13 ene. 2015

ENRIQUE III DE CASTILLA (II)

Las Cortes de Burgos de 1392, más que marcar el fin de la lucha de partidos señalan una clara evolución dentro de éstos. Aunque la alta nobleza proceda a reagruparse en un bloque homogéneo, su hundimiento es tan irremediable como el lento ascenso de la nobleza de segunda fila hacia los puestos más altos de la política y la sociedad castelanas.
El más peligroso de todos los miembros de la oligarquía nobiliaria era en aquellos momentos el duque de Benavente, dolid por haber sido apartado de la regencia. Dos bazas tenía a su favor: cotingentes armados de cierta consideración y las negociaciones que estaba emprendiendo con el monarca portugués, a fin de conseguir un enlace matrimonial con una hija natural de éste. Zamora y sus alrededores se convirtieron en eje de unas operaciones militares que no pasaron de constituir una simple amenaza. Las fuerzas del duque se disgregaron rápidamente sin llegar al enfrentamiento directo con las reunidas por el grupo de regencia.
El malestar en el reino pareció remitir desde el momento en que el 15 de septiembre de 1393 el monarca, desde Briviesca, enviaba una carta a las villas y ciudades del reino, anunciándoles que el consejo de regencia cesaba en sus funciones y que él se hacía cargo personalmente del gobierno.
Su primera decisión será la de una nueva convocatoria de Cortes. Ésta respondía tanto a los deseos del monarca como a los de los procuradores de las ciudades, aunque por razones diferentes. Para Enrique III significaban un intento de ratificar algunos de los puntos en que se habían de basar las relaciones exteriores del reino castellano: confirmación de las treguas con Portugal y de las alianzas con Francia; para los procuradores, por el contrario, el principal deseo dela convocatoria radicaba en el hecho de que las numerosas rentas concedidas a sus adictos por las distintas parcialidades en el período de la regencia no podían ser soportadas durante más tiempo por el país.
A la larga, el criterio de los procuradores será el que dé carácter a las Cortes, ya que los problemas por ellos planteados constituirán el núcleo esencial de las discusiones. Los aspectos de política exterior quedan efectivamente en un lugar poco destacado.
Los procuradores acordaron otorgar al rey sus derechos ordinarios como monarca. Como contrapartida, se pedía al monarca que fueran revocadas todas las gracias, mercedes, dádivas, oficios, etc... que los miembros del consejo de Regencia o los tutores hubiesen hecho durante el período de la minoridad. Los más perjudicados serían los miembros más allegados de la familia del rey. Todos ellos se vieron obligados a ceder las rentas de que se habían apropiado aprovechando el río devuelto de la minoridad, aunque se les reconocieran plenamente de derecho aquellas adquiridas desde tiempos de Juan I.
Las Cortes de Madrid de 1393 marcan el primer paso en la neutralización de la potencia de la alta nobleza. En los meses sucesivos, hasta finales de 1395, se cumple una segunda y definitiva etapa en este proceso. La primera señal de alarma fue dada en la corte por los tesoreros, que informaron a Enrique III de cómo el duque de Benavente estaba cobrando por su cuenta una serie de rentas que no le correspondían. Los intentos de negociación no fueron orientados por el magnate más que con vistas a ganar tiempo y a reunir en torno a sí a todos los descontentos contra el equipo de colaboradores de que el monarca se había rodeado. Los parientes del rey formaron así un bloque homogéneo, al que se unió el arzobispo de Santiago, Juan Garcia Manrique, movido por su enemiga contra el prelado toledano, don Pedro Tenorio, ahora ganado por el favor de la Corte. Los señoríos de los parientes del monarca abarcaban prácticaente todo el ángulo noroeste de la Corona de Castilla. Estos magnates contaron con una cistuncunstancia inesperada para reforzar sus posiciones: la inopnada ruptura del frente granadino -resultado de una desafortunada incursión del maestre de Alcántara-, que les permitió reunir numerosas fuerzas con el pretexto de marchar hacia el sur para apuntalar la forntera. El incidente no tuvo mayores consecuencias, ya que las disculpas de Enrique III fueron bien aceptadas por el monarca nazarí. El castellano, mientras tanto, había conseguido atraerse a su campo, o al menos lograr su neutralidad, al marqués de Villena, gracias a los hábiles manejos de don Pedro Tenorio.

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