15 dic. 2014

CRISIS ESPIRITUAL Y FORMAS CULTURALES PRERRENACENTISTAS

Dentro del contexto de la depresión general del Occidente europeo en los últimos siglos de la Edad Media, los reinos hispánicos conocen también una acentuada crisis espiritual. El choque de las viejas y las nuevas formas creará toda una serie de contradicciones, que desembocarán, a la larga, en la gran eclosión del Prerrenacimiento.
Paralelamente, las transformaciones que se van experimentando a lo largo de estos años en las bases socioeconómicas e institucionales de los estados peninsulares preludian una nueva edad.
La relajación de costumbres del clero europeo se ve reflejada claramente en el de los reinos hispánicos. Los abundantes testimonios literarios de la época son su mejor prueba. El hecho de que muchos de los altos cargos eclesiásticos sean desempeñados por elementos extraídos de la oligarquía nobiliaria, constituirá un factor decisivo. La intervención del elemento eclesiástico en las turbulencias políticas de la Baja Edad Media va a ser casi una constante, con evidente detrimento para la finalidad espiritual a la que lógicamente estaba destinado.
Dentro de este oscuro panorama habrá, sin embargo, patentes deseos de reforma, aunque éstos no se canalizarán sino a través de la línea de la ortodoxia. En el seno de esta línea cabría citar personajes como Juan de Torquemada, Alonso de Madrigal, el arzobispo Tenorio... La renovación a través de la fundación de nuevas órdenes religiosas -jerónimos principalmente- constituye también un excelente aporte. La magna obra reformadora de Cisneros difícilmente podría ser explicada sin estos precedentes.
Dentro de las corrientes heterodoxas cabría citar el movimiento que se produce entre 1442 y 1445 en el país vasco, conocido dentro de la Historia con el nombre de "herejes de Durango". el portavos de esta doctrina fue un fraile franciscano llamado Alonso Mella. Sus predicaciones reflejan, sin duda, las de los "fraticelli", la extrema izquierda de las ódenes mendicantes. Resulta sumamente curioso que la mayor parte de los seguidores de fray Alonso se reclutasen entre gente de extracción humilde, que llegaron a practicar un medio de vida con profundos matices comunistizantes, no exento de un exaltado misticismo. En líneas generales se puede considerar, moviéndonos en un terreno exclusivamente religioso, que tales "herejes" pretendían la vuelta al cristianismo primitivo, prescindiendo de algunos de los dogmas de la ortodoxia reconocida. Esta disidencia quebró con la intervención de la justicia, que llevó a cabo una violenta represión, cuyo saldo fue un elevado contingente de herejes quemados vivos.
Si el episodio de los "herejes de Durango" es tomado casi como algo puramente anecdótico, no es menos cierto que los matices sociales que adquirió desde un principio son el reflejo de un malestar latente, amén de unos estrictos deseos reformistas.
La literatura hispánica de la Baja Edad Media nos muestra también unos amplios deseos de moralización en el estamento eclesiástico. Incluso personajes de una moralidad tan dudosa como el canciller López de Ayala o el Arcipreste de Hita hacen alusión a este problema. Bien es cierto que la existencia de una literatura moralizante no significa, casi nunca, la de una sociedad mejor, sino, con toda seguridad, la de una colectividad más corrompida. El afán de lucro y de poder material son elementos cuyo interés no escapa al comportamiento eclesiástico. Dentro de este mundo de transición, plagado de fuertes contradicciones, un hombre de vida mundana como Juan Ruiz (el Arcipreste de Hita) se perite la libertad de fustigar los vicios de sacerdotes y frailes, así como también la relajación de la disciplina eclesiástica al calor de la crisis producida en el seno de la Iglesia por la estancia del papado en Aviñón y el posterior cisma de Occidente.
La gravedad de estos hechos no escapa a otros autores, como el antes mencionado Pedro López de Ayala, quien, en su Rimado de Palacio, ataca severamente los vicios del pontificado aviñonense y su lujosa corte. Los obispos distan mucho, para este autor, de ser los ministros de Dios.
Otra de las manifestaciones literarias de las postrimerías del Medievo hispánico, el Cancionero de Baena, dedica a la situación de la Iglesia crueles invectivas. Benedicto XIII, el "Papa Luna", atrincherado en su reducto de Peñíscola y desobedecido ya por toda la cristiandad, es tachado reiteradamente de hereje, cismático y desnaturalizado (y eso que fue el último Papa legítimamente elegido siguiendo la tradición milenaria de la Iglesia).
Distintos testimonios oficiales de la época son una muestra más de la corrupción de costumbres del estamento eclesiástico. Basta para ello remitirnos a un ejemplo: diversos ordenamientos de cortes contra el excesivo lujo del clero y contra la concesión de privilegios en territorio peninsular a eclesiásticos extranjeros -italianos en su mayoría-, generalmente ausentes de sus sedes, pero qeu no por ello dejaban de obtener pingües beneficios.

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