11 ene. 2015

EL REINADO DE JUAN I (I)

Las bases de matiz fuertemente aristocrático sobre las que Enrique II asentó su dinastía permanecieron prácticamente inalterables durante los once años del reinado de su sucesor. La aventura portuguesa, trácigamente concluída en Aljubarrota, y la prosecución del proceso de institucionalización iniciado por el primer Trastámara serán las principales líneas directrices de la política de Juan I. Los problemas derivados de las relaciones nobleza-monarquía a lo largo de su reinado son, o bien hechos marginales, o a fenómenos encuadrables dentro de los marcos generales de la evolución socio-política de la Castilla del momento.
Cuando Juan I se hace con el poder en 1379, la dinastía Trastámara parecía haberse consolidado firmemente. Los restos del legitimismo petrista habían quedado prácticamente barridos por la emigración, la absorción dentro del nuevo sistema o, más sencillamente, el silencio de sus portavoces.
Uno de los primeros problemas con que Juan I ha de enfrentarse en las Cortes de Burgos de 1379 entronca con el ya conocido y planteado por los procuradores en anteriores ocasiones: la petición del estado llano de que se ponga un límite a las "mercedes enriqueñas" y de que se lleve a cabo una radical reorganización de la Hacienda.
La cuestión resultaba harto espinosa, por cuanto la dinastía no podía pasarse sin el soporte de aquelos que, tras apoyarla en su ascenso al poder, habían sido largamente premiados. el nuevomonarca castellano hubo de proceder con prudencia al ordenar la revisión general de los privilegios concedidos en años anteriores. Una vez llevada a cabo ésta, quedaba el segundo paso: conocer la situación de las arcas reales. Su estado en aquellos momentos no era precisamente boyante. Proceder a una nueva alteración en la moneda, como hizo Enrique II al subir al trono, resultaba un expediente demasiado peligroso. Juan I optó por una solución a medias: apelar a la disminución general de gastos superfluos y hacer llamadas a evitar la salida de metales preciosos del reino.
Se tratará de medidas de dudosa eficacia. En las Cortes de 1380 se volverán a hacer apelaciones en este sentido, con escaso resultado. Las bases profundamente pronobiliarias sobre las que se sustentaba la dinastía no fueron atacadas por el monarca, a pesar de que con ello la hacienda real siguiese renunciando a una fuente de ingresos que escapaba de sus manos para pasar a las de los señores.
En el único caso en que Juan I se atrevió a plantarse cada a la aristocracia castellana fue en el de las encomiendas, sistema de protección que numoeroso monasterios habían buscado de parte de los magnates, a fin de encontrarse más seguros en los anteriores años de turbulencia. el sistema había degenerado en una serie de abusos, bien porque los encomenderos exigiesen de sus protegidos más de lo estipulado, o bien porque esta protección fuese ejercida y cobrada a un alto precio, contra la voluntad de los abades.
Como no hay que olvidar que el alto clero constituía otro de los soportes de la dinastía Trastámara, no es extraño que Juan I mostrase una gran energía ante este problema, estableciendo unos límites muy estrictos en la legitimidad de las encomiendas y limitándolas prácticamenta a aquellas que voluntariamente hubieran sido aceptadas por los monasterios.
Los perjudicados por tales medidas eran muchos de ellos miembros de la alta nobleza. Uno en particular, Alfonso de Noreña, hermano bastardo del monarca, llegó a tramar una conjura contra él sin éxito alguno. Salvo este turbulento personaje, se puede decir que la alta nobleza en bloque va a constituirse en elemento sumiso a lo largo de todo el reinado.
En efecto, los años siguientes, época de euforia por las victorias castellanas en el canal y por los éxitos iniciales en la política portuguesa, se vieron perturbados por una revuleta del de Noreña. La reacción del monarca fue, sin embargo, fulminante, ya que, reducido el bastardo a su bastión gijonés, hubo de capitular. Se ofrecía así como muy problemática cualquier intervención directa de la alta nobleza en asuntos políticos.
En este sentido, las Cortes de Segovia de 1383 parece ser que fueron un modelo de ponderación, reflejo de la progresiva evolución que experimentan los distintos organismos institucionales. La situación de total seguridad interna será lo que lleve a Juan I a su imprudente aventura portuguesa; 1385 va a ser no sólo el comienzo de las derrotas militares, sino también el inicio de una especie de examen de conciencia por parte del monarca.
Las en otra ocasión mencionadas Cortes de Valladolid de 1385 son toda una lección en torno a la oncepción que el Trastámara tenía sobre el sentido de la realeza. Si se hace una confesión pública de los errorespasados, se muestran como contrapartida unos deseos fervientes de fortalecer la autoridad central mediante una serie de medidas, que se recogen en los correspondientes "cuadernos": reformas en el ámbito militar con vistas a crear un ejército semipermanente, que dependa directamente del monarca, al margen de las intromisiones de tipo parafeudal; promesa de hacer justicia a las villas y lugares que hubieran sido agraviados por los abusos de los señores, lo cual suponía un esfuerzo por parte del monarca a fin de atraerse al estamento popular como contrapeso de la prepotencia social de la aristocrcia: promesa firme de que se haría cumplir estrictamente la justicia en todos los lugares del reino; promesa de evitar en lo posible los préstamos usurarios por parte de los judíos...
Las Cortes de Segovia de 1386, momento en que el duque de Lancaster se encuentra detenido frente a la plaza de Benavente, vienen a ser, por su línea ideológica, una continuación de las del año anterior. Una idea parece presidirlas: las ciudades aportarán, haciendo un nuevo sacrificio, subsidios para el esfuerzo militar, a cambio de las necesarias reformas.
Ante el peligro exterior, parece que por un momento la dinastía Trastámara trata de acercarse al estado llano, distanciándose -recordemos los compromisos de Juan I de acabar con los abusos de determinaodos señores- del hasta entonces imprescindible soporte nobiliario.

No hay comentarios: