30 nov. 2014

CORONA DE ARAGÓN. ÚLTIMOS AÑOS DE REINADO DE JAIME I EL CONQUISTADOR

A pesar de los acuerdos y arreglos, el descontento de las ciudades y villas con Jaime I venía a sumarse al de los nobles, como en los comienzos de su reinado. Ni a unos ni a otros convencía la política del rey, que comprometía al reino en empresas privadas, alargando el tiempo del servicio más de lo que imponían sus deberes feudales. Aunque el descontento afectaba a todos los aragoneses, los primeros en protestar fueron los nobles. La ocasión se les presentó en las Cortes de Zaragoza, en 1264, cuando Jaime I les solicitó la concesión de un bovaje para la campaña de Murcia. El rey no desdeñó ningún medio para conseguirlo. Un religioso franciscano, llevado allí expresamente, contó a los nobles cómo un hermano suyo de religión había tenido una visión en la que Jaime I aparecía como libertador de toda España de los infieles. Entonces se levantó uno de los ricoshombres aragoneses de más raigambre, Jimeno de Urrea, y respondió que buenas eran las visiones, pero que ellos deliberarían lo que había de hacerse, no sin dejar de advertir al rey "que en Aragón no se sabía qué cosa era bovaje". Jaime I recurrió entonces a tratar en particular con algunos nobles, que creía más afectos, y llegó incluso a prometerles que los dispensaría de eses impuesto si daban su voto favorable, a fin de que con su ejemplo el estado llano y la clerecía cesaran en su negativa. Todo fue en vano. Los nobles, coaligados, se retiraron a Aragón y propusieron una lista de agravios. No hubo avenencia. El rey les quitó los honores. Se buscó la mediación de los obispos de Huesc y Zaragoza. Mas el primero enfermó y el segundo, inclinado al partido nobiliario, no se atrvió a dar sentencia. el asunto de Murcia apremiaba al rey para llegar a una solución. En abril de 1265 se reunió con el estamento nobiliario en Ejea, y allí les concedió importantes fueros y privilegios, que él prometió cumplir bajo juramento. En ellos se atendían algunas demandas que afirmaban el poder de la nobleza. El rey no podía otorgar los honores a ningún extranjero ni a naturales que no fueran ricoshombres por naturaleza. Éstos quedaban exentos de pagar bovaje y herbaje. Además, se constituía al justicia de Aragón como juez de los asuntos de los nobles, en especial de las causas que tuvieran con el rey, con lo que se daba satisfación a su aaspiración de ser juzgados por jueces de su clase, no por juristas de profesión.
El arreglo, que no satisfacía todas las demandas, fue pasajero. La misma condescendencia de Jaime I animó a la nobleza a continuar en sus reclamaciones. Al regreso de la campaña de Murcia, mientras recorría Cataluña y Montpellier, recibió el desafío de un altivo señor aragonés, Ferriz de Lizana. En 1268 tuvo que enfrentarse con la nobleza catalana, a causa de su pretensión de incorporarse a Urgel y Ager. Una fuerte oleada de rebelión recorría a ese estamento en todos los reinos peninsulares. En la Corona de Aragón se ponía a la cabeza el hijo bastardo de Jaime I, Fernán Sánchez, quen, para realzar su enfrentamiento con la monarquía, cuyos intereses defendía el primogénito, futuro Pedro III, se alió con el enemigo capital de éste, Carlos de Anjou. Jaime I, a pesar de sus capitulaciones, casi siempre obligadas por la necesidad, era un buen conocedor de la forma de tratar a la nobleza y podía dar consejos a su yerno, Alfonso X, para enfrentarse al problema. Le dirá que procure ganarse el amor de sus súbditos y de los prelados y personas eclesiásticas.
El rey de Aragón tenía bastante ocasión de aplicar los consejos en sus propios reinos. Fernán Sánchez, como antaño el infante don Fernando de Montearagón, había atraído en torno a sí a todos los descontentos, tanto en Aragón como en Cataluña. Se entabló una guerra cruel con su hermano Pedro, agraviado especialmente por los tratos que tenía con el de Anjou. Jaime I quiso impedirla, haciendo concesiones a Fernán Sánchez y a la nobleza. No hizo sino encender más los odios y el furor del primogénito, que no cesó hasta derrotar a su hermano bastardo y ahogarlo con sus mismas manos en el Cinca. La guerra había sido general, afectando a catalanes y aragoneses. El asesinato de Fernán Sánchez en 1275 provocó más alteraciones, que alcanzaron también al reino de Valencia. Por entonces, la llegada de los benimerines a Andalucía, que hizo abandonar a Alfonso el Sabio sus pretensiones al Imperio, alarmó también a Jaime I. Éste envió a su hijo Pedro con 1.000 jinetes y 5.000 peones y convocó a los nobles y caballeros de sus reinos para ayudar a Castilla. Simultáneamente se alborotaron las banderías existentess en la ciudad de Zaragoza, y en los tumultos que se siguieron pereció el jefe de uno de los grupos, Gil Tarín, y algunos ciudadanos más. El rey encomendó poner orden en la ciudad al justicia de Aragón, Fortún de Ahe, quien mandó ejecutar a los culpables. A finales del mismo año 1275 se producían alteraciones similares en Valencia. Aquí el levantamiento tenía un claro carácter antimonarquico, y cundió entre la población, que además de derribar algunas casas de ciudadanos principales, la emprendió contra los oficiales del rey, a los que persiguió y arrojó de la ciudad en medio de atropellos e insultos. Al socaire de estos desórdenes se hizo famoso un bandolero, Miguel Pérez, quien con otros participantes en anteriores tumultos se echó al campo, formó cuadrillas y, ayudado también por los levantiscos mudéjares, dio audaces golpes de mano en diferentes lugares del reino. Jaime I hubo de juntar a su gente de armas del reino de Valencia e ir contra ellos, obligándolos a disolverse y salir del reino. Poco después tenía lugar la sublevación de los mudéjares valencianos, en cuya pacificación iba a consumir Jaime I el Conquistador los últimos meses de su vida.

No hay comentarios: