1 ene. 2015

LA GUERRA CIVIL CASTELLANA (I)

La solución para sus problemas la siguieron viendo el Trastámara y Pedro IV en la monarquía francesa, pormás que su potencia en tales momentos dejase mucho que desear. El intermediario imprescindible para las negociaciones con Carlos V habría de ser forzosamente don Enrique, que ya había trabado contacto con el soberano francés en años anteriores. Éste necesitaba indefectiblemente, para llevar a efecto sus planes de revancha contra Inglaterra, la colaboración de una potencia superior a la aragonesa, demasiado desgastada en sus últimas confrontaciones con Castilla. La colaboración de una marina potente era la condición imprescindible para que Francia pudiera emprender la guerra con Inglaterra en condiciones medianamente favorables. La escuadra catalano-aragonesa se había desprestigiado en los últimos encuentros; la castellana, aureolada por sus recientes éxitos militares, podía constituir una baza de primer orden. Sin embargo, la presencia en el trono del anglófilo Pedro I el Cruel coonstituía un obstáculo a superar. La jugada maestra para el monarca francés había de estar en su sustitución por el bastardo Trastámara.
La diplomacia aragonesa trabajó activamente a lo largo de 1365, logrando atraerse a su órbita al tortuoso Carlos II de Navarra. Pedro IV, acuciado por la necesidad de que el monarca francés le enviase refuerzos, se comprometió formalmente a reconocer como rey de Castilla a don Enrique.
Pedro I tampoco se mostró inactivo en el terreno diplomático. Ante las noticias de la concentración de mercenarios en Montpellier, solicitó de Eduardo III que impidiese a sus capitanes el reclutamiento de tropas para el Trastámara. El monarca inglés, o bien no quiso comprometerse en el asunto, o bien no pudo lograr que las bandas de mercenarios, libres por el momento de compromisos oficiale en España,se sometiesen a control disciplinario de ningún tipo. Formando compañías cuyos componentes eran de la más heterogénea procedencia (ingleses, gascones, bretones, españoles, alemanes), su oficio era la guerra. Si ésta no se desarrollaba formalmente, ellos mismos eran los encargados de provocarla por su cuenta recorriendo Francia de un extremo al otro y saqueando cuanto pudiesen. De ahí el nombre de "routiers" con que a veces les designan las crónicas de la época.
A finales de 1365, un gran ejército de mercenarios, al mando de Beltrán Du Guesclin, y llevando en sus filas a capitanes ingleses como Hugh Calveley y Matthew Gournay (la nacionalidad en estos casos cuenta muy poco, incluso hoy en día), cruzó los Pirineos y acampó en las cercanías de Barcelona. Las fuerzas eran pagadas a partes iguales (100.000 florines cada uno) por el rey de Francia, el monarca aragonés y el Papa, deseoso de alejar de las cercanías de su residencia de Aviñón a tan incómodos vecinos.
La presencia masiva de mercenarios en territorio de la Corona de Aragón planteó a Pedro IV serios problemas. En primer lugar, por las tropelías cometidas en Barbastro y otros lugares, pese al compromiso previo de que sólo podrían hacerse con un botín fuera de las fronteras aragonesas. En segundo lugar, Pedro IV temía verse excesivamente comprometido con Francia dentro del panorama político internacional. De ahí que aunque colmase de honores a Du Guesclin, al que se le dio el título de conde de Borja, entrase preferentemente en contacto con los jefes ingleses coon vistas a una posible concordia con Eduardo III, que permitiese a la Corona aragonesa presentarse como un modelo de ponderación política. En último término, Pedro IV estaba más interesado en liberar sus reinos de la ocupación castellana que en volcarse en una empresa: la coronación de Enrique de Trastámara como rey de Castilla, la cal se le antojaba descabellada.

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