19 dic. 2014

LOS REINOS PENINSULARES ANTE EL CISMA (II)

Desde septiembre de 1416 se puede decir que las deliberaciones del Concilio de Constanza toman un ritmo acelerado. Dos tendencias se debatían en su seno: una, la de los cardenales, deseosos de mantener la estructura tradicional de la Iglesia y de devolverle la unidad perdida en los últimos años; otra, favorecida por el emperador Segismundo y con amplio eco en el bajo clero: reforma a fondo de la Iglesia ("in capite et in membris"), dejando relegada a segundo plano la elección de un nuevo y único pontífice.
Por la primera de las tendencias se inclinaban, en líneas generales, las naciones -concepto un tanto vago- francesa e italiana; por la segunda, la inglesa y la alemana. La nación española, que englobaba los reinos de Portugal, Castilla, Navarra y Corona de Aragón, quedaba en el fiel de la balanza. Navarra y Castilla eran partidarias de la tendencia italo-francesa. Segismundo creía contar con el apoyo de Aragón y Portugal. En última instancia, sin embargo, el primero optó por el partido de los cardenales. Segismundo hubo de resignarse, más aún cuando la nación inglesa unió sus votos al plan de éstos. Los alemanes quedaban solos. La elección de nuevo papa se anteponía a cualquier intento previo de reforma. La única concesión del papa elegido, Martín V, y de los cardenales para con el emperador y los reformistas fue el compromiso de hacer de los concilios una institución regular de la Iglesia.
Si en el Concilio de Constanza Castilla había representado un importante papel, en el de Basilea va a figurar a la altura de una gran potencia internacional.
El decreto Frequens de 1417, por el que se daba recularidad a la reunión de los concilios, era un arma de doble filo: para los elementos reformadores suponía la posibilidad de una paz religiosa en una Alemania demasiado agitada y una esperanza -aunque quizá remota- de renovación para la Iglesia. Para el papado, por el contrario, encerraba la posibilidad de que los grupos más extremistas pusieran en tela de juicio la validez de las estructuras eclesiásticas vigentes.
En efecto, cuando el concilio se reúne en Basilea, un nuevo papa, Eugenio IV, ha de enfrentarse con algunos de los problemas que se habían planteado en Constanza. La cuestión de la superioridad o no del pontífice sobre el concilio está de nuevo en juego. Como en la otra ocasión, también Castilla y Francia van a tener un papel decisivo en este asunto. Dos factores entraban en juego: la reanudación de la Guerra de los Cien Años, que oponía de hecho a franceses e ingleses -eminentemente conciliaristas y proalemanes estos últimos-, y la cuestión de preferencias entre Castilla e Inglaterra a la hora de ocupar sus puestos en el Concilio. La primera será quien obtenga ventaja en este terreno.
De todas las cuestiones a tratar, la de la "reforma era, sin duda, la más espinosa, más aún si tenemos en cuenta las distintas interpretaciones que de este concepto se tenían. Así, para Castilla la palabra tenía simplemente el sentido de la corrección de abusos, cuestión realmente no del todo alarmante para ella, por cuanto ya estaba dando en este terreno pasos suficientemente firmes; los extremistas, por el contrario, por reforma entendían, entre otras cosas, la transmisión de poderes del Papa a la asamblea conciliar.
Hacia 1436 la tensión entre el pontífice y los reformadores exaltados va dejando al primero en una situación realmente incómoda. Se ha hablado de una auténtica "rebelión conciliar". A muchos de los poderes laicos les halagaba esta postura, en tanto suponía una limitación para el monarquismo papal; el siguiente paso, pensaban, podría ser la sumisión del clero a los poderes seculares.
En tan crícita situación, la delegación castellana será la que rompa la primera lanza en defensa de los derechos del pontífice. La coyuntura se presentó favorable cuando una delegación del clero bizantino prefirió el diálogo con el Papa en vez de con los "rebeldes conciliares", a fin de resolver las diferencias entre Roma y Constantinopla. Los padres de Basilea, en un último intento por defender la superioridad del concilio, depusieron a Eugenio IV. Inútil esfuerzo. El ejemplo de la delegación castellana fue seguido por Italia, Inglaterra y Francia. Sólo Alemania seguía en pie apoyando a los "rebeldes" de Basilea y al antipapa Félix V, quien apenas si mantenía una sombra de poder. La muerte de Segismundo supondría para ellos un golpe también mortal. En 1448, un nuevo emperador, Federico III, deseando acabar con tan anómala situación, expulsó de Basilea a todos los conciliaristas, hecho seguido por la abdicación de Félix V.
El prestigio del papado salió reforzado tras la tremenda prueba de fuerza a que había sido sometido. Numerosos canonistas resaltaron el hecho. La intervención franco-castellana había sido decisiva. La alianza de Castilla y la Santa Sede conoce en estos momentos uno de sus más importantes jalones.

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