22 dic. 2014

LA BATALLA DEL ESTRECHO (III)

Castilla tenía, dadas las circunstancias, una excelente baza para intervenir en los asuntos internos granadinos. Sin embargo, la muerte de Fernando IV en 1312 y la apertura de una nueva y turbulenta minoridad (la de Alfonso XI) van a dar lugar a que los intentos cristianos en estos años desemboquen en rotundos fracasos. Ceuta se convirtió en una peligrosa base de piratas, que hacían prácticamente inviable el comercio cristiano. Para colmo de males, un intento de los infantes don Pedro y don Juan para saquear la vega de Granada acabó en un rotundo fracaso con la muerte de ambos personajes. En los años siguientes, entre 1323 y 1325, la frontera con el Estado nazarí amenaza con desplomarse. Los musulmanes toman Huéscar, Galera, Martos y otros puntos de apoyo cristianos. El infante don Juan Manuel fue el único que consiguió manetenerse firme en Murcia, suscribiendo una precaria tregua. No se podía contar en aquellos momentos con el apoyo aragonés, ya que Jaime II se encontraba demasiado comprometido con su política sarda, y su heredero, Alfonso IV, prefirió firmar treguas con los musulmanes en los años siguientes.
Sin embargo, al llegar Alfonso XI a la mayoría de edad en 1325, el oscuro panorama político ha de cambiar radicalmente.
Ismail I era asesinado y sustituído por un niño, Muhammad IV. Ello suponía una exacerbación de los sentimientos de fanatismo probenimerín de algunos sectores de opinión granadinos: Algeciras, Marbella y Ronda se podían tomar ya prácticamente como bases africanas. Sin embargo, este fenómeno también traía sus contrapartidas del lado cristiano, ya que los aragoneses, ante la usurpación, no se consideraron obligados en absoluto al mantenimiento de las treguas suscritas años atrás. Los acuerdos firmados entre Castilla y la Corona de Aragón en Agreda y Tarazona (1328) eran, en la mente de Alfonso XI, el primer paso para un vasto plan de cruzada antiislámica.
Los resultados positivos no se hicieron esperar. Hasta 1330, las fuerzas castellanas llevaron a cabo una serie de brillantes campañas, que las hicieron dueñas de Olvera, Pruna, Alhaquín, Ayamonte, Teba, Hardales, Cañete y Cuevas. Los granadinos se vieron forzados a solicitar una tregua, que les había de costar un tributo adicional de 12.000 doblas anuales.
El precio por mantener la paz parecía ya demasiado caro. De ahí que Muhammad IV emprendiese un viaje a África para entrar en negociaciones firmes con el sultán benimerín Abul-Hasán Alí. Ello iba a traer como resultado inmediato un cierto restablecimiento del equilibrio militar. Un descuido castellano permitió a los musulmanes recuperar en 1333 la plaza de Gibraltar.
Este hecho de armas mostró a los castellanos, de manera definitiva, la amenaza del predominio benimerín sobre el Estrecho; más aún cuando los africanos, el nuevomonarca nazarí, Yusuf I, y los genoveses -sin demasiados escrúpulos a la hora de defender sus intereses mercantiles- formaban un frente relativamente compacto. Era necesario delimitar de una vez para siempre los bloques de alianzas cuando la batalla definitiva se estaba aproximando.
Desde 1337 la tensión fue en aumento, pero también los sentimientos de solidaridad de los reinos cristianos. En efecto, refuerzos lusitanos contribuyeron a apuntalar la frontera granadina, a la par que naes catalanas colaboraban en la defensa de Tarifa. A principios de 1340, el almirante castellano Jofre Tenorio sufrió una derrota a manos de los benimerines.
Este éxito animó al sultán Abul-Hasán a cruzar el Estrecho con numerosas fuerzas. La batalla decisiva tuvo lugar a orillas del río Salado meses después. El peso del combate fue llevado por las huestes castellanas, que chocaron con los africanos, y por los portugueses, que lo hicieron con sus aliados granadinos. El encuentro constituyó un resonante triunfo para las armas cristianas, que conjuraban de esta forma la última amenaza de invasión africana.
Desde el punto de vista psicológico, el choque tuvo una extraordinaria importancia. Alfonso XI supo aprovechar a fondo el éxito obtenido en el Salado y en los años siguientes cayeron en sus manos alcalá de Benzayde, Priego, Rute, Benamejí y Matrera. En 1343, una nueva victoria -de menor envergadura esta vez- junto al río Palmones parecía preludiar el rápido hundimiento del poder musulmán en la Península. Los genoveses -cuya actuación suponía siempre el mejor barómetro para calibrar la situación política en un momento determinado- comprendieron esto perfectamente y se aprestaron a colaborar al asedio que el monarca castellano había puesto a la plaza de Algeciras. El sitio de este estratégico baluarte, que se prolongó durante muchos meses, hasta su definitiva caída en manos cristianas en 1344, adquirió caracteres auténticamente internacionales. Aparte de las naves genovesas de Egidio Bocanegra y las aragonesas de Mateo Mercer, importantes caballeros de distintas nacionalidades aportaron su esfuerzo: Felipe de Evreux, el conde de Salisbury, el señor de Bearn, el conde de Derby... A pequeña escala, parecía una especie de reverdecimiento del espíritu de cruzada.
El éxito frente a Algeciras animó en los años siguientes a Alfonso XI a emprender operaciones militares con vistas a la recuperación de Gibraltar. La suerte no le acompañó en esta ocasión, ya que la peste negra se cebó en el ejército castellano, cobrando entre sus víctimas al propio monarca (1350). Sin embargo, aunque el asedio hubo de ser levantado, la "batalla del Estrecho" se había saldado con la indiscutible victoria de las armas cristianas.
A la vez que los castellanos puedieron estar eufóricos por su éxito, los aragoneses se fueron retrayendo progresivamente de los asuntos granadinos. La confirmación de las treguas va a ser una constante en sus relaciones con el estado nazarí, a pesar de que los roces a pequeña escala resultasen muchas veces inevitables.
Granada pasó a convertirse, desde el punto de vista económico, en un auténtico satélite de los intereses de la república de Génova, muy fuertes ya entonces en el bajo valle del Guadalquivir. Por otra parte, la desintegración del Imperio benimerín dejaría al Estado nazarí a merced de cualquier iniciativa seria por parte castellana. el que su existencia se prolongase durante siglo y medio más hay que achacarlo, de forma esencial, a la casi endémica anarquía política en que vivió el reino de Castilla desde la muerte del vencedor del Salado.

No hay comentarios: