19 nov. 2014

ALFONSO X EL SABIO (I)

Cuando en 1252 muere Fernando III el Santo y le sucede su hijo Alfonso, "el más distinguido de todos los reyes que viven", como le dirá una embajada de la ciudad de Pisa, el Rey Sabio va a encontrarse como dueño de uno de los reinos más poderosos de Occidente. Castilla alcanza un momento estelar de su historia. Después de la conquista de la mayor parte de Andalucía, las nuevas posesiones y el comercio africano, que enviaba por Castilla hacia Europa su oro, contribuyen a sanear su economía, haciendo de su moneda una de las más saneadas de Europa. Alfonso heredaba un reino lleno de prosperidad y de vida. La muerte de Federico II, emperador de Alemania, y la de su único hijo varón Conrado, ocurrida cuatro años después, dejaba todos los derechos de la casa de Suabia a Beatriz, madre del rey castellano, y éste percibía posibilidades de escalar a través de esos derechos, el trono imperial. La sucesión de un emperador se hacía por elección. Lo que Alfonso heredaba no era, pues, un derecho al Imperio, sino la jefatura de un partido agrupado en torno a su famillia materna, conocido comúnmente en la Historia como el pardido Gibelino.
A ambas herencias va a deicar su vida Alfonso el Sabio. En ellas va a poner todo su entusiasmo y capacidad. Los resultados, sin embargo, serán sumamente desiguales. Junto a grandes acciones, que justifican sobradamente el elogio de los pisanos, cometerá otros errores y arriesgará en empresas estériles la riqueza del reino. Al lado de sus realizaciones culturales y jurídicas, en las que alcanza momentos cenitales, llevará a cabo empresas planteardas y ejecutadas con evidente falta de sentido práctico. todo ello da al cuadro de su reinado fuertes contrastes, causantes de esos tonos claroscuros que constituyen uno de sus principales atractivos.
Durante los primeros años de su reinado, Alfonso X mantuvo en la Penísula una intensa actividad, política las más de las veces, bélica otras, a través de la cual se dibuja el camino que va a seguir en aquellos asuntos. El rey está movido en su primer salto a la palestra por los impulsos juveniles que hacen vislumbrar una política imperialista de largo alcance. En todas las direcciones promueve acciones reivindicatorias. Exigió a los musulmanes granadinos el exacto cumplimiento de los acuerdos pactados con su padre, que le proporcionaban oro abundante del pago de parias, y que el reino nazarí descuidaba pagar desde la muerte de Fernando III. Dirigió sus ejércitos contra los pequeños territorios musulmanes independientes. Tras un intento de pasar a África, con el que acaso quería cumplir un deseo insatisfecho de su padre, se dedicó durante el año 1253 a apoderarse de algunas ciudades sublevadas, como Morón, Jerez y Lebrija. Precisamente de ese pequeño reino musulmán parten los derechos sobre el Algarve, que van a enfrentarle con el rey de Portugal. Viviendo aún Fernando III, el rey de Niebla, o más probablemente Sancho III de Portugal, había cedido a Alfonso el Algarve occidental, ante las protesta del nuevo monarca portugués, Alfonso III, que contaba con derechos anteriores sobre la zona. ello había encendido ya la guerra entre él y el primogénito de Castilla, lo que no impidió que Portugal siguiera ocupando tierras a los musulmanes. Ahora Alfonso X, ya en el trono castellano y sin la mediatización que suponía el sentido ponderado y justo de su padre, intentó recuperarlas. La guerra sacudió por un momento toda la línea fronteriza castellano-portuguesa. Los ataques corrieron a cargo de las milicias concejiles de uno y otro lado. Hubo de intervenir el Papa, que reconoció los derechos de Portugal. Alfonso X se avino a esa solución, pero encontró la forma de que redundara en su provecho. Una hija bastarda, Beatriz, casó con Alfonso III de Portugal, sirviéndole de dote para el matrimonio los derechos que el rey castellano pretendía sobre esa zona del sur del reino lusitano. El flanco occidental de Castilla quedaba asegurado después de ese matrimonio.
En el extremo nordeste, las reivindicaciones le llevaron a chocar con Aragón, Navarra e Inglaterra, a causa de los dominios de ésta en Francia. La manzana de la discordia con esta última fueron los derechos que Castilla venía reclamando sobre Gascuña desde que Leonor de Inglaterra los trajera como dote de su matrimonio con Alfonso VIII. Demostrando esta vez gran sentido de la realidad, Alfonso prefirió comprar la alianza del monarca inglés a seguir pretendiendo unas tierras que aquél no estaba dispuesto a ceder. Inviertiendo los derechos por los que esos derechos habían llegado hasta él, casó a una hija suya, también llamada Leonor, con el heredero de la Corona inglesa, Eduardo, devolviendo como dote la que su homónima bisabuela había traído a Castilla y que nunca había sido hecha efectiva práctiamente. Una nueva alianza y amistad, sellada con vínculos matrimoniales, aseguraba la paz entre Castilla y la Francia inglesa.
En cambio, con Navarra y Aragón estuvo a punto de producirse un conflicto armado, ya que estos dos países estrecharon sus relaciones ante las pretensiones de Alfonso X sobre el primero, en competencia con la casa de Champaña, que había entrado a reinar allí. La actitud de Jaime I, quien acogió en sus estados a algunos nobles enemistados con el rey, puso las cosas al borde de la guerra. Se trataba de don Diego López de Haro, alférez de Castilla y señor de Vizcaya, a quien el rey de Aragón recibió como vasallo, dándole 500 aballerías -es decir, tierras y rentas para mantener otros tantos caballeros- a cambio de que le sirviera en la guerra. También Alfonso fue abandonado por Ramiro Rodríguez, Ramiro Díez y el propio hermano del rey, don Enrique, tras sublevarse en Andalucía en 1255 y ser vencido. El príncipe castellano acabaría trasladándose a África. Pero en Navarra y Aragón todo terminó favorablemente para Alfonso X. Vizcaya, alzada en armas durante el invierno de 1255, fue reducida a la obediencia, en tanto que Jaime I y Teobaldo II, rey de Navarra, se apresuraron a hacer la paces. Éste llegó a reconocer cierto protectorado de Castilla sobre su reino, mientras que el Conquistador, tras renovar las paces que tradicionalmente venían existiendo entre los dos reinos, prometió retirar su ayuda a los rebeldes. Una era de paz parecía llamar a las pueras del reino castellano-leonés, cuando una halagadora y sugestiva oferta, aunque a la larga inoportuna, vino a tentar al ilustrado monarca.

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