9 dic. 2014

LA GENERALITAT DE CATALUNYA

A Pedro III le sucedieron sus hijos, Jaime en Sicilia y Alfonso, el mayor, en la Corona de Aragón, a la que se volvía a unir el reino de Mallorca, que él mismo acababa de conquistar. La herencia de Pedro III era sumamente difícil, pues no dejaba consolidada ninguna de sus posiciones, ni en el interior ni en el exterior. Incluso había renunciado a Sicilia a la hora de su muerte para ser absuelto de las censuras pontificias.
Un curioso incidente puso sobre el tapete de nuevo la cuestión aragonesa. Estaba Alfonso en Mallorca, y se dirigió por carta a sus súbditos empleando en ella el título de rey. Éstos protestaron porque se titulaba rey antes de haberles jurado los fueros y privilegios. Alfonso III se justificó como mejor pudo, pero acudió a Zaragoza, juró los fueros y privilegios, entre ellos el Privilegio General, y se coronó solemnemente. Mas, como de costumbre, se trataba de una aceptación puramente formal que no tenía intención de cumplir. Esto provocó el alzamiento de los aragoneses a través de la Unión, que, pasando de las amenazas a los hechos, empezó a actuar como poder soberano, entablando relaciones con Castilla, Granada, el papado y con el monarca francés, candidato pontificio para sustituirle. Los aragoneses habían ido seguramente demasiado lejos, pero el complicado panorama internacional con que el joven rey había de enfrentarse le obligó a transigir nuevamente, jurando en 1288 en Zaragoza el Privilegio de la Unión. En él había concesiones superiores a las hechas hasta entonces. El rey no podía proceder contra ningún miembro de la Unión sin sentencia previa del justicia de Aragón y consentimiento de las Cortes. Si lo hacía, el reino podía negarle la obediencia y elegir otro monarca. Se renovaron además otras concesiones anteriores. Como garantía, el rey les debía dar ciertos castillos e importantes rehenes. De todas formas, el Privilegio de la Unión tenía algo de exorbitado y bastante de irregular, que motibaría su no aplicación en la práctica, a diferencia del Privilegio General, que interpretado y mitigado por Jaime II pasó a ser ley foral de los aragoneses. En las Cortes generales de Monzón de 1289, el rey otorgó a su vez a los catalanes -de los que gustaba rodearse con preferencia a los aragoneses- que ninguna disposición real contraria a fueros o usos de cualqueir lugar de Cataluña pudiera imponérseles. También se creó entonces un organismo encargado de cobrar el donativo votado a favor del monarca. Del mismo nacerá la Generalitat de Catalunya.

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