6 nov. 2014

LA CONQUISTA DE LEVANTE Y ANDALUCÍA (I)

El aniquilamiento del poder almohade en las Navas de Tolosa posibilitó una enorme expansión de los estados cristianos peninsulares hacia el sur. El hecho de que la resistencia musulmana se hiciese cada vez más encarnizada, presintiendo sin duda el fin de su dominio, no supuso en sí más que un retraso momentáneo, pues, hallándose ya en su mitad el siglo XIII, con la toma definitiva de las Baleares y de las últimas plazas levantinas y andalusíes, el territorio de Al-Ándalus quedó reducido al pequeño reino de Granada, cuya existencia pasó a depender de la voluntad de Castilla, por encontrarse en su zona de expansión, y cuya supervivencia fue obra de una complicada red de intereses económicos y de maniobras diplomáticas, gracias a las cuales la presencia política del Islam en España se iba a prorrogar dos siglos y medio más de lo que hubiera sido normal, dada la situación política del momento.
Abu Abd Allah, después de sufrir la gran derrota de las Navas de Tolosa, regresó rápidamente a África, donde habría de morir pronto (diciembre de 1213), siendo aún bastante joven. El Imperio almohade, muy descalabrado por el reciente desastre en que había volcado todo su potencial militar, comenzaba a desmoronarse. Yusuf II, el nuevo califa, subió al trono siendo aún un niño y murió joven, cuando apenas contaba veinticinco años de edad. Con ello, el gobierno del Imperio pasó a manos de los jeques y del visir Utman ben Yamí cuya debilidad vino a empeorar la situación en un momento en que una actuación enérgica de parte del poder almohade era absolutamente imprescindible para contener su hundimiento no sólo en Al-Ándalus, donde los reyes cristianos parecían dispuestos a dar el golpe de gracia al dominio musulmán y en el seno del mismo volvían a reaparecer las tendencias nacionalistas, sino también en el norte de África, agitado en torno a las cábilas de los Banu Marín, que abandonando sus zonas de asentamiento en las estepas de Siyil-Massa y Figuig avanzaban a lo largo de Muluya, habiendo derrotado dos veces, en 1216, a las tropas almohades cerca de Fez.
Las órdenes militares, por su parte, siguieron su ofensiva en la zona de Extremadura, a la vez que el rey de Portugal volvía a tomar la ofensiva y reconquistaba con la ayuda de cruzadas europeas la plaza de Alcácer do Sal el 13 de octubre de 1217.
Castilla mantenía la paz con el Islam en virtud de la tregua firmada por Berenguela en 1215 , que había sido renovada en 1221. Solamente Alfonso IX de León se mantenía en actitud beligerante, ayudado de las órdenes militares, especialmente de la de Alcántara -antiguamente llamada del Pereiro-, la cual cambió de nombre al recibir la fortaleza de Alcántara. El principal objetivo del rey leonés eraa la ciudad de Cáceres, enormemente fortificada por los almohades. Un primer ataque llevado a cabo en 1218 no obtuvo resultados. En una campaña posterior, el leonés penetró por la retaguardia, llegando hasta las proximidades de Sevilla, con el fin de quebrantarla. La ofensiva se produjo aprovechando la primera revuelta interna de Al-Ándalus, después de las Navas de Tolosa, acaudillada por uno de sus propios gobernadores almohades, Abu Muhammad Abd Allah, que lo era a la sazón de Murcia. En 1221, Alfonso IX ponía sitio de nuevo a Cáceres; los resultados fueron semejantes a los ya obtenidos en el anterior, si bien en esta ocasión el monarca leonés obtuvo una compensación económica. A pesar de este nuevo fracaso, todos los años las tropas leonesas lanzaban una aceifa contra la capital extremeña, con objeto de talar sus alrededores.

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