se negara de forma rotunda a someterse a los representantes del príncipe de Gales.
En agosto de 1367, a sólo meses de la batalla de Nájera, el heredero inglés, enfermo y desilusionado, abandonaba Castilla, llevando tras de sí el cuerpo de mercenarios con que había entrado en la Península. La retirada inglesa dejaba a Pedro I virtualmente solo. Así lo entendió Carlos V de Francia, que se apresuró a rescatar a algunos de sus nobles hechos prisioneros en Castilla. Y, teniendo en cuenta que en Castilla todavía se mantenían firmes algunos focos trastamaristas, la ocasión para el inmediato regreso del bastardo no debía ser desaprovechada.
En efecto, en septiembre de 1367 Enrique de Trastámara volvía de nuevo, acompañado esta vez de un reducido ejército. La guerra parecía volver a sus inicios: un conflicto civil en el que las fuerzas legitimistas y enriqueñas se encontraban muy niveladas. Sin embargo, Carlos V le urgía la victoria al Trastámara para tener en Castilla un peón fiel para sus futuros planes. Don Enrique, por su parte, necesitaba un apoyo efectivo francés, con el fin de que la guerra civil no se convirtiese en un conflicto realmente agotador sin perspectivas de un próximo final.
Esta coincidencia de criterios llevó al monarca francés a firmar un acuerdo (Tratado de Toledo de 1368) coon el pretendiente, que se encontraba por aquel entonces sitiando la ciudad del Tajo. El compromiso sería la piedra angular sobre la que descansse en los años siguientes la inquebrantable alianza franco-castellana.
El primer obstáculo a eliminar era, naturalmente, el propio Pedro I. Con tal finalidad, Du Guesclin fue puesto de nuevo al frente del ejército que fue reforzado con las fuerzas del bastardo. Pedro I, cuya impopularidad había decrecido sensiblemente en los últimos tiempos, volvió a pedir ayuda a Eduardo de Gales. Éste condicionaba todo apoyo a algo que se había mostrado prácticamente inviable en los meses anteriores: el cumplimiento de las cláusulas de los acuerdos de Libourne. Por ello, el único apoyo con que pudo contar el monarca castellano vino de los musulmanes de Granada. Medida desesperada y altamente imprudente, ya que la propaganda trastamarista pudo presentar al monarca legítimo, a los ojos de la opinión pública, como un enemigo de la fe cristiana.
Las fuerzas de ambos bandos fueron a chocar de nuevo a los pies del castillo de Montiel. El combate fue breve y concluyó con el desbaratamiento del ejército de Pedro I.
Refugiado el monarca en la desmantelada fortaleza del lugar, se produjo en los días siguientes a la batalla el desenlace de un drama que duraba ya casi veinte años. Pedro I -según el cronista López de Ayala- entró en contactos secretos con Du Guesclin, a quien ofreció una serie de villas a cambio de que le facilitase la huída. El francés comprendió la desesperación del monarca castellano y puso al corriente de la propuesta al Trastámara. Simulando aceptar, Du Guesclin atrajo a su tienda al monarca. Allí, el legítimo heredero y el bastardo saldaron su cuentas daga en mano y Pedro I cayó acuchillado.
La consolidación del poder por parte de Enrique de Trastámara exigiría algún tiempo aún, ya que en todo el territorio de Castilla se alzaron numerosos focos legitimistas contra su usurpación. La victoria trastamarista suponía dos cosas: por una parte, la victoria de los intereses del estamento nobiliario sobre el autoritarismo monárquico; por otra, la interención de Castilla en la Guerra de los Cien Años, como protagonista de primera fila, una vez que se vuelvan a romper oficialmente las hostilidades.

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