27 ene. 2015

DON FERNANDO DE ANTEQUERA, REGENTE DE CASTILLA Y REY DE ARAGÓN

Los años en que el infante Fernando gobierna en Castilla por la minoridad del nuevo soberano se constituirá no sólo en el soporte de la legalidad monárquica, sino también en el tronco del que nazca la rama menor de los Trastámara -los "infantes de Aragón", nombre con el que se les conocerá en el futuro-, que controlará una serie de lugares estratégicos desde el punto de vista político y económico.
Su programa a lo largo de estos años, e incluso después de ser elegido rey de Aragón en el Compromiso de Caspe, se presenta de forma patente: los intereses señoriales con que cuenta Castilla van a ser una de las basess a través de las cuales su descendencia se convertirá en el elemento imprescindible a la hora de gobernar los dos grandes estados peninsulares. Si su hijo mayor Alfonso va a ser rey de Aragón, con aspiraciones al trono castellano por su matrimonio con María, hermana de Juan II, su segundo vástago, Juan -que también accederá al trono aragonés- será el beneficiario de la mayor parte de los señoríos castellanos de su padre y rey consorte de Navarra por su matrimonio con la infanta doña Blanca. Otro de sus hijos, el infante don Sancho, será maestre de Añcántara y, finalmente, otro hijo, el infante don Enrique, accederá al maestrazgo de Santiago a la muerte de Lorenzo Suárez de Figueroa. Teniendo en cuenta, por último, que sus hijas María y Leonor casarán con los reyes de Castilla y Portugal respectivamente, fácil es comprender cómo a lo largo del siglo XV los estados ibéricos están prácticamente controlados por una misma familia. La unión dinástica de Castilla y Aragón supondrá así el primer paso para su futura unión personal con los Reyes Católicos.
La gran aureola de popularidad la alcanzará el infante don Fernando en la campaña contra Granada. Éste había sido ya un sueño acariciado por su hermano Enrique III, quien pretendió llevarlo a la práctica cuando en los últimos meses de 1406 se dispuso a dar una contundente respuesta a los nazaríes, a fin de castigar una sangrienta incursión, que culminó con una confusa batalla en el alto de los Collejares.
En las ya mencionadas Cortes de Toledo, Fernando jugó hábilmente con el espejismo de la guerra contra los musulmanes. Quizá de una forma inesperada para él, la frontera de Granada se iba a convertir también en la necesaria plataforma para reforzar la fama que le convertirá en árbitro de los destinos de los reinos ibéricos. A pesar de las reservas de los procuradores, pudo reunir las sumas necesarias para emprender una campaña de gran envergadura.
Las primeras fases de ésta, sin embargo, se presentaron con un cariz realmente desfavorable para las armas castellanas. El cerco puesto a Setenil por el infante concluyó en un fracaso que envalentonó a los nazaríes. Muhammad VIII llegará en sus incursiones hasta los alrededores de Jaén. La situación de don Fernando se rotnó incómoda. Nobleza y ciudades se mostraron ásperas en sus críticas sobre el modo de conducir la campaña. La propia corregente, Catalina de Lancaster, nunca vio con buenos ojos la creciente influencia que su cuñado había ido cobrando en los últimos meses.
En última instancia será el Pontífice quien zanje las diferencias. Las propias ciudades, ante el creciente peligro musulmán, acabarán votando nuevos subsidios para reanudar la campaña. el objetivo fue esta vez la plaza de Antequera. Su cerco por las fuerzas castellanas puso a prueba tanto la tenacidad e inteligencia del infante como la validez de los nuevos artificios para abatir sus defensas. A este respecto, en un pasaje de la Crónica de don Juan II, de Fernán Pérez de Guzmán, se hace referencia al empleo de nuevos ingenios bélicos, tales como ballestas, enseres de artillería variada, escalas, etc... Los avances en la maquinaria de guerra, en efecto, contribuyeron de forma patente a facilitar la tarea de los sitiadores; pero a pesar de ello la plaza resistió obstinadamente. Su caída por fín supuso un triunfo rotundo para Castilla en general y para don Fernando (ya "el de Antequera") en particular. La plaza constituía en manos cristianas una amenaza permanente para la vega de Granada y las tierras de Málaga. Para el infante, la conquista del lugar era una fuente de prestigio. Incluso después de ser elegido rey de Aragón seguirá conservando, como regente de Castilla, el control teórico de la frontera granadina.

En lo que concierne a otros aspectos de las relaciones internacionales, éstas están marcadas, de un lado, por una sumisión a ultranza a Benedicto XIII, resultado posiblemente de la francofilia de Fernando el de Antequera. Por otra parte, sin embargo, no hay que olvidar que la regencia estaba compartida con Catalina de Lancaster, inglesa a fin de cuentas. Los puntos de vista que acaben triunfando serán eminentemente pragmáticos. La necesidad de normalizar el tráfico mercantil castellano en las rutas del canal exigía sacrificar, en cierta medida, la tradicional política de amistad hacia Francia. La solución fue del todo ecléctica. Con los franceses, Castilla llegaba a un simple acuerdo, por el que se concedía permiso a los súbditos de ambos reinos para ofrecer sus servicios armados, a título particular, en territorio vecino; con Inglaterra, como ya adelantamos, se concertaba en 1410 el acuerdo de Fuenterrabía por el que se establecía la libertad de comercio y un tribunal mixto de ocho miembros para resolver cualquier posible litigio.
Con Portugal, Fernando el de Antequera quiso llegar a unos acuerdos serios, que de una vez por todas sustituyesen las constantes renovaciones de treguas, instrumento de paz siempre un tanto precario. Sin embargo, la fórmua a la que se llegó fue la de la mera "suspensión indefinida de hostilidades". En efecto, los asuntos portugueses habían pasado a un segundo plano en la mente de don Fernando, ya que en aquellos momentos se estaba jugando en Caspe el destino de la Corona de Aragón y el infante tenía una parte activa en el juego. Tanta que el 30 de junio de 1412 era elegido rey por los compromisarios reunidos en aquella localidad. Fernando el de Antequera había llegado a la cima de sus aspiraciones.

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