20 dic. 2014

LA BATALLA DEL ESTRECHO

Los grandes éxitos militares logrados a lo largo del siglo XIII por castellanos y aragoneses frente a los musulmanes españoles y sus aliados africanos van a reducir la presencia islámica en la Península a un único bastión: el reino de Granada. Si éste resistió durante dos siglos, ello se debió esencialmente a las guerras civiles que sacudieron Castilla durante la Baja Edad Media.
Sin embargo, es necesario tener en cuenta que en las décadas finales del siglo XIII y toda la primera mitad del XIV Granada subsiste también gracias al apoyo que los benimerines envían desde el otro lado del Estrecho de Gibraltar. Apoyo que, en ocasiones, va a suponer, si no un peligro mortal, sí una auténtica pesadilla para las poblaciones del valle del Guadalquivir recientemente ocupadas.
Estas dos circunstancias, guerras civiles y apoyo africano, van a condicionar de forma decisiva la actuación de los monarcas castellanos del momento: Sancho IV, Fernando IV y Alfonso XI, en su política frente al mundo islámico. Por lo que se refiere a la afluencia de refuerzos benimerines, la réplica militar castellana -y a veces aragonesa- se basó en el montaje de toda una serie de operaciones militares, encaminadas a la eliminación de la presencia musulmana en la zona que hoy constituye el extremo meridional de la provincia de Cádiz. Dominar el Estrecho, al menos desde este lado, supone no sólo conseguir unos objetivos militares: eliminación de una cabeza de puente benimerín, sino también económicos: control de las rutas marítimas entre los dos mares. El ya consagrado término "batalla del Estrecho" adquiere así un profundo significado.
Al subir al trono castellano Sancho IV, en 1284, a la muerte de Alfonso X el Sabio, los dos graves problemas que van a acuciar al reino durante muchos años se presentan ahora de forma dramática: pretensiones de alta nobleza unidas a las reclamaciones de los infantes de la Cerda y amenaza de desplome del frente andaluz ante la presión granadino-benimerín.
Sancho IV, sinn embargo, supo mantenerse a la altura de las circunstancias. Monarca más belicoso que su padre, veía en la guerra una fuente de prestigio, en unos momentos en que la legalidad de su situación en el trono no parecía suficientemente clara. En cambio, no serán las operaciones militares, sino la vía diplomática, la que resuelva en los primeros momentos esta situación conflictiva. En efecto, ni Sancho IV encontró en los demás estados cristianos el necesario eco para su política antiislámica, ni el sultán benimerín, Abu Yakub deseaba extender excesivamente el radio de sus operaciones en territorio ibérico. El propio soberano nazarí, Muhammad II, hombre que siempre adoptó una política de balanza entre los poderes en juego, deseaba ardientemente saber el papel que su pequeño Estado podía desempeñar en el futuro. el resultado fue el acuerdo de Marbella, por el que los benimerines conservarían como bases eminentes en territorio granadino los lugares de Tarifa, Ronda, Algeciras y Estepona (1285). el compromiso, al que tácitamente se sumaban castellanos y aragoneses, se sustentaba, sin embargo, sobre bases muy precarias: el miedo de los granadinos ante la potencia cristiana, pero también ante el fanatismo de sus aliados africanos. Las dificultades internas de Sancho IV, que le ataban de pies y manos para cualquier aventura antiislámica, el progresivo desentendimiento aragonés por la política del Estrecho, y, en última instancia, el escaso entusiasmo bélico de las ciudades-repúblicas italianas, para las cuales la paz (bajo la iniciativa que viniera era lo mismo) era la mejor garantía para el mantenimiento de sus intereses mercantiles.

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