27 nov. 2014

CORONA DE ARAGÓN. EL TRATADO DE CORBELL.

El larguísimo reinado de Jaime I (1213-1276) fue el rompeolas donde se estrellaron tantas y tantas posibilidades que tentaban a los estados de la Corona de Aragón, y donde, en cambio, otras adquirieron consistencia definitiva. Del lado de las primeras se encuentra el imperialismo occitánico, la conquista de Murcia y la constitución en el levante español y en el sur de Francia de una serie de estados asomados al Mediterráneo para rendir pleitesía y vasallaje al monarca aragonés y a sus sucesores. En cambio, Jaime el Conquistador pudo ver convertido en realidad el sueño de poseer los reinos de Valencia y Mallorca, pero unidos a su Corona, salvo el paréntesis de independencia mallorquina. Frente a sus proyectos de colocar a sus hijos en múltiples reinos a base de fragmentar sus dominios -hizo varios testamentos en este sentido-, entre los propios reinos fraguaba la cohesión que los hacía inseparables. La febril actividad del rey, animado por su segunda esposa, Violante de Hungría, no obtenía ningún resultado, y el primogénito, que tras la muerte del infante don Alfonso sería don Pedro, se alzaría al fin con casi toda la herencia.
En cuanto a las aspiraciones occitánicas, la presión pontificia había dado su resultado. Engolosinado por la conquista de Mallorca y Valencia, Jaime I va a permitir la definitiva incorporación a Francia de aquellas regiones.
Cuando dejó de oírse el fragor de las armas de los cruzados, llegaron las reconcilliaciones y las condescendencias. El mismo rey de Francia intervino a favor del conde de Toulouse, casado con una sobrina suya, para que el Papa Inocencio IV le levantara la excomunión. en cambio, cuando el conde tolosano aspiró a suceder en Provenza a su conde Ramón Berenguer, chocó con los intereses directos de la monarquía de París, que deseaba una incorporación más estrecha para aquella comarca. La cuestión se planteaba del modo siguiente: Ramón Berenguer tenía tres hijas, las dos mayores casadas con el rey de Francia, Luis IX, y con Ricardo Cornwall. La menor, Beatriz, estaba soltera, y fue designada por su padre para sucederle. A fin de asegurar la sucesión, que evitaría la anexión a Francia, Ramón Berenguer propuso desposarla con el conde tolosano, acordando con éste solicitar la correspondiente dispensa pontificia. Contaban también con el apoyo militar del rey de Aragón. Pero Luix I reclamó los derechos que asistían a su esposa y consiguió que el Papa no otorgara la dispensa para el matrimonio de Beatriz con el condde de Toulouse. Éste se desanimó, y Beatriz sólo pudo contar con las fuerzas que le había enviado Jaime I. Pero el entusiasmo del aragonés tampoco debía ser muy grande, ya que antes que llegase el hermano del rey, Carlos de Anjou, con su ejército, abandonó el país. La condesa se encontró sola frente al joven príncipe francés, que le obligaba a elegir entre su mano o la guerra. Ella prefirió la mano. En 1246 Carlos de Anjou y Beatriz de Provenza contraían matrimonio. el rey de Francia les reconocía el reñorío de Provenza. Así quedaba constituída la casa de Anjou, cuya presencia en el Mediterráneo iba a causar tantos quebraderos de cabeza a los reyes aragoneses y a sus súbditos catalanes.
Se hubiera precisado una enérgica reacción de Jaime I, pero ésta no se produjo. Semejante pasividad debió animar a Luis IX, que sin duda aspiraba a poner su frontera en los Pirineos. Después de los últimos acontecimientos, los dominios de Jaime I en el mediodía francés quedaban reducidos al señorío de Montpellier, al Rosellón y la Cerdaña Aprovechando que el rey de Aragón había tenido que marchar a Valencia para ocuparse en la lucha contra los musulmanes, la diplomacia francesa puso en marcha todos sus resortes a fin de arrebatar a Jaime estos últimos jirones del Imperio occitánico. Los franceses comenzaron por Montpellier, uno de los dominios ultrapirenaicos más queridos por el Conquistados. Incitaron al obispo de Maguelonne a que reclamara sus derechos señoriales sobre la ciudad, como medio de incorporarla a Francia. Resucitaron pretensiones de vasallaje de las demás posesiones del rey al monarca francés. Jaime I se indignó y respondió con una lista de derechos suyos sobre los territorios del sur de Francia, conculcados por los últimos hechos de las armas. Luis IX extremó sus reclamaciones alegando que, como descendiente de Carlomagno, le correspondía el dominio sobre toda Cataluña. Nos parece percibir en estas recamaciones el eco de las que luego haría el Rey Sol o el historiador Pedro Marca en el siglo XVII. La tensión subía de punto, y hasta podía temerse un conflicto armado. Mas se prefirieron las negociaciones, iniciadas en 1255 y concluídas en 1258 con la firma de los tratados de Corbell. En el primero, firmado el 11 de mayo, Jaime I renunciaba a su derecho sobre las tierras de Languedoc, incorporadas ya a Francia, mientras que Luis IX renunciaba a sus presuntos derecho dimanantes de su ascendencia carolingia. El 16 de julio Jaime renunciaba a sus derechos provenzales en favor de Margarita de Provenza, mujer de San Luis, el cual convenía con el rey de Aragón en el proyecto de matrimonio entre la hija de éste, Isabel, y el hijo de aquél, Felipe, heredero de la corona de Francia. Entre ambos príncipes existía impedimento de consanguinidad. El Papa podía haber impedido el enlace. Pero cuando éste cae dentro de los objetivos políticos de Francia, nada se oponía por parte del papado. La dispensa papal, efectivamente, fue concedida sin dificultad.
El Tratado de Corbell fue el portavoz que cerró definitivamente a los reyes aragoneses el camino de la expansión occitánica. Sólo los tres lugares mencionados: Montpellier, Rosellón y la Cerdaña coontinuaron perpetuando el dominio catalan más allá del Pirineo. Entre los años de la renuncia definitiva al mediodía francés y la empresa siciliana, que marca con firmeza la hora de la expansión mediterránea, los reinos de la Corona de Aragón tuvieron un corto período de ensimismamiento, apto para reflexionar y replantearse los problemas fundamentales de su propia existencia y organización.

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