11 dic. 2014

JAIME II EL JUSTO

El nuevo soberano llegaba al trono tras una larga experiencia adquirida en Sicilia al lado de su madre Constanza. Empezó rechazando el testamento de su hermano, que le imponía la renuncia a aquella isla. Dejando como regente a su hermano Fadrique, se encaminó a la Península. Sin embargo, esa tenacidad no sería mantenida por el nuevo rey, que vería pasar muchos años antes de que los problemas mediterráneos llegaran a una solución definitiva. En unas primeras negociaciones, en las que Sancho el Bravo de Castilla actuó de mediador entre Aragón y Francia, se exigía a Jaime II la renuncia completa a Sicilia, cosa a la que el monarca no estaba dispuesto. A lo más, admitiría que se la separase de la Corona de Aragón y se formara un reino independiente para su hermano Fadrique, casando a éste con Blanca, hija de Carlos de Anjou. Luego, desentendidos ya de la mediación castellana, estos dos monarcas se entrevistaron en la frontera, en diciembre de 1293. Jaime II se mostraba más dispuesto a una serie de concesiones, que se ratificarían en el Tratado de Anagni. Parecía que el cansancio o la preocupación por otros problemas interioes hacían mella en el ánimo del rey aragonés. Año y medio después, en junio de 1295, se llegaba a un acuerdo con Francia, Nápoles y el pontificado.
El Tratado de Anagni era una verdadera capitulación de Jaime II. El rey y todos sus súbditos debían abandonar Sicilia, que sería devuelta al Papa. Éste levantaba todas las censuras que pesaban sobre el rey y el reino de Aragón y anulaba la investiruda que de él había hecho Carlos de Valois. Jaime II recibía los títulos honoríficos de almirante y gonfalonero de la Iglesia. Se acordó además su casamiento con Blanca de Anjou, que aportaría una dote de 100.000 marcos, de cuyo pago se hacía responsable el Papa. Por otra parte, el reino de Mallorca era nuevamente separado de la Corona de Aragón y se entregaba a su antiguo rey, también llamado Jaime II, incluida la isla de Menorca, que Alfonso III había conquistado, pero debiendo prestar vasallaje a Aragón por todo ello. El valle de Arán, otra de las cuestiones disputadas con Francia, sobre la que no llegaron a un acuerdo, quedó bajo el arbitraje del cardenal Guillermo de Ferraris. Finalmente parece ser que hubo una cláusula secreta que preveía la entrega a los reyes aragoneses de Córcega y Cerdeña, en compensación por las tierras a que habían renunciado. Jaime II había abandonado a los sicilianos y a sus súbditos instalados en la isla. Unos y otros le acusaron de traidor, y el 25 de marzo de 1296 coronaron a don Fadrique como rey de Sicilia. Esta reacción iba a salvar del desastre la política de expansión mediterránea, en la que tanto empeño habían puesto los monarcas anteriores. Era sorprendente ver cómo la solidaridad dinástica de la casa condal de Barcelona iba a salvar la situación, e incluso a convertir en un triunfo las concesiones de Jaime II. No sólo va a conservar Sicilia para la dinastía y, por lo tanto, los intereses mercantiles catalanes, sino que afianza sus derechos sobre Córcega y Cerdeña, que acabará por conquistar.
Los sicilianos de don Fadrique pidieron ayuda a Jaime II. Éste no sólo se la negó, sino que ordenó a sus súbditos que abandonaran la isla. Algunos, como Roger de Lauria, así lo hicieron. Otros, como Blasco de Alagón y Conrado Lanza, siguieron al lado de Fadrique. Jaime II, requerido por el Papa Bonifacio VIII, que acababa de darle la instidura de Córcega y Cerdeña, hubo de tomar medidas para que en Sicilia se cumplieran las cláusulas de Anagni. Una potente escuadra aragonesa, mandada por Roger de Lauria, marchó a exigir a Fadrique que entregara la isla a Roma. Pero los méritos del gran almirante no fueron suficientes para quebrantar la resistencia de los sicilianos, que rechazaban por igual el dominio francés y el papal. La flota sitió Siracusa, en cuya defensa colaboraban Blasco de Alagón y Conrado Lanza. Los súbditos del rey de Aragón combatían entre sí. Un ataque de los mesineses obligó a Roger a levantar el cerco. Jaime II, que asistía a las operaciones, regresó a España; mas el almirante volvió tres meses después, y el 4 de julio de 1299 obtenía una de sus más brillantes victorias en Cabo Orlando. Después de ésto, el rey de Aragón creía haber cumplido ya sus compromisos, y no insistió más. En cambio, los mercaderes catalanes siguieron enviando socorros a Fadrique, a fin de que éste pudiese resistir a los ataques angevinos. Así fue como el nuevo rey de Sicilia obligó a Carlos de Anjou a aceptar unas negociaciones que consagraban lo que éste era incapaz de impedir: la permanencia de Sicilia bajo la dinastía catalana. En agosto de 1302 se firmó la Paz de Caltabellota. Fadrique era reconocido como señor de Sicilia con el título de rey de Trinacria. A su muerte, la isla pasaría a los angevinos. Era un largo compás de espera que no haría sino consolidar a los catalanes en su avanzadilla mediterránea.
La política exterior de Jaime II había resultado, a la postre, afortunada. No lo fue menos la interior, pero con la circunstancia de que en este caso el triunfo se debía a méritos propios. Después de los acuerdos entre Alfonso III y la Unión aragonesa, la mayor parte de las disposiciones habían quedado sin efecto. No se habían dado los rehenes exigidos por la Unión, no se cumplían las decisiones del justicia, las Cortes no eran convocadas debidamente y, aunque se nombraron consejeros para el Consejo Real, su opinión casi nunca fue tenida en cuenta. Por su parte, Jaime II mostró siempre un gran respeto por la ley, remitiendo a ésta la resolución de las quejas que le enviaban. Al mismo tiempo procuraba minar la resistencia nobiliaria, enviando a algunos de sus miembros a Italia. A pesar de todo, en 1301 se fraguaba un movimiento parecido a los que en 1283 y 1287 se habían enfrentado a Pedro III y Alfonso III. Sin embargo, la sabia política seguida por el monarca privó a los sublevados de la solidez que habían tenido anteriormente. El rey se ganó la adhesión de las Cortes y del justicia y supo presentar el movimiento como obra de unos ambiciosos, mientras él aparecía como defensor de lo fueros y privilegios y de las prácticas constitucionales del reino. La Unión fue vencida y declarada ilegal por el justicia, que decretó la confiscación de todos los bienes de sus miebros. El rey no sólo usó con moderación su victoria, afianzándose más en el calificativo de "Justo" con el que le designó la Historia, sino que al mismo tiempo pudo aprovecharla para introducir algunas modificaciones en los privilegios constitucionales de Aragón, para hacerlos más equilibrados y prácticos. Se estableció que las Cortes se reunirían cada dos años, en vez de anualmente, y se hizo una interpretación del Privilegio General, que más bien fue un retoque tendente a suprimir concesiones excesivas, arrancadas en un momento de lucha. Con ello el reino caminaba hacia una institucionalización en la que los poderes del rey quedaban limitados por los de los súbditos representados en Cortes y defendidos por la magistratura del justicia de Aragón, y este reino adquiría una constitución politica que causaría admiración en la posteridad.

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