2 nov. 2014

EL IMPERIO OCCITÁNICO. LOS ALBIGENSES

La herejía despertó inquietudes en Roma, sobradamente justificadas a causa de su naturaleza disolvente, que amenazaba los fundamentos mismos de la especie humana. Los herejes albigenses contaban ya con el apoyo de algunos nobles, como Rogelio de Trencavel, vizconde de Béziers, y posteriormente con Ramón VI de Toulouse. En la silla de San Pedro, Inocencio III, el más brillante de los pontífices medievales y el que más cerca estuvo de convertir en realidad las ideas teocráticas, sentía la heregía albigense como un cáncer en el corazón mismo de la cristiandad y se propuso extirparlo, poniendo en juego todos sus poderes espirituales y el recurso a los temporales que las doctrinas de la época le atribuían en estos casos. Con ese fin, ordenó que fuese predicada una cruzada, que encomendó a varios legados del Císter, entre ellos al propio abad general, Arnaldo Amaury. La acción contra los albigenses conservaba hasta el momento un carácter puramente espiritual, consistente en la predicación de los legados y en controversias entre representantes de uno y otro lado, como la que se había celebrado en Carcasona al poco de subir Pedro II al poder. El rey aragonés había secundado durante todo este tiempo las iniciativas papales, tomando severas medidas contra ellos y asistiendo a la controversia de Carcasona, tras de la cual los declaró convictos de herejía.
Mas algo se estaba infiltrando en ese movimiento antiherético que iba a poner al rey de Aragón del lado de los herejes y a enfrentarlo a la cruzada. La promoción y dirección de ésta se hacía desde Roma por Inocencio III, en su función de rector de la cristiandad. A medida que la situación se endurecía y crecían las resistencias, se presentía la intervención armada como algo inevitable. La Francia del norte, donde Felipe Augusto hacía grandes esfuerzos por reunificar su territorio y organizar dentro de él un Estado fuerte, no desperdició la oportunidad que se le presentaba de intervenir en apoyo de las demandas pontificias, pero utilizándolas para sus propios fines centralistas. Consciente acaso de este peligro, el conde de Toulouse, que últimamente se había destacado por su acercamiento a París y por la enemistad con el aragonés, modificó repentinamente una actitud que con razón podía considerarse suicida y renovó la amistad con Aragón en los primeros años del reinado de Pedro II, casándose con la hermana de éste, llamada Leonor. Quizá éste fuera un mal paso que Pedro II dio, preocupado como estaba por afianzar sus posiciones en el mediodía francés. Por entonces casó él con María de Montpellier, un matrimonio sin amor y sin avenencia, del que a duras penas pudo nacer Jaime I y cuya única finalidad era asegurarse el dominio de esa importante ciudad. Después de las bodas, Pedro II marchó a Provenza para intentar solucionar las diferencias habidas entre su hermano Alfonso, que la gobernaba, y Guillermo de Folcalquier, tío de la mujer del anterior, el cual se negaba a darle la dote prometida.
Durante este tiempo, Pedro II debió enterarse de que el rey de Francia había obtenido de Inocencio III un privilegio por el que le investía de cuantas tierras, ciudades o castillos arrebatara a los herejes. Poco después, en el verano de 1204, desde Provenza, Pedro II se hacía a la mar en unas galeras y emprendía un importante viaje a Roma. No se trataba de una resolución repentina, pues previamente había habido una srie de negociaciones sobre importantes asuntos. Lo grave es que los intereses del rey de Aragón y los de Inocencio III no coincidían. Éste trataba desde hacía algunos años de casar a Federico, rey de Sicilia y futuro emperador alemán, con una princesa aragonesa, Constanza, hermana de Pedro, a fin de asegurarse la fidelidad del joven Staufen mediante su vinculación a una dinastía adicta, que además le procurara tropas para imponer en la isla su propio partido frente al de los de tendencia germánica. La princesa iría acompañada de 250 lanzas, que ayudarían a rescatar la persona de su prometido de manos de sus enemigos, aunque los nobles catalano-aragoneses ofrecieron pasar a Sicilia con 400 o 500 jinetes. Para Pedro II, en cambio, el asunto más importante era la conquista de Mallorca, para lo cual solicitó de Inocencio III que enviara un legado a Génova y Pisa, a fin de concertar la paz que le permitiera dedicarse de llen a la empresa mallorquina. El Papa le respondió apremiándole para que acudiese a Roma a tratar allí del asunto siciliano.
Lo que en la Ciudad Eterna ocurrió tiene poco que ver con una cosa y la otra. Pedro II renovó la infeudación del reino que ya habían realizado sus predecesores. Inocencio III añadía así uno más a sus estados vasallos, ya que Aragón venía desconociendo últimamente ese vasallaje. Pedro II recibió autorización para ser coronado solemnemente en su reino por el metropolitano de Tarragona, y lo mismo le sucedió a sus sucesores, previa renovación de la infeudación a la Santa Sede, a la que deberían pagar un censo anual de 250 mazmudines o mancusos. Indudablemente era un triunfo de la gran personalidad del Papa sobre un rey fantaasioso y manirroto, escasamente dotado de ponderación política. ¿Hasta qué punto influyó en todo ello la cuestión albigense? No se puede negar que el Papa, ante la acción bélica que proyectaba contra la herejía, desearía tener lo más sujeto posible al rey aragonés, puesto que era una de las piezas más importantes que tendría que manejar en tan difícil cuestión. Sin embargo, nada permite suponer que esa cuestión fuera suscitada antes del viaje, cuando a ambos personajes les preocupaban otros asuntos, como ya vimos. Por otra parte, la fidelidad de Pedro II a las directrices pontificias no ofrecía duda alguna en 1204, y los señores languedocianos ni habían recibido aún el acoso frenético de los cruzados ni habían corrido a ponerse masivamente bajo la protección del rey. Lo que en este año se está produciendo es una toma de posiciones de Aragón frente a Francia, de cara a las consecuencias políticas que podía acarear el problema albigense. Pedro II trató la cuestión con el Papa, quien sin duda alguna le exhortó a combatir con el Papa, quien sin duda alguna le exhortó a combatir a los herejes. Mas el rey de Aragón se encargó de obtejer para sí una concesión similiar a la uqe había alcanzado el francés, que le permitía quedarse con los bienes de aquellos que fueran derrotados. Ambos monarcas tenían el mismo interés en combatir la herejía. Uno y otro esperaban sacar de la lucha el máximo partido.

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