20 nov. 2014

ALFONSO X EL SABIO (II). JEFE DE LOS GIBELINOS Y ASPIRANTE A EMPERADOR.

La historia de las aspitaciones de Alfonso X el Sabio al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, sus alternativas y sus esfuerzos diplomáticos y económicos por conseguirlo, se conocen todavía con el nombre que ya entonces empezó a dársele: el "fecho" del Imperio. Se ha dicho que el rey de Castilla había quedado convertido en jefe de la casa de Suabia, cuyos miembros venían gobernando el Imperio alemán últimamente. También se ha dicho que en torno a ellos se había agrupado el partido gibelino, partidario de la supremacía de la autoridad del emperador sobre el Pontífice, mientras que los güelfos defendían justo lo contrario. De una forma u otra, toda la Europa occidental se hallaba comprometida con unos o con otros. Así que la designación como candidato a emperador, lejos de estar exenta de complicaciones, comportaba una serie de compromisos que, a la fuerza, habían de arrastrar al elegido a intervenir en los más diversos asuntos europeos. Citaremos tan sólo dos ejemplos, los más próximos a los estados españoles. En el sur de Francia, sobre las ruinas del Imperio occitánico, la monarquía francesa había construído para una de sus ramas, la casa de Anjou, un señorío que intentaba dominar toda la fachada mediterránea. Para ello había contado con el apoyo pontificio, patente desde los comienzos de la cruzada contra los albigenses, lo cual le colocaba por consiguiente frente a los partidarios del emperador. La gran perjudicada por la creación del Estado angevino era Barcelona, ya que entorpecía sus proyectos de expansión mediterránea. Esto explica la rivalidad a muerte existente entre el futuro rey de Aragón, Pedro III el Grande, el creador de la expansión catalana por el Mediterráneo, y la casa de Anjou, que llena una época de la historia de esta zona, y que se iniia ya ahora, cundo todavía reina en Aragón Jaime I, quien a duras penas puede contener los ímpetus agresivos contra su futuro sucesor. Éste no cesa en sus maniobras contra Carlos de Anjou, procurando estrechar alianzas con el grupo gibelino, que retoñaba en Manfredo de Sicilia, hijo bastardo de Federico II. Un poco más allá la identidad de intereses comerciales enfrentaba necesariamente a las repúblicas de Génova y Pisa. La primera había unido sus destinos a los del bando pontificio, mientras que los pisanos militaban en el lado imperial. A éstos les interesaba, por tanto, tener al frente del partido gibelino un monarca poderoso que les sirviese de escudo ante la agresividad comerial genovesa. Tanto Castilla como Pisa habían coincidido en solicitar la amistad de la ciudad de Marsella frente al poder mancomunado de Francia y la casa de Anjou, vinculadas a Génova y Roma.
La candidatura de Alfonso el Sabio al Imperio por el partido gibelino le fue ofrecida por la República de Pisa, cuyo embajador, Bandino di Guido Lanzia, acertó a llegar a Soria cuando el rey de Castilla se hallaba en dicha ciudad reunido con su suegro, Jaime I de Aragón. Tras la firma de los correspondientes acuerdos, que aseguraban a los pisanos una serie de ventajas económicas en los futuros estados de Alfonso X y en sus propios territorios castellanos, éste quedó investido de la jefatura del partido gibelino.
Mas la designación de emperador no dependía únicamente del apoyo del partio gibelino. Sabido es que se hacía mediante un sistema electivo, en el que participaban siete electores, catro laicos: el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el conde del Palatinado y el marqués de Brandeburgo, y tres eclesiásticos: los arobispos de Colonia, Tréveris y Maguncia. Estos eran los que, con diversas mediatizaciones, tenían en sus manos la designación del futuro emperador. Se trató por algunos de que el elegido fuera un alemán, señalándose como candidato de esta tendencia a Otón de Brandeburgo, que llegó a contar con tres votos. Pero pronto entraron en acción los agentes de Alfonso X de Castilla y del que se perfilaba como su más difícil adversario, Ricardo Cornwall, hermano de Enrique III de Inglaterra, el cual había desdeñado la oferta de la corona imperial que anteriormente le había hecho el Papa Inocencio IV contra Federico II, pero que sin embargo aceptaba entrar en el juego de las elecciones. Tanto él como Alfonso hicieron correr el dinero a manos llenas entre los electores. A veces las cosas se volvían muy complicadas, como en lo que se refiere al voto del arzobispo de Colonia, prisionero del duque de Braunschweig. El candidato inglés hubo de pagar 8.000 marcos, de los cuales 3.000 sirvieron para comprar el voto del arzobispo y 5.000 para que el duque lo pusiera en libertad y pudiera votar. Aúnn se pagaron cantidades muy superiores. El arzobispo de Tréveris, que actuaba de agente a favor del rey de Castilla, ofreció en una ocasión 20.000 marcos por un voto. Con semejantes premisas, no es de extrañar que las cosas se enmarañasen hasta lo indecible. En 1257 se celebró en Fránkfurt la elección. El arzobispo de Tréveris contaba a favor de Alfonso con los votos del duque de Sajonia y, mediante poderes, los del rey de Bohemia y el marqués de Brandeburgo. Mas, a su vez, el arzobispo de olonia se declaraba a favor de Ricardo Cronwall, para el que decía contar con el voto del conde del Palatinado, del arzobispo de Maguncia y del rey de Bohemia. Ambos candidatos tenían, según eso, cuatro votos, dabido a la inexplicable conducta del rey de Bohemia, que había vendido su voto a ambos pretendientes. Semejante actitud buscaba perpetuar para Alemania una situación conflictiva que facilitara su propio engrandecimiento. La verdad es que lo consiguió plenamente.
Algún que otro historiador presupone que hubo una elección posterior, en la que la mayoría correspondió al rey castellano. Una embajada alemana se trasladó a Burgos, donde el 15 de agosto de 1257 le comunicó su designación al trono imperial. El día 21, Alfonso la aceptó, jurando no abandonar a quienes le habían elegido e ir personalmente a Alemania a tomar posesión. Con ello se embarcaba en la empresa más costosa de toda su vida. Los gastos realizados para comprar a los electores no eran sino la mínima parte de los que el "fecho" del Imperio le iba a suponer. A fin de mantener la fidelidad del mayor número de príncipes, que permitieran al rey de Castilla entrar de hecho a poseer el Imperio, siguieron dilapidándose cantidades ingentes de dinero. Pasada la primera euforia por la elección, ésta iba a mostrar su reverso. Los disconformes no tardaron en hacer acto de presencia. Se trataba, en primer lugar, del mismo pueblo castellano-leonés, sobre quien recaía, en definitiva, el peso de los cuantiosos gastos realizados, y en segundo lugar, del pontificado, representado por Alejandro IV, quien veía con pesadumbre cómo la fuerza de los acontecimientos enrolaba al hasta entonces fidelísimo rey de Castilla en el bando contrario de los gibelinos.


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