10 dic. 2014

ALFONSO III

Apaciguados los súbditos, Alfonso III podía encararse con los problemas exteriores. Respecto a Castilla se hallaba en posición ventajosa, debido a los problemas que aquélla tenía con Francia y a que en la corte aragonesa, como baza importante a jugar en cualquier momento, seguían los infantes de la Cerda, prisioneros o huéspedes desde que huyeran con su abuela de la corte de Alfonso X el Sabio. Alfonso III estuvo a punto de alcanzar la revisión del Tratado de Almizra y segregar Murcia de Castilla para crear allí un reino para don Alfonso de la Cerda, que casaría con Violante, hija del rey de Aragón. De cara a los problemas mediterráneos, toda su vida fue una carrera en la que las negociaciones diplomáticas alternaban con la lucha armada. Mientras combatía a Jaime II de Mallorca en el Rosellón, sus objetivos apuntaban al levantamiento del entredicho que pesaba sobre sus reinos y a la revocación de la investidura papal a favor de Carlos de Valois, aprovechando la postura moderada del nuevo Pontífice, Honorio IV. También aspiraba a obtener el reconocimiento de su hermano Jaime en Sicilia, previ vasallaje a la Santa Sede, y la reincorporación del reino de Mallorca a la Corona de Aragón. Como palanca para presionar en todas estas reivindicaciones empleaba al heredero de Nápoles, el príncipe de Salerno, que seguía en poder del rey de Aragón. En el Tratado de Olorón de julio de 1287 se concedía la libertad a ese príncipe, a cambio de una suma de 50.000 marcos de plata y una tregua de tres años que incluyese Sicilia y Mallorca, así como los derechos sobre Provenza, caso de no cumplirse las condiciones, con lo que abría una nueva posibilidad de reincorporarse ese condado a la Corona. Pero la ofensiva foral de los aragoneses restó fuerza a la postura de Alfonso III, y el Tratado de Olorón quedó en letra muerta. Mientras Castilla y Aragón se enzarzaban en una guerra lánguida en la que entraban en juego los infantes de la Cerda y los intereses que el monarca aragonés abrigaba con ellos, el rey de Inglaterra, Eduardo I, proseguía con tenacidad del papel que se había asignado de mediador en los conflictos mediterráneos. Un nuevo gesto caballeresco estuvo esta vez a cargo del príncipe de Salerno. Puesto en libertad tras las negociaciones de Olorón, al saber que no se habían cumplido las condiciones estipuladas, acudió espontáneamente a La Junquera para ponerse nuevemanete en prisión; mas no fue aceptado por el rey de Aragón. A comienzos del año 1291 los esfuerzos del rey de Inglaterra obtenían buenos resultados con los acuerdos previos de la firma del Tratado de Brignoles, más conocido como Tratado de Tarascón. Alfonso III obtenía el reconocimiento de su posesión de las Baleares, se levantaban las censuras que pesaban sobre él y sobre el reino y se llegaba a un vago compromiso acerca de Sicilia, por el cual el rey se comprometía a hacer cuanto pudiese por que se restituyera al Papa y, desde luego, a prohibir que se le enviase ayuda militar desde sus estados. El Papa, por su parte, revocaba la investidura que los reinos aragoneses habían hecho a favor de Carlos de Valois.
El Tratado de Brignoles o Tarascón hubiera constituído un éxito para Alfonso III de haber llegado a firmarse. Incluso en el asunto más espinoso, la cuestión siciliana, los acuerdos en nada perjudicaban al rey de Aragón. Éste nunca se comprometió a luchar contra su hermano Jaime para expulsarlo de Sicilia, como a veces se ha escrito. En el fondo pensaba que tanto las recomendaciones que se obligaba a hacerle para que devolviera la isla a la Santa Sede como las prohibiciones a sus súbditos de que pasaran a prestarle apoyo iban a quedar sin efecto alguno. Pero el tratado no llegó a firmarse a causa de la cuestión mallorquina, en la que las posturas del rey de Aragón y del de Francia, que apoyaba a Jaime II de Mallorca, resultaron irreconciliables. Sin embargo, los esfuerzos realizados en Brignoles para llegar a un acuerdo no fueron inútiles del todo, ya que sobre ellos se firmaría cuatro años más tarde la Paz de Anagni. No la vería ya Alfonso III. En plena juventud, cuando cumplía 25 años de edad, murió el 18 de junio de 1291. Dejaba como sucesor a su hermano Jaime, que a la sazón era el rey de Sicilia.

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